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Motores sin alma o ¿El final de una era?

por Jorge Alejandro Ramírez Rosa 7 febrero, 2018

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Señor Director:

A propósito de la publicitada carrera de la Fórmula E acontecida recientemente en las calles de Santiago, me parece que es imprescindible cometer una reflexión que nadie ha dicho o al menos ha intentado cuestionar, quizás por razones económicas o las que fueren. El automovilismo es como muchos deportes una forma de arte o espectáculo de destrezas. Así las cosas, no sólo comprende la competición propiamente tal, sino que también involucra toda la parafernalia de las carreras de autos, con mujeres hermosas, letreros publicitarios icónicos y diversos personajes que entre celebridades y famosos de todo tipo, engalanan esta forma de deporte extremo.

La carrera sitúa a Chile en la órbita del mundo y eleva a Santiago a ciudad cosmopolita, y eso, qué duda cabe, es un tremendo aporte y por ende un suculento negocio.

Pero vale la pena preguntarse, ¿existe una emoción de antaño que congelaba la sangre y despabilaba los corazones en los tiempos idos de Mario Andretti y Niki Lauda? El sonido de los coches rugiendo está ausente, extraviado, robotizado, no se percibe por ninguna parte la adrenalina que estremece los cuerpos o seca la tráquea, por los sueños iluminados de corredores furibundos que juegan con la muerte. En esta ausencia, la comparación pertinente es como si a una película de gánster la privaran del audio en la imprescindible escena de los balazos, o para ser más exacto, si un partido de fútbol de la Champions fuera transmitido en modo silencioso.

En síntesis, es el final de una era romántica. El exterminio de las fantasías colectivas donde la velocidad era una forma de vida, más que un negocio, y el olor a llantas quemadas el acicate perfecto para la estruendosa complicidad de los convocados a este circo. La comunión del hombre simple con el ídolo irreverente, la conclusión de un sueño y el cumplimiento de una hazaña. Los pilotos son duelistas enamorados de la muerte, que la cortejan en secreto con revólveres que son automóviles. El sonido ensordecedor de los motores es el alma de la competencia, y el aceite su sangre, y en esta modalidad silenciada y silenciosa, poética a ratos, esa condición se ha diseminado inexorablemente. Amigos del circo, les dejo esta pequeña reflexión.

Jorge Alejandro Ramírez Rosa

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