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Podrá el capitalismo seguir subsistiendo si la riqueza sigue concentrándose en el 1%

por 2 mayo, 2018

Podrá el capitalismo seguir subsistiendo si la riqueza sigue concentrándose en el 1%
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Diversos analistas – por ejemplo, Thomas Piketty el economista francés que creó un boom hace unos 4 años-  han intentado entender la lógica de la concentración capitalista sobre todo desde fines de los años 70 hasta la actualidad. Es decir, desde que el Consenso de Washington promulgó la globalización: el mundo como país único desde el punto de vista económico (ni protecciones, ni trabas ni impuestos, solo respeto a la propiedad). El planeta, también ayudado por las transformaciones tecnológicas generales, se transformó.

Para los economistas, flujos y stocks, son evidentemente diferentes. Un gran patrimonio puede ser muy importante, pero para la lógica económica-financiera de nuestros tiempos neoliberales lo que importa son los flujos, es decir, cuánto le reporta ese patrimonio a su propietario mes a mes; año a año.

Más aún, si la deuda mundial es tres veces el PIB del planeta nadie podría pensar que el poder de los detentores de esa deuda sea liquidarla, sino asegurar los flujos, es decir, que las tasas de interés netas de esos activos sean lo más altas posibles. En un nivel local es lo que hace el retail en Chile que concede créditos a diestra y siniestra a tasas varias veces superior a la tasa de colocación y mientras más se atrasan las deudas más se incrementa el  castigo. Es decir, el negocio  está en que el cliente se endeude y ojalá pague.

El único criterio verdadero para los gerentes financieros es la rentabilidad, es decir, la masa de beneficio comparado con el capital total invertido. El sistema capitalista es el sistema de competencia para obtener el máximo beneficio.

Una de las preocupaciones que tuvo Marx –valga mencionarlo en este 2018 que se conmemoran 200 años del nacimiento del revolucionario alemán- fue que si los capitalistas por su codicia se apropiasen de todos los excedentes, los trabajadores no tendrían suficiente dinero para pagar la producción que se ofrece desde las empresas. Esto, llamado crisis de realización, porque los capitalistas no pueden acumular bienes sino capital (solo éste es “reproductivo”), significa que para asegurar las ventas el sistema debe avanzar créditos a los trabajadores y asegurar el poder de compra de los cesantes para que sigan comprando los bienes que se ofrecen en el mercado. Esto explica que los chilenos están más endeudados que nunca (alrededor del 70% de los ingresos según el Banco Central).

Por lógica elemental de la distribución, la principal explicación al endeudamiento es que los propietarios están más ricos que nunca. Ambas cosas funcionan a la par. Por eso, el economista británico J. M. Keynes, que visualizó los efectos de la crisis, hizo hincapié en mantener la demanda efectiva de los trabajadores, es decir, evitar que por los efectos cíclicos del desempleo se pudiese crear una crisis de demanda. Keynes, fue al mismo tiempo, y quizás sin proponérselo, el ideólogo de la socialdemocracia del norte de Europa.

En Chile, la derecha argumenta que no hay inversión por desconfianza, pero es en los gobiernos de derecha –en los cuales obviamente hay mayor confianza- donde ha habido las peores crisis de inversión y crecimiento.  El ejemplo más significativo. En la dictadura, entre 1973-1988, es cuando la participación de las utilidades con respecto a las remuneraciones llegó al máximo nivel del siglo XX (70%) y en ese período la tasa de crecimiento promedio anual de la economía es de 0,7%, la peor de los períodos del siglo XX. Además el coeficiente de Gini, que mide la desigualdad, en ese período pasó de 0,46 a 0,58 el mayor incremento de desigualdad del siglo y tampoco sirvió.

Tanto es el problema de la “demanda efectiva” que en Europa ya existen iniciativas –desde la derecha, fíjense- que establecerían un sueldo mínimo o renta básica universal a todo evento para cualquier ciudadano, trabaje o no, a partir de una cierta edad (o aun sin esta condición como en Finlandia o como se ha discutido en Francia).

Lejos de ser un “ataque de sensibilidad social” de los gobiernos europeos, esta iniciativa tiene varias explicaciones: una, que la robótica hay que tomarla en serio y al menos hoy se ven menos posibilidades de que la “destrucción de trabajos” sea reemplazada por las nuevas demandas de trabajadores. Es decir, hay reemplazos, pero medido en horas-personas o jornadas laborales, seguramente será menor. En efecto, un Informe de la Casa Blanca al Congreso, estableció  que un trabajador que gana menos de U$S 20 por hora en el 2010 tiene un 83% de probabilidad de perder su trabajo frente a una máquina. Incluso los trabajadores que ganan hasta U$S 40 por hora tendrán una probabilidad de 31% de ser desplazados.

Segundo, hay cada vez más personas que no logran o no quieren insertarse en el mercado laboral ni tampoco estudiar (estos, llamados NINIs en Chile son 500.000 personas, esencialmente mujeres provenientes de grupos vulnerables, según EMOL). Súmese un creciente sector postergado, informal, con bajo nivel educacional, etc. que sobrevive con arreglos transitorios (trabajo por algunas horas en períodos indeterminados) pequeños emprendimientos, servicios temporales o estacionales y que no puede empujársele a la marginalidad completa.

Tercero, es indeterminado el impacto que tendría una tasa de desempleo permanente  y creciente en la sociedad lo cual podría llevar a explosiones sociales.

De otra parte, el Informe Forbes señala que entre los capitalistas de hoy solo el 1% capta el 30% de la riqueza mundial (una concentración similar encontraron investigadores de la Universidad de Chile para el país). Asimismo, la encuesta CEP de noviembre de 2014 concluyó que el 57% de los entrevistados opinaban que la desigualdad es inaceptable, “cualesquiera sean las circunstancias”. Así, para reducir los efectos sociales de los procesos descritos en los párrafos anteriores, todo indica que no podrá mantenerse o aumentar esta tasa de acaparamiento de la riqueza sin bajar muy drásticamente las tasas de interés (lo cual está pasando justamente hace alrededor de 10 años en el mundo con variaciones esporádicas producto de las crisis financieras), o bien, aceptar  que aumenten los impuestos.

En Chile, la derecha argumenta que no hay inversión por desconfianza, pero es en los gobiernos de derecha –en los cuales obviamente hay mayor confianza- donde ha habido las peores crisis de inversión y crecimiento.  El ejemplo más significativo. En la dictadura, entre 1973-1988, es cuando la participación de las utilidades con respecto a las remuneraciones llegó al máximo nivel del siglo XX (70%) y en ese período la tasa de crecimiento promedio anual de la economía es de 0,7%, la peor de los períodos del siglo XX. Además el coeficiente de Gini, que mide la desigualdad, en ese período pasó de 0,46 a 0,58 el mayor incremento de desigualdad del siglo y tampoco sirvió.

De lo anterior es claro que el ideologismo neoliberal es una gran traba para discutir en serio en Chile sobre desarrollo.

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