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San Petersburgo y la ventana rusa a Europa

por 13 junio, 2018

San Petersburgo y la ventana rusa a Europa
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La actual guerra en Siria y la seguidilla de enfrentamientos verbales entre los gobiernos de Rusia y Estados Unidos ha generado momentos de tirantez y expectación en todo el orbe. Varios analistas, de los que saben y de los aficionados, han señalado que una de las aristas del conflicto estriba en el deseo de los rusos por mantener una ventana abierta al Mediterráneo y al resto de Europa, merced a sus buenos vínculos, en este caso, con el país árabe. Dicho afán de la potencia gobernada por Vladimir Putin, empero, no es nuevo. Hace poco más de trescientos años el zar Pedro el Grande se propuso acercar Rusia a Occidente y, para ello, creó una bella ciudad en una esquina del Mar Báltico, que transformó en la capital del imperio.

En pleno otoño boreal, principios de noviembre del año pasado, luego de atravesar los más de 600 kilómetros que hay desde Moscú, arribé a San Petersburgo en tren. Ello implicó bajarme en la estación Moskovsky, recorrerla lentamente admirando -en el cielo de los techos y en los frisos- las pinturas y bajorrelieves que recrean diversos motivos ligados a la época soviética, con el sereno rostro de Lenin sobre una bandera roja y trabajadores por doquier. Luego, salí a la calle y antes que nada más, por cierto, entumecerme de frío. No en vano la ciudad pisa los 60 grados de latitud norte que, en nuestro “barrio”, equivale a estar más cerca de la Antártica que de Punta Arenas.

Ya en el espacio público y dando una mirada holística, esquivando el apurado transitar de quienes entran y salen de la estación ferroviaria, el primer panorama urbano que me llamó la atención es el conjunto de edificaciones de fachada continua en derredor, antiguas y que no superan, de manera uniforme, los seis pisos de altura. Al medio del paisaje está la ovalada plaza Vosstaniya, que es cruzada por la famosa Nevsky Prospect, una avenida de algo así como treinta metros de ancho y que, caminándola en sentido norponiente, en una veintena de cuadras lo deja a uno al lado del museo del Hermitage.

En el centro del óvalo de la Vosstaniya (Plaza da la Insurrección, pues hace memoria que ahí se produjeron combates durante las revoluciones de febrero y octubre de 1917) luce una alta columna coronada por una estrella dorada. Es el hito que recuerda que San Petersburgo, con otras once ciudades, comparte el título de Ciudad Heroica por la valiente resistencia al asedio de 29 meses y posterior triunfo sobre las tropas alemanas durante la Segunda Guerra Mundial. Cabe explicar que la denominación oficial del homenaje es Ciudad Heroica de Leningrado, pues se usa el nombre que tenía la ciudad al momento en que le fue conferida la distinción. A este respecto, hay que indicar que una de las formas en que los rusos han buscado conciliar un pasado tan heterogéneo es devolviéndole a los lugares (ciudades, monumentos, hitos urbanos, etcétera) sus apelativos originales.

En 1682, Pedro Alekséievich fue coronado como sucesor de la dinastía de los Romanov, a los diez años de edad. Por amistades de infancia, en Moscú, se vinculó con los adelantos y costumbres de Europa, los mismos que observó en terreno durante un viaje de varios meses a Francia, Inglaterra y otros países cuando ya era zar. Pedro el Grande, como fue conocido, quiso entonces modernizar a Rusia y, con ese propósito, pensó también en darle a su país una ventana marítima hacia el resto del continente europeo. Intentó primero por el sur, por el Mar de Azov, pero los otomanos se lo impidieron. Entonces dirigió sus esfuerzos al norte, al mar Báltico, hacia el delta del río Nevá, zona pantanosa que en esos tiempos formaba parte del imperio sueco, quienes poseían ahí una fortaleza y una pequeña ciudad llamada Nyen. No tardó en iniciarse la Gran Guerra del Norte, tras la cual Pedro salió victorioso y cumplió el sueño, en 1703, de fundar una nueva ciudad que fue llamada San Petersburgo.

Autócrata y despiadado en el ejercicio del poder, no obstante Pedro impuso modales a su poca refinada corte e impulsó la lectura y la educación. Como en Ámsterdam y otros lugares estudió en unos astilleros, él mismo dirigió los trabajos de construcción de la nueva urbe, que partió con una ciudadela amurallada en un pequeño islote rodeado por los meandros del río Nevá, la fortaleza de San Pedro y San Pablo, edificando cerca de ahí la cabaña que habitó en los primeros años, la misma que hoy luce como museo y que cuenta en su interior con una barca que, se dice, el zar construyó con su propias manos.

El monarca adoptó varias medidas tendientes a poblar y urbanizar rápidamente San Petersburgo. Siempre con la vista puesta en Europa, contrató arquitectos de Francia, Italia y Alemania, aparte de los locales rusos, para levantar a la que también es conocida como la “Venecia del Norte” por sus numerosos canales. Un contingente anual de miles de siervos aportó la mano de obra que en un par de décadas ya hizo de San Petersburgo una hermosa y gran ciudad, transformada en capital rusa en 1712.

San Petersburgo se presenta como una vital y gran ciudad que, incorporando elementos modernos, conserva a buen recaudo su patrimonio histórico y urbano. Caminar sus anchas y limpias avenidas; pasear en lancha por sus serpenteantes canales; visitar sus catedrales y museos, entre ellos el Hermitage con su interminable colección de obras, además de reconocer en sus aposentos al ex Palacio de Invierno, antigua residencia de los zares y punto de ebullición en octubre de 1917; recorrer las veredas y malecones de granito rosa del río Nevá o cruzar sus ferrosos puentes levadizos; plantarse al centro de la empedrada Plaza del Palacio, al lado de la Columna de Alejandro, cuya médula la constituye un bloque unitario de granito rojo de unos 25 metros y que al sumar el pedestal y la estatua superior llega casi al doble de altura; bajar las larguísimas escalas mecánicas para acceder a los trenes del metro, el más profundo del mundo con algunas líneas a más de cien metros bajo tierra; en fin, callejear esta ciudad levantada hace poco más de tres siglos sobre un pantano implica reconocer la importancia de la planificación urbana y del respeto a la conciliación del presente con la memoria histórica. Así al menos me ocurrió cuando una noche, bajo una lluvia tenue pero persistente, caminé hasta el Instituto Smolny, un viejo y señorial edificio levantado como colegio de doncellas nobles, que ocupó el soviet local como sede durante la Revolución de Octubre. En esos frenéticos días (“una colmena gigante”, la llamó el periodista norteamericano John Reed), desde ahí, Lenin, el mismo que hoy luce a la entrada del recinto en una estatua, anunció el triunfo bolchevique en 1917.

Si bien en la ciudad fundada por Pedro el Grande brillan con colores propios no pocos edificios religiosos, civiles o militares de estilos diversos, con alturas que superan los 100 metros o cúpulas cubiertas con kilos de oro como en la catedral de San Isaac, lo cierto es que la arquitectura peterburguesa en términos generales es serenamente sobria. Al menos en toda su área central. Así fue dispuesto desde muy temprano por sus autoridades y ello ha permitido que los edificios de fachada continua, con gran presencia barroca y neoclásica, así como la cuidada urbanización, tengan al centro histórico de San Petersburgo, desde 1990, en la lista de Patrimonio de la Humanidad de la Unesco.

El peso específico que adquirió con el tiempo San Petersburgo, transformada no solo en capital administrativa de Rusia, sino también en el centro social y cultural del imperio, llevó a que en la mitad del siglo XIX una línea férrea se tendiera entre la nueva ciudad y la antigua Moscú, el mismo tren que sirvió para transportar a Ana Karenina, el principal personaje de ficción de una de las novelas más conocidas de León Tolstói. Y en 1870, otro tendido ferroviario se inauguró para conectar a la “Venecia del Norte” con la capital finesa de Helsinki, construyéndose para eso un terminal con el nombre de Finlandia, al norte del río Nevá. A esa estación y procedente de Alemania, el 3 de abril de 1917 arribó un personaje para nada surgido de la imaginación de un escritor, el líder bolchevique Vladimir Lenin, quien a los pocos meses dirigió el triunfo de la Revolución de Octubre, acontecimiento que tuvo su epicentro precisamente en San Petersburgo y que colocó a esta ciudad en el pináculo de la historia contemporánea, de la propia Rusia y del mundo.

Durante la Primera Guerra Mundial los rusos estimaron que el germanizado nombre de San Petersburgo no venía al caso y lo trocaron por el de Petrogrado. Y a la muerte de Lenin, en 1924, las nuevas autoridades bolcheviques decidieron homenajear a su líder y llamarla Leningrado. Con la desaparición de la Unión Soviética, desde 1991 la Ciudad Heroica ha vuelto a denominarse como en sus orígenes. Además, a los pocos meses de triunfar la Revolución de Octubre en 1917 la capital volvió a ser instalada en Moscú.

San Petersburgo se presenta como una vital y gran ciudad que, incorporando elementos modernos, conserva a buen recaudo su patrimonio histórico y urbano. Caminar sus anchas y limpias avenidas; pasear en lancha por sus serpenteantes canales; visitar sus catedrales y museos, entre ellos el Hermitage con su interminable colección de obras, además de reconocer en sus aposentos al ex Palacio de Invierno, antigua residencia de los zares y punto de ebullición en octubre de 1917; recorrer las veredas y malecones de granito rosa del río Nevá o cruzar sus ferrosos puentes levadizos; plantarse al centro de la empedrada Plaza del Palacio, al lado de la Columna de Alejandro, cuya médula la constituye un bloque unitario de granito rojo de unos 25 metros y que al sumar el pedestal y la estatua superior llega casi al doble de altura; bajar las larguísimas escalas mecánicas para acceder a los trenes del metro, el más profundo del mundo con algunas líneas a más de cien metros bajo tierra; en fin, callejear esta ciudad levantada hace poco más de tres siglos sobre un pantano implica reconocer la importancia de la planificación urbana y del respeto a la conciliación del presente con la memoria histórica. Así al menos me ocurrió cuando una noche, bajo una lluvia tenue pero persistente, caminé hasta el Instituto Smolny, un viejo y señorial edificio levantado como colegio de doncellas nobles, que ocupó el soviet local como sede durante la Revolución de Octubre. En esos frenéticos días (“una colmena gigante”, la llamó el periodista norteamericano John Reed), desde ahí, Lenin, el mismo que hoy luce a la entrada del recinto en una estatua, anunció el triunfo bolchevique en 1917.

Por estos tiempos, cuando no son los zares ni los bolcheviques los que la gobiernan, Rusia ha señalizado en Siria que la vuelta de la vista hacia Europa que hizo Pedro el Grande en los albores del siglo XVIII se mantiene vigente. La fundación de San Petersburgo, una ciudad hoy reconocida por su estatura urbana y patrimonial, fue la principal apuesta en aquel entonces. Es de esperar que los rumbos actuales y futuros vayan también por ese lado, más de la cultura que del belicismo.

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