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Las culturas del nuevo ministerio

por 18 septiembre, 2018

Las culturas del nuevo ministerio
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Desde el retorno a la democracia en 1990 hasta hoy en Chile no ha existido una política cultural –en el mejor sentido de la expresión- al respecto, y lo que hemos tenido ha sido una suerte de estrategia para incorporar (controlar, en términos fucaultianos) a los sujetos y sus producciones de este heterogéneo campo en la vida productiva (en este caso de bienes con valor simbólico, como lo consideran los teóricos de la industria cultural). Una modalidad central han sido los fondos de cultura que son concursos en campos y especialidades que aún no terminan de incorporarse a la oferta institucional, según han ido surgiendo y validándose. Tal universo puede verse reflejado en las 30 áreas de interés, 6 programas, 5 fondos y 4 modalidades de ventanilla abierta, cuyas especificidades confrontan cuestiones tan disímiles como audiovisuales y gastronomía, danza y turismo cultural, música y circo.

Resulta claro que del momento mismo en que se trata de constituir un solo campo con los componentes arte y cultura sin definir ninguno de ellos (o definiéndolos de manera tan amplia que es lo mismo) la situación no podría ser otra que la señalada. Resulta evidente que la cultura, el arte y el patrimonio no derivan de un núcleo epistemológico común y podemos distinguir vertientes diversas que provienen, al menos, de la antropología, las artes y la historia, que si bien son áreas del conocimiento complementarias, no son reductibles entre sí.

Todos estos elementos han tenido una inclusión que ha sido claramente política. Hoy, la cuestión indígena se ve reflejada en el plural de cultura, que no es ningún misterio que constituye un necesario y oportuno gesto político hacia tal sector, tal como lo interpretaba el historiador Fernando Pairican hace tres años. En ese momento, este autor reconocía el avance que constituía esta “morenización de la cultura” fruto de la propuesta emanada del Acuerdo Nacional de la consulta a los Pueblos Originarios realizada por el entonces Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (respondiendo al estándar del Convenio 169 de la OIT), que antecedió la promulgación del Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio (Ver: La morenización del Ministerio de las Culturas).

Asimismo el reconocimiento de las “culturas territoriales” se relaciona de manera importante con el propósito (o al menos el discurso) relativo a la descentralización y regionalización en esta área también. La mención a la “memoria histórica” nos remite a un campo de disputa ideológica referente a sucesos del pasado inmediato, que ya hemos observado numerosas veces en las últimas décadas y que proporciona tristes capítulos recientes que incluso han costado el nombramiento a un reciente ministro de esta cartera. Pero también la memoria refiere a objetos y expresiones de data mayor que encuentran en la patrimonialización (que es una suerte de consenso cívico de valorización histórica) la clave para su persistencia simbólica.

Aunque los términos del proyecto de instaurar este ministerio, su nombre y sus directrices, eran de público conocimiento desde hacía un par de años, poco después de la promulgación de la ley en el parlamento en -agosto de 2017- y tal vez respondiendo al clima pre electoral de ese momento, sectores de derecha reaccionaron inmediatamente frente a lo que consideran una amenaza a la chilenidad.

El senador Andrés Allamand expresó su disenso señalando que el uso en plural del concepto, desdibujaba la cultura chilena, en singular, y atentaba en contra de la identidad nacional, derivando luego su argumentación hacia afirmaciones que revelan un eurocentrismo largamente acendrado en su sector, señalando que el único referente latinoamericano al respecto era el correspondiente ministerio boliviano, pues en el resto de los países europeos con este tipo de cartera, usan el singular (Ver: ¿Cuántas culturas? ¿Cuántos Chiles?)

La pluralización del término cultura vino a confirmar una diversidad étnica visualizada a partir de los noventa. Esto también se ve reflejado en la creación musical tanto docta como popular que ahora descubría y representaba al fueguino, pascuense, diaguita y atacameño, aunque sin disputar la primacía mapuche, de más larga tradición. Sin constituir propiamente una etnia, la descendencia afroamericana en general y la afrochilena en particular, se ha sumado a este nuevo universo encontrando en el proceso migratorio reciente una presencia que ha terminado por evidenciar la importancia y relevancia de este gesto político.

En la actual página web del nuevo ministerio se refrenda esta realidad que, sin embargo, pareciera relacionarse con las prioridades e intenciones declaradas por el nuevo gobierno para el caso específico de la Araucanía, cuya actualidad dista de salir del centro de las relevantes cuestiones pendientes que el Estado y nuestra sociedad toda aún mantienen. El respeto y valoración a la expresión de los “creadores y cultores” que allí mismo se expresa, remite a un conjunto de actores sociales que vienen reclamando consideración y apoyo desde el regreso a la democracia.

Asimismo el reconocimiento de las “culturas territoriales” se relaciona de manera importante con el propósito (o al menos el discurso) relativo a la descentralización y regionalización en esta área también. La mención a la “memoria histórica” nos remite a un campo de disputa ideológica referente a sucesos del pasado inmediato, que ya hemos observado numerosas veces en las últimas décadas y que proporciona tristes capítulos recientes que incluso han costado el nombramiento a un reciente ministro de esta cartera. Pero también la memoria refiere a objetos y expresiones de data mayor que encuentran en la patrimonialización (que es una suerte de consenso cívico de valorización histórica) la clave para su persistencia simbólica.

De todas formas, el interés por el patrimonio arqueológico, enfocado en una materialidad y un horizonte temporal remoto, es muy diferente al patrimonio intangible de los llamado “tesoros humanos vivos”, y ambos caben en el mismo concepto (nadie ha dicho nada por el uso en singular, pues siguiendo la lógica anterior pudo haber sido “Patrimonios”).

Hasta aquí solo nos hemos asomado al campo cultural con el que deberá trabajar la nueva cartera. Pero no menos compleja se observa la situación en el campo del otro gran componente: las Artes, cuyos problemas actuales merecen consideración aparte que esperamos abordar próximamente. Por ahora, podemos adelantar que el problema de la diversidad cultural nos pone como sociedad en tensión con lo americano, a nivel local y regional, mientras que el campo de las artes lo hace respecto de lo europeo. Si lo primero nos remite a una cuestión antropológica y sociológica, lo segundo lo hace a un asunto estético y ambas dimensiones cruzadas por cuestiones identitarias respecto de las que la globalización y el modelo económico no hacen más que complejizar.

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