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"Birdbox" o la paradoja de nuestros ojos cansados y de la profunda desconexión de nuestro tiempo

por 12 enero, 2019

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La película tiene como eje la vivencia de la protagonista Malorie, interpretada por Sandra Bullock, quien es presentada en la parte introductoria como una mujer de clase media que evidencia claramente su dificultad para socializar y salir del departamento en donde permanece sumida en la creación y contemplación de sus pinturas. Estas, son a su vez una manifestación de la dificultad de la propia protagonista y de nuestro tiempo para comunicarnos y “conectar”. Más aún, a la protagonista le cuesta aceptar su propio embarazo y desliza la idea de dar en adopción.

Toda esta situación claramente esbozada en los primeros minutos del filme es rápidamente puesta en entredicho por la crisis que supone la extraña presencia de estos seres que al ser vistos inducen al suicidio del observador. Malorie llega así a una casa donde se encuentra obligada a con-vivir, a responder a las preguntas que le hacen y a mirar a lo ojos.

El tener que tapar las ventanas de las casas y quedar desconectados del mundo exterior por la ausencia de electricidad, televisores y pantallas supone la obligación de entrar ineludiblemente al mundo introspectivo tanto de manera personal como grupal: la casa en la que se refugian un variopinto grupo de sujetos, incluyendo a dos afroamericanos, un asiático homosexual y varios caucásicos aparece como una comunidad artificial, forzada, a la que le cuesta ponerse de acuerdo, pero que así y todo deviene un espacio seguro.

Al tener que cubrir las ventanas y cortar todo vínculo con el exterior, la casa en que se refugian pierde luminosidad y el tratamiento de la luz en el filme es siempre tenue y juega con lo sombrío de los espacios cerrados. Sin embargo, estos espacios permiten la apertura de los sujetos que comienzan a verbalizar sus heridas, y sus vidas en definitiva, y quienes ajenos a la electricidad y a la luz excesiva de la decena de pantallas que nos rodean cotidianamente comienzan a ponerse de acuerdo para sobre-vivir.

Ahora bien, en su afán tolerante e integrador la película no deja de reproducir ciertos prejuicios sociales: los afroamericanos pobres, uno tendero de supermercado y el otro veterano de guerra devenido obrero de construcción, son una expresión de la norteamérica que aún no sabe lidear con sus raíces negras. El asiático exitoso, el viejo ciudadano antipático y la rubia simpática no muy inteligente –aunque ya no curvilínea-, son otra muestra de la representación estereotipada.

Hubiese sido interesante seguir el derrotero de esta (anti)comunidad, porque ¿se puede vivir con otros sólo teniendo en común un sentido de sobrevivencia? ¿sobrevivir es vivir? Habrían sido preguntas interesantes de responder en esta comunidad aberrante. Pero, a diferencia de “El ángel exterminador” de Buñuel, aquí el colectivo se desintegra a mitad de camino. La existencia forzada de esta comunidad heterogénea está signada por la tragedia que repercute en que esta micro-sociedad se reduzca a su expresión más mínima: la familia.

Es finalmente en la familia donde, no sin mediar conflictos, se desarrolla el potencial creativo de los protagonistas que aún quedan con vida y comienzan a pensar, vacilaciones y dudas de por medio, en la posibilidad ya no tan solo de sobre-vivir, sino que de vivir. Párrafo aparte merecería la atención a la dinámica que se da entre la protagonista y sus hijos, cuestión que recuerda a algunos de los pasajes de la tradición occidental relacionados con la tradición judeo-cristiana (Abraham-Isaac), la mitología griega (los dioses y sus hijos semi-dioses), y el pragmatismo romano (Rómulo y Remo criados por una loba). Esta dimensión habla también de la angustia y el desamparo junto con la capacidad de elección y compromiso del hombre, cuestión desarrollada por Sarte en su ensayo sobre la consideración del existencialismo como forma de humanismo.

La película puede ser considerada apocalíptica en cuanto supone una crisis total de nuestro modo de vivir occidental. Sobretodo en lo que se refiere a la dimensión visual que aparece como centro de la cotidianidad con nuestros sentidos puestos casi todo el tiempo en las pantallas de aparatos electrónicos. La familia de la película al salir al aire libre debe sentir, escuchar, contar sus pasos, golpear piedras para medir los espacios, en un acto liberador de la pulsión escópica. El filme y su título pareciera proponer que somos nosotros los pajarillos encerrados en una caja/jaula mediante un enclaustramiento permanente en los apartados que elaboran un simulacro de libertad, pero que en realidad, no son otra cosa que una irreflexión constante, agobiante y agotadora que impide poner la mirada en nosotros mismos. El no mirar aparece entonces como un acto de liberación.

Es decidor en este sentido que las “criaturas” nunca nos sean develadas en el filme; en nuestra época que busca la “transparencia total” como supuesto valor, y ligado a esto la observación panóptica constante de la que somos finalmente presos, la opacidad deviene vanguardia y resguardo, mirada introspectiva.

La paradoja de “Birdbox” como metáfora de nuestros ojos cansados radica en que la resolución del conflicto redunda nuevamente en opresión y carencia de libertad. Es revelador en este sentido la liberación de los pájaros y el espacio en que esto se hace; la salvación de los protagonistas redunda en una jaula más grande, pero jaula al fin. La sociedad deseada sería un espacio ciego a las diferencias como no-lugar ajeno al conflicto, pero sin posibilidades de permanencia y de futuro a largo plazo.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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