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El problema no es la raza

por 3 marzo, 2019

El problema no es la raza
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Desde hace un par de años comento temas de actualidad económica chilena desde la perspectiva que dan casi 12 años viviendo en Canadá.

Muchas veces, planteo ideas basadas en la forma en que Canadá, una sociedad reconocida internacionalmente por sus altos niveles de calidad de vida, ha dado respuesta a necesidades sociales: educación, salud, pensiones, etc. y frecuentemente, recibo comentarios del tipo “para que eso funcione en Chile tendríamos que ser canadienses”, apuntando a una especie de superioridad ética que los canadienses tendrían sobre los chilenos. Una manifestación de la conocida creencia que la raza es la mala.

Nuestros problemas serían culpa de una evolución genética que nos hizo flojos y corruptos y a los canadienses trabajadores y probos.

La realidad es bastante diferente. Los canadienses son tan imperfectos como los chilenos en prácticamente todos los ámbitos. Algo que no es posible detectar estudiando los países desde la distancia, a partir de un conjunto de gráficos OCDE o planillas Excel.

La política canadiense no es más elevada que la chilena. La pobreza de ideas en los debates políticos y la relatividad de la ética pública son equivalentes a lo que vemos en Chile.

El Primer Ministro Trudeau percibido por muchos en Chile como un líder mundial, un político con ideas, capaz de generar una visión política propia, es tan ramplón como Piñera o Bachelet, pero con mejor pinta, una juventud y manejo de las relaciones públicas que lo favorecen. Sin embargo, de forma muy similar a la meritocracia chilena, Trudeau está en el poder por ser el hijo de su padre (ex Primer Ministro) y por la ausencia más abismante de posibles competidores. La misma carencia de líderes reales que vemos en Chile.

A nivel empresarial y de mercados, los conflictos de interés, los actos de corrupción, las puertas giratorias tampoco son menores.

El reciente caso de SNC Lavalin, una empresa que de manera sistemática, durante más de una década hizo de la corrupción interna y externa una parte de su modelo de negocios es un ejemplo. Y frente a la corrupción, el Primer Ministro Trudeau está muy complicado porque una miembro de su gabinete acusó presiones de la oficina del Primer Ministro para forzar a la Fiscalía a llegar a un arreglo para salvar SNC Lavalin. Algo similar a lo que vimos en Chile con el financiamiento ilegal de la política. Justicia en la medida de lo posible o lo conveniente.

El supuesto respeto por el medioambiente, las buenas prácticas sociales de los canadienses, se vienen abajo cuando uno mira proyectos como Pascua Lama, propiedad de Barrick Gold (que ahora apunta a la Patagonia chilena).

Canadá cuenta fondos de pensiones altamente sofisticados, inversionistas institucionales que juegan en las grandes ligas. Uno podría esperar niveles de controles internos, gobernanza y compliance muy superiores a los que tienen las AFPs chilenas, pero también ahí hay fallas tan grandes como el territorio canadiense.

Difícil de creer cuando se tiene la percepción de pureza que Canadá genera, pero los hechos lo demuestran: hace muy pocas semanas, una vicepresidenta del brazo inmobiliario de la Caisse de Dépôt et Placement du Québec, uno de los fondos de pensiones más grandes de Canadá, tuvo que renunciar cuando se descubrió que su pareja y socio mantiene negocios de préstamos con la mafia de Montreal. El CEO de la misma entidad que también tuvo que renunciar al descubrirse que gestionaba préstamos para financiar proyectos inmobiliarios para su socio ¡y para él mismo!

¿Hemos tenido un escándalo similar con las AFPs? No, simplemente no.

Ni hablar de Bombardier que obtiene una y otra vez ayuda de miles de millones de dólares del gobierno y de la propia Caisse de Dépôt abusando de su posición de empresa clave para el empleo y altamente conectada con las esferas del poder, y lo primero que hace es pagar con plata de los contribuyentes bonos de varios millones de dólares a sus directores, al tiempo que se niega a modificar su estructura accionaria que permite a la familia controladora hacer y deshacer a gusto gracias al voto múltiple de las acciones que detenta, para luego proceder a despedir a cientos de trabajadores de la misma Provincia (Quebec) que le tiró el salvavidas.

Podemos agregar la colusión de la industria de la construcción que hace ver pequeña de la colusión del confort chilena (y más interesante al meter a la mafia italiana de Montreal al medio).

Todo lo anterior demuestra que en todos lados se cuecen habas y que no es la pureza moral la que ha hecho la diferencia. Que no nos vengan a dar lecciones en eso.

Las preguntas son evidentes ¿cómo es posible que la sociedad canadiense pueda ser catalogada como una de las más felices del mundo si hay tantas imperfecciones? ¿Por qué no vemos a los canadienses quemando autos con chalecos amarillos en las calles de Ottawa, Toronto, Montreal?

La razón es porque Canadá logró estructurar un modelo de sociedad en donde, a pesar de tener políticos de poco vuelo, de las malas prácticas y la corrupción, existen mínimos en aquellos aspectos más fundamentales de la vida.

La salud no es de lujo, pero nadie muere por falta de dinero o endeuda ad-eternum a su familia por un tratamiento; la educación puede ser mucho mejor, pero hay acceso universal a educación escolar gratuita; durante la vejez también existen beneficios universales independientes de la contribución y una red de beneficios para los viejos que hacen más llevadera esa etapa de la vida, etc.

En el fondo, la gran diferencia entre Chile y Canadá es que Canadá tiene el desafío de luchar contra una burocracia ineficiente, malas prácticas y corrupción para mantener y elevar las prestaciones y cobertura que su modelo puede brindar de forma universal. Por ahora, pese a todo, los mínimos son suficientes para mantener bajos niveles de delincuencia, violencia social y proteger la paz social.

Chile, por el otro lado, todavía no logra establecer mínimos indispensables en necesidades tan básicas como salud, educación y pensiones, a lo que se suman una serie de abusos y malas prácticas a nivel empresarial y político.

Es una diferencia enorme, pero la raza no tiene nada que ver en ello.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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