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Las redes metropolitanas de la corrupción que se instalaron con la transición en Rancagua

por 8 abril, 2019

Las redes metropolitanas de la corrupción que se instalaron con la transición en Rancagua
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Un querido amigo metropolitano vinculado a este medio me decía, cuando se bajaba del autobús que lo traía desde Santiago, “he llegado a la capital de la corrupción”. Yo me reía, medio en broma medio en serio, y sin un dejo de vergüenza, por el duro epíteto con el que cargábamos.

Pero aquella caracterización, que por supuesto, molestaba, tenía su dosis de realidad: Rancagua y la región a lo largo de un par de décadas se ha caracterizado por hacer noticias a nivel nacional por irregularidades: el pago de coimas en la basura que denunció allá por 1995 el alcalde Esteban Valenzuela. Luego las anomalías en las Plantas de Revisión Técnica que concluyó con el diputado Juan Pablo Letelier encarcelado por casi dos meses; en paralelo la arista local del MOP que concluyó con el intendente socialista, también, preso. El estallido de los curas pedófilos con su ángulo más grave: el pequeño Cottolengo; con Bachelet I, las irregularidades en Chiledeportes – Chile recortes llegó a llamársele – con, de nuevo, el mismo parlamentario socialista y parte de su equipo  involucrado, lo que significó que el mismísimo Pancho Aleuy fuese enviado a la capital regional a hacer control de “daños colaterales” y verificar cuán profunda era la corrupción en la repartición que encabezaban sus compañeros.

Después el engaño se hacía con los comité de allegados y, donde, otra vez, aparecía, involucrada una sede parlamentaria del ahora senador Letelier y que tuvo como pato de la boda a la concejala Flor Pino quien debió pagar por la responsabilidad de quien era su jefe; el abuso con los trabajadores contratistas que tuvo como epicentro a la ciudad y el reclamo del obispo Goic por “un sueldo ético”.

Más tarde la corrupción en torno a la Udi, que empezó con la proclamación de sus candidatos en la mismísima municipalidad en 2012 motivo por el cual la contraloría recomendó llevar al Tribunal Electoral Regional al alcalde en ejercicio, pero que ningún concejal – ni los dos socialistas: la actriz Silvia Santelices y el ex intendente Juan Ramón Godoy – se atrevió a presentar porque alguien se encargó de que no se reunieran las tres firmas que se necesitaban; luego el caso CAVAL donde nos enteramos que la trenza de la corrupción era transversal e involucraba a los dos núcleos de poder en la región: socialistas y gremialistas. Y ni hablar del micro robo en municipios y reparticiones locales donde hasta los lanzas exhiben más clase.

Ahí, como en un puzzle, recién empezamos a entender por qué nunca en la región nadie terminaba preso o sancionado; luego la trama gay que involucra al edil de la capital regional y la corrupción en el teatro regional de administración del municipio que tiene como protagonista al núcleo histórico Udi que giraba en torno a Andrés Chadwick; enseguida los privilegios de Miguel Littin en la Universidad de O’Higgins al amparo del rector Rafael Correa y la trenza socialista-laica que controla la universidad al punto de despedir a académicas feministas y convertir  a la gran promesa regional en un club de Tobby; no terminábamos de sorprendernos cuando aparece la red de pedofilia vinculada a la iglesia católica local; como si fuera poco acaba de estallar ahora las irregularidades en el poder judicial local y la red de corrupción y favores donde, ¡sorpresa!, aparecen nuevamente mencionados el senador socialista local y nada menos que (otra vez) el fiscal Abbott.

Y aquí estamos de nuevo los rancagüinos y rancagüinas – que por cierto también somos responsables por acción u omisión de haber llegado hasta aquí – en medio de un nuevo desastre.

El falso dilema identitario

Cuando fui concejal de la ciudad realicé un serio esfuerzo que se expresó en textos, artículos y obras, por disminuir la influencia de la batalla de Rancagua en la construcción de nuestra identidad como ciudad. Pensaba al igual que Habermas que, de la invocación de aquellos mitos guerreros nada bueno puede resultar. Menos cuando la famosa batalla, incluso desde el ámbito militar, es una lección sobre lo que no se debe hacer, en especial cuando, además, puso en evidencia las limitaciones y miserias de nuestros “héroes patrios”.

Por entonces, cuando ya la corrupción comenzaba a roernos, me la jugué por que los rancagüinos/as nos identificáramos con nuevos mitos urbanos más contemporáneos y amistosos como la épica del mundial de futbol de 1962 que tuvo como subsede a Rancagua; la Nacionalización del cobre en la plaza de los Héroes el 11 de julio de 1971  que Allende quiso festejar aquí como homenaje a los dirigentes mineros que participaron de aquel hecho histórico; o el 11 de mayo de 1983 – el inicio del derrumbe de la dictadura de Pinochet – que tuvo como centro a Rancagua y el paro minero que encabezó el notable Rodolfo Seguel.

En algún momento, pensé que la temática de la corrupción comenzaba a roernos y escribí en los diarios locales, y luego también en El Mostrador sobre ello. Incluso académicamente, la Revista de Historia de la Universidad de Chile nos publicó el 2013, junto a Teo Valenzuela, un artículo – “Infante y Matta” – donde describíamos cómo se construyó históricamente el poder de los brokers, es decir de los parlamentarios oficialistas en regiones hasta llegar a Juan Pablo Letelier y el copamiento del Estado por redes clientelares a cambio de votos en el parlamento.

La historia es muy simple: las oligarquías locales metropolitanas, ayer, se compraban asientos en el congreso a nombre de una de sus haciendas en provincias y era común, cuando uno revisa las sesiones de los cuerpos legislativos, que el diputado por Valdivia, Colchagua o Vichuquén, era en realidad un vecino de la metrópolis que se compraba un asiento en el parlamento y, desde allí, junto a sus pares, controlaban, la extensión del ferrocarril, la política monetaria a favor suyo, y los recursos públicos cargando costos a Moya y los beneficios a sí mismos.  

Hoy, ya no lo hacen directamente. Son demasiado ricos para mezclarse con la chusma. La diferencia es que hoy, como nos lo evidenció Corpesca y Sqm, existe una red transversal de políticos, que van desde la Udi hasta el PS,  disponibles, siempre, para favorecerlos a cambio de una chaucha.

Pero me quedé corto (y mis tesis también), la corrupción se había tomado la región (y también la ciudad).

¿Cuándo se jodió Rancagua y la región de O’Higgins?

Por deformación profesional – la historia – siempre tiendo a buscar fechas emblemáticas que marquen hitos significativos y, por supuesto, siempre he intentado comprender cuándo nos jodimos como ciudad progre y región con sensibilidad social. Es decir, cuando dejamos de pasar del imaginario que representa muy bien el mundial de fútbol de 19862, la nacionalización del cobre o la épica del 11 de mayo de 1983 que encabezó Rodolfo Seguel para caer en el epíteto de “capital de la corrupción” o “el segundo desastre de Rancagua”.

¿Habrá empezado todo con aquel Seremi que, en diciembre de 1990, y en medio del estallido del “ejercicio de enlace” ya había sacado pasaje en avión rumbo a Mendoza sin avisarle a nadie? O, como tiendo a pensarlo, el principio de todo fue ¿cuándo en 1995 el alcalde Esteban Valenzuela denunció la coima por el contrato de basura sin que ningún tribunal local haya hecho ninguna investigación seria, mientras por el costado masones y metropolitanos se movían raudamente para quitarle el piso a la denuncia, cosas que finalmente ocurrió? Resultado: Radicales y masones vetaron la designación del Teo como intendente durante la administración de Ricardo Lagos.

¿O habrá sido, como finalmente llegué a pensarlo, cuando la corte suprema, en acuerdo con el ministro del interior de la época, y luego de una aplastante derrota en la corte local, salvaron a Juan Pablo Letelier, quien, en definitiva, zafó libre de polvo y paja por su rol en la corrupción en las plantas de revisión técnica y al año siguiente fue electo senador? En medio de todo ello un detalle: el entonces diputado Andrés Chadwick lo visitó en la cárcel VIP donde éste se encontraba recluido.

Tiendo a creer que fue allí cuando se consolidó el inicio de nuestra debacle moral: a partir de allí amigos nuestros dejaron de saludarnos por nuestro criticismo, la prensa local – siempre falta de dinero empezó a mirar para el lado – y los buenos periodistas comprendieron el mensaje: mejor quedarse callados y asegurarse un buen puesto en el Estado, antes de que, por decir la verdad, quedarse viviendo en un páramo.

Por esos tiempos la relación política se volvió más hipócrita y la sinvergüenzura más explícita: había que desviar fondos públicos a destajo   y ponerse a recaudo de las instituciones fiscalizadoras, o mejor aún, controlarlas.

Allí se acabó la pelea por la Seremi de Transporte – más significativa incluso que la intendencia ustedes sabrán porqué – y empezó la colonización política de las entidades fiscalizadoras: contraloría, el Consejo para la Transparencia, la Fiscalía Nacional Económica, el Servicio de Impuestos Internos y… el poder judicial, incluido el Ministerio Público. Si no me creen revisen el caso Abbott.

Los parlamentarios habían aprendido la lección y no se arriesgarían a ser procesados de nuevo por un poder que no controlarán o, al menos, neutralizarán.

De vuelta al presente: la designación de la Notaría de San Fernando

Varios amigos míos, muchos aún vinculados al PS, me consultaban, casi como si yo fuera un oráculo, sobre el silencio del senador socialista de la región en torno al caso Catrillanca y la ausencia de crítica política a su ex colega Andrés Chadwick.  Generalmente les entregaba datos: la gira de éste con Piñera, los subsidios de vivienda, y su influencia en el área que sobrepasa los gobiernos. También les señalaba que, alguna que otra marraqueta escondida de la que, luego, nos enteraríamos.

¡Eureka! Hace un par de semanas, visité una conocida notaría colchagüina, para obtener un poder notarial que permitiera que la madre de mi hijo pudiese bonificar sin tener que pasar por mi autorización las atenciones médicas de Agustín. Mi sorpresa fue mayúscula cuando, vi a un conocido del PS allí, y cuando le pregunté qué hacía ahí me dijo” soy el nuevo Notario”.  

El hombre, de confianza absoluta del senador socialista, había ocupado diversos cargos políticos en administraciones concertacionistas, y luego, pasado al ministerio público. Todos conocen cómo quedó vacante el cargo de notario en San Fernando en el contexto del caso Caval.

Bueno, se entiende menos, que en el contexto de un gobierno que se supone, es de derecha, se ratifique allí a un socialista.

Entenderán, ahora, ustedes, el silencio en torno a la gestión del ministro Chadwick.

Y la designación del nuevo notario de San Fernando, es un buen ejemplo, para ir concluyendo esta columna de cómo funcionan las cosas en regiones. Si alguien se sorprende del federalismo argentino, incluida desaparición de jóvenes en medio de las redes políticas locales, no hay que mirar tanto para el lado. La cruda realidad está a la vuelta de la esquina y con casos tan espeluznantes como lo sucedido en el hospital regional a inicios del nuevo milenio y que, tuvo, como protagonistas, nuevamente, a los radicales locales nos empatan con los trasandinos.

Epílogo: o paramos la corrupción (y a sus protagonistas), o esto termina como en Colombia

Y es verdad, no creo que la situación de la región de O’Higgins sea un poco distinta de la que sucede en otras. Tal vez la única diferencia es que aquí es sin decoro, ni formalidades mínimas. Y es que nuestros políticos corruptos (todos de origen metropolitano) se acostumbraron a la impunidad, y una gran mayoría de actores locales que pudo haber tomado distancia, creyó que ese era el camino.

Como sabemos, con Pablo Escobar sucedió algo parecido y ahí estamos con los narcos cada vez más colonizando la política o sino pregúntenle a la Udi popular, al PS y al PPD.

O damos un giro copernicano en torno a la corrupción, o no nos lamentemos más tarde cuando sea moneda corriente asesinar periodistas, matar líderes ambientalistas o desterrar críticos. La elección del Gobernador, esperamos que con atribuciones puede ser la puerta que nos saque de la putrefacción o, en su defecto, termines pro consolidarla hasta que ya nadie vaya a votar.

Ese será la lápida definitiva de nuestra democracia que, como sabemos, tanto costó recuperar para concluir en esta mierda.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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