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Insólito: un currículum sin Historia

por 11 junio, 2019

Insólito: un currículum sin Historia
La profundización de la mirada histórica, la inteligibilidad del presente desde sus raíces en el pasado, es imprescindible en la formación ciudadana. Como disciplina no puede estar ausente del plan común curricular a nivel nacional. El torpe error cometido debe ser revertido. No podemos aceptar el cierre de la discusión y la imposición de un currículum mutilado.
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Desde que el viernes 24 de mayo se filtrara que en el nuevo currículum para 3° y 4° medios la asignatura de Historia dejaba de formar parte de las disciplinas que conforman el núcleo de la enseñanza secundaria, no ha habido día en que los medios de prensa no hayan traído una columna de opinión o carta al director manifestando sorpresa, estupor e indignación, no solo de parte del mundo historiográfico. Por su parte, los defensores de la supresión de la Historia han buscado infatigablemente contrarrestar este masivo rechazo. Entre estos, particularmente la ministra de Educación, el subsecretario del ramo y la encargada del currículum, además de miembros del Consejo Nacional de Educación.

La responsabilidad recae en todos ellos y también en los equipos de currículum del Gobierno de Bachelet. El presidente del Consejo nos ha informado recientemente que  “era totalmente plausible que la administración actual dijera retiro la propuesta y hago algo nuevo”, pero no lo hizo. Se trata, pues, de una responsabilidad transversal que ha contado con un intento soterrado de silenciar la crítica, el cual ha fracasado ante la fuerza del rechazo a la supresión de la enseñanza de la Historia en los últimos años escolares.

En defensa del actual currículum se han sostenido diversos argumentos, todos ellos débiles, confusos e irreales. Incluso se ha llegado a plantear extrañeza por la intensidad del escándalo suscitado, habiendo otros temas educacionales tanto más importantes, dicen, tales como la enseñanza parvularia. Pues bien, lo que ha remecido al país es la ausencia de la enseñanza de la Historia en 3° y 4° medios, y cabe enfrentarlo y discutirlo con pasión.

En lo que más han insistido las autoridades del Ministerio de Educación, posiblemente para aquietar las críticas provenientes de su sector, es que ahora se va a enseñar más historia que antes en la Educación Media. ¿Verdadero o Falso?: falso.  

En el nuevo currículum para 3° y 4° medios quedaron seis asignaturas obligatorias, donde no está Historia, y 27 cursos optativos de los cuales solo uno es de Historia. De entre esos 27, el establecimiento escolar ofrecerá seis al año, de los cuales los alumnos elegirán tres. Por lo tanto, lo más probable es que tengamos egresados de la enseñanza secundaria que no hayan tenido la oportunidad de estudiar Historia en sus dos últimos años escolares.  

Se ha argumentado que ahora los jóvenes podrán elegir, ejercer su libertad, ir construyendo su futuro, al escoger qué disciplinas estudiar. Este argumento no es verdadero y más bien busca confundir. Son los establecimientos escolares los que van a elegir qué ofrecerles a los estudiantes, al decidir cuáles serán, entre 27 posibilidades, los seis cursos electivos que se ofrecerán, y probablemente lo harán en función del mercado laboral del profesorado. Algunos pocos, muy pocos colegios, decidirán según su proyecto educativo. Pero, insisto, no son los estudiantes los que deciden esa oferta. Ellos solo eligen tres de seis cursos que se les ofrecen, entre los cuales puede no estar Historia.

También han dicho las autoridades del Mineduc que podrán cursar Historia quienes no quieran tener clases de religión. No solo la condición es rechazar la formación religiosa, sino que también con este argumento se busca confundir. Porque si un estudiante se niega a tener clases de religión, no necesariamente las tendrá de Historia, pues la disciplina en este caso es alternativa a Educación Física o Arte (¡en un país de niños sedentarios y obesos también se suprimió la asignatura de Educación Física!).

Por otra parte, el que las autoridades del Ministerio de Educación hayan afirmado que los estudiantes cubrirán todos los contenidos de Historia al llegar a 2° medio, es más que lamentable, puesto que refleja una concepción de la disciplina histórica como un hilado de datos, acontecimientos y fechas que memorizar.

La Historia, cualquiera medianamente informado lo sabe, no consiste en un cúmulo de datos sino en una manera de mirar el presente, desde unas raíces temporales que le dan inteligibilidad; la Historia se sostiene en las preguntas que el presente le hace al pasado, para poder comprenderse y proyectarse al futuro. Por lo tanto, los estudiantes chilenos egresarán de la Enseñanza Media con la percepción de que la historia no importa, que el presente se explica por sí mismo.

Por otra parte, en la medida en que no tendrán la experiencia intelectual de encontrarse con una diversidad tanto de interpretaciones históricas como de ángulos para mirar el pasado, interiorizarán una visión unívoca del presente y una intolerancia radical a la discrepancia.

En su defensa de la supresión de la Historia de los últimos años de la enseñanza secundaria, las autoridades ministeriales también han argumentado que actualmente en la asignatura de Historia y Ciencias Sociales en 4° medio se enseña educación cívica, y que ello estará contenido en la nueva asignatura de Educación Ciudadana que ahora se ofrecerá en 3° y 4° medios. Otra fuente de confusión en este argumento.

La historia es la principal disciplina para la formación ciudadana. Poca duda cabe en ello, tanto así que se ha asegurado que serán los profesores de Historia quienes enseñarán esta nueva asignatura –una fórmula obviamente para aquietarlos y evitar su protesta masiva–. Pero es muy distinto si la enseñanza cívica forma parte de la asignatura de Historia que si la constituyen en una asignatura independiente. Supongamos –porque hasta ahora desconocemos en qué consiste Educación Ciudadana, el Mineduc no ha subido las bases curriculares a su página web–, supongamos que se tratará la institucionalidad que nos rige.

Si esta se enseña como parte de la asignatura de Historia, su aprendizaje tendrá una necesaria dimensión temporal: nuestra Constitución tuvo un origen preciso, procesos de reformas que la han transformado, ha sido interpretada por un Tribunal Constitucional, cuya conformación ha sido modificada en el tiempo; la Constitución es dinámica, puede ser reformada, puede ser sustituida: entonces, ¿cuál ha sido la experiencia chilena de creación de nuevas constituciones?, etcétera.

Si la enseñanza cívica prescinde de la disciplina histórica, la percepción que tendrán los estudiantes será de una institucionalidad pétrea congelada en el tiempo –el tiempo sin historia se congela–, que por tanto solo cabría destruirla ante los nuevos desafíos, en un choque frontal del todo o nada: destruir toda la institucionalidad del presente será el desiderátum. Lo mismo se puede prever si Educación Ciudadana trajera una mirada a los problemas del Chile actual, tales como la pobreza –nada sabrán los estudiantes de los esfuerzos de muchas generaciones por erradicarla–, los inmigrantes –no tendrán la menor idea de cuánto la humanidad se ha movido en el planeta, ni de los motivos por los que hemos recibido inmigrantes desde hace siglos, ni de su contribución al país– o la precariedad laboral o los problemas del medio ambiente, u otros. Los dilemas del Chile actual estudiados sin una dimensión histórica, producirán en los estudiantes visiones radicalizadas, intolerantes y violentas. ¿Era eso lo que se buscaba?

Como vemos hasta aquí, la defensa de la supresión de la Historia ha sido de una pobreza abrumadora. En un solo punto la discusión ha podido tener un mayor espesor: sobre la validez de un currículum nacional, y cuántas y cuáles asignaturas debe este contener.

En efecto, la supresión de Historia como asignatura del plan común pone en tela de juicio la existencia de un currículum nacional, es decir, de un conjunto de saberes, habilidades, actitudes y valores con las que se formará a las siguientes generaciones, en un continuo a partir de una tradición formativa, para poder, así, sobre una base cultural compartida, constituir una nación cohesionada y solidaria.  

Si aceptamos que debe haber un currículum nacional, es pertinente definir qué saberes constituyen el núcleo de dicho currículum, cuáles son aquellas disciplinas que permiten configurar la formación de una ciudadanía que pueda comprender el mundo que le ha tocado vivir, una ciudadanía perceptiva, atenta, creativa, tolerante, cohesionada y solidaria.

Esos saberes son los que tienen que integrar el plan común; da lo mismo su número, no es una cuestión numérica, es una cuestión de criterio.

Lo que resulta evidente, a todas luces, es que la disciplina de la Historia no puede estar ausente entre estos saberes formadores de la ciudadanía de hoy y del futuro. Y si hubiera quienes, aferrados a los números, insistieran en que tienen que ser seis y solo seis las asignaturas obligatorias, me pregunto qué es más importante para la formación común de 3° y 4° medios: ¿Historia o Ciencias?

La lógica de las ciencias, el conocimiento fundamental de cada una de ellas, ¿no la adquirieron los jóvenes de 2° medio? ¿No deberían ser electivas en 3° y 4° medios, disponibles para quienes van a seguir una formación científica? ¿Qué es esto que han llamado “Ciencias para la Ciudadanía”? El país no lo sabe, puesto que las bases curriculares no han sido dadas a conocer.

La profundización de la mirada histórica, la inteligibilidad del presente desde sus raíces en el pasado, es imprescindible en la formación ciudadana. Como disciplina no puede estar ausente del plan común curricular a nivel nacional. El torpe error cometido debe ser revertido. No podemos aceptar el cierre de la discusión y la imposición de un currículum mutilado.

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