sábado, 24 de octubre de 2020 Actualizado a las 00:54

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Funados

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La raffinatezza del libertinaggio è quella di essere allo stesso tempo carnefice e vittima”.

Pier Paolo Pasolini – Salò o le 120 giornate di Sodoma

Si hay un concepto que surgió con vehemencia en el último tiempo y ha experimentado una expansión evidente desde el denominado estallido social, es el de “funa”. Diversos han sido los escenarios y formas que ha adoptado este tipo de acción. Desde enérgicos gritos y carteles con mensajes de protesta, pasando por mecanismos de denuncia virtual en redes sociales, hasta la agresión con huevos, botellas, piedras y todo tipo de violencia verbal y física, han podido observarse por doquier. El parlamentario estrella de la izquierda, el académico de la universidad de la cota mil, la candidata del conglomerado emergente, la figura máxima de la ultra-derecha chilena, la animadora del matinal más visto en el país, uno de los líderes más importantes del empresariado, la presidenta del partido del orden, el ministro de salud, el ministro del interior, el mismísimo Presidente de la República: nadie se salva del festival de la funa. Un proceder delictual, una frase odiosa, un “error no-forzado”, una relación de pareja abusiva, un actuar reñido con la moral; pero también una afirmación sacada de contexto, un error razonable, una idea políticamente incorrecta o incluso la sola exposición de un punto de vista; todo parece ser argumento válido y suficiente para llevar adelante una funa, al menos desde los ojos de quien la ejerce.

Pero, ¿de dónde viene la idea misma de la funa? El núcleo de este término –de origen mapuche– está dado en el acto de pudrir o pudrirse (véase el “Diccionario mapuche” de Rafael Muñoz). Este concepto ha adquirido vitalidad política desde las conocidas funas sostenidas desde finales de los años 90 por organizaciones de derechos humanos, las que fueron usualmente destinadas a compensar la falta de justicia efectiva en materia de desaparición, tortura, asesinato y otro tipo de violaciones de derechos fundamentales perpetradas en la dictadura militar, mediante un acto público de condena social y moral. Como se observa en la comisión funa (véase http://comisionfuna.org/): ¡si no hay justicia hay funa! En estos casos, la evidente carencia de justicia (marcada por un sistema formal aún negligente en la persecusión de este tipo de crímenes), abría la puerta para comprender y legitimar este tipo de actos de simbolización y exposición del agravio como tal. La funa era propia de una sociedad en la que todo avance era excesivamente lento, a la medida de lo posible –como dijera el otrora líder de la transición. Esta era, entonces, una forma de confrontación ciudadana contra el poder fáctico.

Sin embargo, con la llegada de las redes sociales y, en particular, con la expansión observada desde el pasado 18 de octubre, el uso de la funa como recurso se ha diversificado, adquiriendo en ocasiones ribetes bastante diferentes a los de su origen. Esperar a que la justicia comience a moverse y ponga las cosas en su lugar es hoy un acto casi utópico, ya sea por la falta de respuesta del aparato judicial, la falta de paciencia del afectado, o ambas cosas. Desde su más temprana y constante utilización en casos de abuso sexual, maltrato animal, corrupción en sentido amplio, entre otros, la funa ha permitido denunciar y visibilizar materias que no encuentran una respuesta satisfactoria en el sistema formal de justicia, más allá de los reparos que puedan plantearse a partir de su naturaleza misma. Sin embargo, en el marco de la discusión política actual, la funa ha devenido para algunos en un acto simultáneo de denuncia y condena pública, obviando cualquier intento imparcial por examinar las justificaciones pertinentes y lo que el sujeto pasivo de la acción tenga que decir al respecto. Esta forma de entender la funa, al prescindir de ciertos presupuestos básicos y extremar los medios por los que se impone, parece tener menos que ver con el espíritu compensatorio observado a fines de los años 90 y más con el mero escarnio público, lo que se transforma en ocasiones en un simple ejercicio de intolerancia ante el pensamiento divergente.

Por otro lado, aun cuando la funa tiene un componente de igualdad intrínseco (cualquiera puede funar y cualquiera puede ser funado), este valor inicial se pierde cuando el monopolio de la palabra y la acción lo tiene exclusivamente el sujeto activo de la funa. De este modo, la unilateralidad de la medida y la inobservancia de los principios del debido proceso –característica propia de las manifestaciones de autotutela– hace de la funa un mecanismo eficaz y eficiente, pero no siempre justo. De allí que ésta se haya prestado también para vehiculizar propuestas evidentemente intolerantes y “trumpianas”, en donde la razón de aquel acto se erige meramente en la opinión personal, volviendo a la pretendida víctima en victimario. En el más puro espíritu del presente posmoderno: Todo puede ser formulable sin necesidad alguna de fundamentar.

A partir de lo señalado, cabe reflexionar respecto de este tipo de actos en el contexto político, sus alcances, fundamentación y proporcionalidad, especialmente ahora en que la discusión político-social comienza a tomar una enorme relevancia en materia constituyente. Por ello, se hace necesario resignificar la funa en este ámbito, a partir de la idea de confrontación ciudadana legítima contra el poder fáctico, basada en el pensamiento crítico y en la necesidad de encontrar mecanismos democráticos que sean capaces de responder al ritmo de las necesidades sociales.

En plena juventud, un pensador del siglo XIX sostenía que la discusión política entre iguales podría tener la particularidad de lograr sustituir el poder de hecho (a-discursivo) por el poder del argumento y la razón. De ahí que emerja la necesidad de reivindicar una nueva forma de funa –al menos para el escenario político–, en donde el espíritu argumentativo y desafiante compense (o sublime si se quiere) la simple pulsión intolerante respecto de quien piense diferente. Esto, por cierto, no significa renunciar a la tensión y el disentimiento. Está claro que la política de los consensos por mor de los consensos ha demostrado su profundo fracaso. Se trata, más bien, de poner en juego los argumentos y capacidades discursivas, en función de enriquecer la discusión –sobre todo habidas cuentas de lo que nos depara el futuro en materia constitucional. El mismo pensador antes citado resumía esta idea de manera muy ad-hoc para la actualidad. Éste sostenía que “la democracia es el acertijo revelado de todas las constituciones”. De tal forma, el llamado es entonces a profundizar el ejercicio democrático desde la ciudadanía, abriendo radicalmente la discusión de ideas y generando así las instancias para ello.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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