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Brasil, arte y política

por Gonzalo Garay 20 febrero, 2020

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Señor Director:

Cada día nos sumergimos en nuestros propios mundos, lo que muchas veces equivale a introducirnos en una cápsula hermética que nos distancia de la realidad circundante, impidiéndonos captar y vivenciar los fenómenos sociales y culturales que ocurren a diario con la estatura crítica y analítica deseable para un ser pensante y autónomo. Los escenarios familiares y las extensas jornadas de trabajo nos suelen consumir gran parte de las escasas horas que transcurren desde la salida del sol y hasta que su cálida luz se extingue en el horizonte.

Precisamente es el astro quien ha seleccionado ciertos puntos del globo para beneficiarlos con su energia, irradiando sobre sus gentes un calor que han sabido traducir en música y poesia; en arte. Hablamos de nuestros hermanos brasileños. La trascendencia de la cultura brasileña, forjada a partir de la fusión de costumbres, razas y credos, le ha regalado al mundo sonidos y piezas musicales, estilos arquitectonicos, celebradas preparaciones culinarias y destacadas obras literarias y audiovisuales del mas alto valor, cuya influencia y conocimiento se extiende hasta el último rincón del planeta.

Es probable que los propios brasileños ignoren o relativizen el caudal cultural de sus artistas, pues se encuentran tan habituados y familiariazados con sus obras, que en su cotidianeidad pasan por alto su importancia consular a la hora de representar y traducir el sentir de los ciudadanos en un momento histórico determinado y el mensaje de humanidad de sus composiciones.

Desde hace un tiempo hemos visto como las nuevas autoridades brasileñas han promovido censuras y ataques en contra de destacados artistas de dicho país. La posibilidad de difundir ampliamente sus ideas y la creatividad de las mismas, les incomodan y molestan. Generan ruido en el brutal autoritarismo que desean imponer y consolidar, de suyo escaso en riqueza argumentativa. Es por ello que apuestan por la vieja politica de “dividir para reinar”, sembrando un discurso de odio que busca inmovilizar al pueblo y dirigir sus creencias y decisiones a través del miedo. Se trata de un camino por el que los chilenos ya hemos transitado y que deviene naturalmente en una peligrosa polarización social, fenómeno incompatible con la conducción de un estado desarrollado y moderno, que necesariamente se construye con todos, especialmente con quienes aportan sustancia y valor cultural.

Erradicar la cultura de un pueblo o simplemente bloquearla, equivale a arrebatarle violentamente su alma, y un país sin alma corre el serio riesgo de sustituir su fe y sus convicciones elementales, sustituyendolas por falsos dioses; oportunistas y carentes de contenido espiritual.-

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