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Hipócritas

por 30 agosto, 2018

Hipócritas
Dejemos que los hipócritas sigan en sus peleas de poder, en sus suspicacias y ofensas mutuas, no nos atormentemos con ello y avivemos en cada uno de nosotros el ‘hambre y sed de justicia’ que nos inspiró el padre Hurtado, esa hambre y esa sed radicadas en Jesús, en su vida, misión y redención. El mundo nos espera. Como decía el padre Hurtado, "no nos quejemos tanto que los tiempos son malos, nosotros somos el tiempo, seamos mejores nosotros y los tiempos serán mejores".
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En medio del mes de la solidaridad, recordando al padre Alberto Hurtado y su servicio a los más pobres y excluidos, recibimos la carta del nuncio Viganó. Luego de su lectura no cabe más que exclamar: ¡hipócritas!

El Papa Francisco está en Irlanda y el arzobispo de Dublín, Diarmuid Martin, le ha solicitado, unos días antes de llegar, lo siguiente: “No es suficiente decir simplemente lo siento. Las estructuras que permiten o facilitan el abuso deben ser analizadas y destruidas para siempre”. Apunta directamente al Vaticano, a la manera de ejercer y construir el poder y, sin lugar a dudas, a su forma de ‘proceder’.

Lo ocurrido en Irlanda –al igual que lo sucedido en EE.UU., Honduras y Chile, como lo reporta el arzobispo Viganó– recibió la protección, secretismo y complicidad del Papa, por lo tanto, son esas las estructuras protectoras que deben ser analizadas, revisadas a fondo. Como un buen conocedor del Vaticano y su Gobierno, el arzobispo Diarmuid Martin –quien trabajo por varios años dentro de la Curia vaticana– ha ido a la médula de lo que hoy sucede. El Papa Bergoglio es de la generación de los obispos que ‘trasladaban’ a los abusadores, en cambio el arzobispo Martin no vivió esa experiencia, ya que llegó 'desde afuera' a hacerse cargo de una Iglesia católica en profunda crisis en Irlanda.

Difícilmente el Papa Francisco podrá revertir una práctica asentada en la Iglesia, aquella de los abusos sexuales y de los graves abusos de conciencia en que fue formado, educado, orientado desde la omnipotencia del sacerdocio y de sus ‘príncipes de la Iglesia’. Derribar esto será tarea del siguiente Papa, dejar de ser monarquía, ponerse al servicio de la comunidad –en particular de los más excluidos– y atreverse a imitar de manera auténtica al único y último sacerdote, que ha sido Jesucristo, es una misión comprometedora y que nos esperanza como Iglesia.

Difícilmente el Papa Francisco podrá revertir una práctica asentada en la Iglesia, aquella de los abusos sexuales y de los graves abusos de conciencia en que fue formado, educado, orientado desde la omnipotencia del sacerdocio y de sus ‘príncipes de la Iglesia’. Derribar esto será tarea del siguiente Papa, dejar de ser monarquía, ponerse al servicio de la comunidad –en particular de los más excluidos– y atreverse a imitar de manera auténtica al único y último sacerdote, que ha sido Jesucristo, es una misión comprometedora y que nos esperanza como Iglesia.

Será este un nuevo tiempo, en el cual el sacerdocio es una vocación y profesión más, un servidor como tantos lo somos desde nuestro propio ejercicio profesional, y no un prepotente poderoso que maneja ‘ciertos misterios’ que le permiten humillar a religiosas y religiosos, a laicos y laicas, y a ‘pontificar’ sobre ámbitos que ni siquiera ellos son capaces de vivir ni de dar testimonio diario.

El arzobispo Martin parece estar en lo correcto, menos palabras y solicitud de perdón, más acciones contundentes que nos acerquen al Evangelio y a las grandes necesidades de las personas en nuestra sociedad. Menos protección a la ‘red de amigos’, y más disponibilidad a escuchar y reparar el daño causado con la complicidad de estos. El dolor de muchos requiere de proximidad, amor y justicia.

No esperemos tanto de este Papa y de quienes hoy ostentan cargos en el Vaticano, son parte del mismo grupo protector y de quienes han ocultado lo sucedido, esperemos más de quienes vendrán, de aquellos y aquellas que permitirán una Iglesia más auténtica, que efectivamente trabaje para ser comunidad, que procure servir antes de imponer, en la que sus autoridades demuestren con sus vidas lo que creen y que sean capaces de dar la vida por quienes más sufren y más postergados están, a aquellos que la misión de Cristo los convocó a trabajar.

Dejemos que los hipócritas sigan en sus peleas de poder, en sus suspicacias y ofensas mutuas, no nos atormentemos con ello y avivemos en cada uno de nosotros el ‘hambre y sed de justicia’ que nos inspiró el padre Hurtado, esa hambre y esa sed radicadas en Jesús, en su vida, misión y redención. El mundo nos espera. Como decía el padre Hurtado, "no nos quejemos tanto que los tiempos son malos, nosotros somos el tiempo, seamos mejores nosotros y los tiempos serán mejores".

La esperanza no está en la curia romana, está en cada uno de nosotros. La Iglesia y su estructura en Roma ya no es legítima en relación con las enseñanzas de Jesús, y tardará años en demostrarnos su legitimidad desde el estilo de vida evangélico que los debería conducir. Creo en Cristo y Su Iglesia, por eso trabajo diariamente por esa Iglesia verdadera que se construye en el vínculo entre quienes creemos y servimos, como lo hemos aprendido del mismo Cristo en sus palabras tan evidentes expresadas en el Evangelio según San Mateo, capítulo 25.

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