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Piñera en la Casa Blanca 2: primero como farsa (Obama), ¿luego como tragedia (Trump)?

por 28 septiembre, 2018

Piñera en la Casa Blanca 2: primero como farsa (Obama), ¿luego como tragedia (Trump)?
Si bien la agenda de este viernes colinda con algunos puntos relacionados con el libre comercio, es claro que el tema que marcará la pauta de la reunión no será otro que “la restauración de la democracia en Venezuela”. En la actualidad, Piñera sabe que, para mantener sus “credenciales democráticas”, no puede avalar la intervención militar en el país que posee las reservas petroleras más importantes del mundo, al contrario de lo que abiertamente han dicho los principales cargos y mandos estadounidenses, empezando por el mismo Donald Trump. No obstante, como bien ha dejado en claro el propio Mandatario chileno en la conmemoración número 45 del golpe de Estado contra el Gobierno de Salvador Allende, siempre habrá espacio para justificar las intervenciones militares aludiendo al agotamiento de una “democracia enferma”.
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El 8 de noviembre de 2016, el magnate Donald Trump ganó las elecciones de EE.UU. Lo haría obteniendo 3 millones de votos menos que su contrincante del Partido Demócrata, Hillary Clinton, pero imponiéndose en estados decisivos. Para el circuito mediático que construye el clima social y político de las principales citas electorales, el resultado fue “sorpresivo”. Los principales “oráculos” del sistema político globalizado, las encuestas, volvían a “errar” en sus pronósticos frente una reñida contienda que terminó convocando al 55% del electorado.

Por supuesto, la inesperada victoria de Trump también sería comentada en el sur de Latinoamérica.

Por aquellos días, la actividad política en Chile comenzaba a provocar los primeros roces entre los aspirantes a La Moneda. En ese entonces, el principal candidato presidencial de la derecha, Sebastián Piñera, aprovechó de emitir un particular juicio sobre la victoria que había obtenido Donald Trump en la jornada anterior: “Bueno, yo espero que el Presidente Trump sea mejor que el candidato Trump, y especialmente que piense más lo que dice. Y que sea más respetuoso con las mujeres, con los latinos, con las minorías. Y en segundo lugar, me preocupa cuáles son las políticas que va a aplicar. Qué va a pasar con la construcción del muro y esa intención de deportar a 12 millones de inmigrantes ilegales de EE.UU., qué va a pasar en su relación con la OTAN, con la Comunidad Europea, con China, con Rusia. Cómo va a ser su política económica para que no nos lleve nuevamente a una crisis en la economía americana que va a afectar al mundo entero. Ojalá no siga por la ruta del proteccionismo, porque al final el libre comercio favorece a todos los países y para Chile es muy importante que el mercado americano siga siendo un mercado abierto para las exportaciones de nuestro país”.

Ciertamente, el ejercicio de contrastar “lo que dijo o hizo” Piñera en el pasado con lo que “dice y hace” en su actual presente como Mandatario, no es un “deporte nuevo”, aunque sí un ejercicio predecible en sus resultados. Después de todo, si efectuamos el contraste entre el “Piñera candidato” y el “Piñera Presidente”, no encontraremos más que lo siguiente: muy escasos puntos de la agenda que generaba incertidumbre en el “Piñera candidato” en noviembre de 2016 respecto a la relación de Chile con EE.UU., en vista al ascenso de la nueva administración Trump, serán integrados en la conversación que ambos personajes tendrán este día viernes.

La alocución de Sebastián Piñera en la Asamblea General de la ONU –qué duda cabe– fue bastante pobre. Piñera se dedicó a mostrar –de manera muy parecida a ciertos pasajes de su última cuenta pública– las supuestas virtudes de su Gobierno en materia socioambiental, lo cual claramente contrasta con el desastroso manejo de la crisis que ha tenido el Ejecutivo en las citadas comunas de Quintero y Puchuncaví. Además, el discurso no puede sonar más contradictorio con la negativa por parte de Chile de firmar el Acuerdo de Escazú, instancia multilateral que, precisamente, está destinada a establecer salvaguardias para los derechos de acceso a la información, de participación pública y de acceso a la justicia en cuestiones medioambientales, y de la cual Chile fue uno de sus impulsores fundantes. ¿No es precisamente este tipo de resguardos-estructurales lo que necesitan comunas como Quintero y Puchuncaví?

Después de todo, ser un estadista (una de las máximas aspiraciones de Piñera) significa aprovechar las circunstancias históricas para transmitir y enfrentar con decisión –en la reunión multilateral más importante a nivel mundial– los problemas vitales que enfrenta un convulsionado orden mundial actual.

La alocución de Sebastián Piñera en la Asamblea General de la ONU –qué duda cabe– fue bastante pobre. Piñera se dedicó a mostrar –de manera muy parecida a ciertos pasajes de su última cuenta pública– las supuestas virtudes de su Gobierno en materia socioambiental, lo cual claramente contrasta con el desastroso manejo de la crisis que ha tenido el Ejecutivo en las citadas comunas de Quintero y Puchuncaví. Además, el discurso no puede sonar más contradictorio con la negativa por parte de Chile de firmar el Acuerdo de Escazú, instancia multilateral que, precisamente, está destinada a establecer salvaguardias para los derechos de acceso a la información, de participación pública y de acceso a la justicia en cuestiones medioambientales, y de la cual Chile fue uno de sus impulsores fundantes. ¿No es precisamente este tipo de resguardos-estructurales lo que necesitan comunas como Quintero y Puchuncaví?

Hasta ahora, la gira de Piñera pareciera ser más ingrata de lo que se esperaba. Los más confiados aún esperan que al menos la segunda visita oficial del Jefe de Estado chileno a la Casa Blanca sea un poco más digna de lo que fue su primera pasada el año 2013, instancia en la que –fuera de todo protocolo y tras reunirse con Barack Obama–, nuestro Mandatario se acomodó muy decididamente en el sillón presidencial del Salón Oval, sorprendiendo a periodistas y diplomáticos, incluyendo al propio Obama. Quedará para la anécdota el titular del medio británico sensacionalista Daily Mail “Who do you think you are?" (“¿Quién crees que eres?”).

Con este antecedente se abría la temporada bufonesca de Sebastián Piñera al final de su primer mandato. En ese entonces, había que recuperar algunos puntos en las encuestas y, para ello, qué mejor que iniciar el despegue a punta de “piñericosas”. Quienes se han reunido con Piñera en su oficina privada ubicada en Apoquindo 3000, dicen que la fotografía de aquel momento tiene un lugar destacado en su principal sala de reuniones. Para la historia de la diplomacia, quedará el relato sobre el perspicaz peón subalterno que, acomodándose en el trono del rey, fantaseaba con la idea de dominar el mundo.

¿Cuál será el comportamiento que asumirá Sebastián Piñera en esta segunda visita a la Casa Blanca? Todo parece indicar que su segundo paso por el icónico recinto invertirá la máxima con la que suele repetirse la historia según constató el viejo Marx a partir de la obra de Hegel: primero como farsa (reunión con Obama), luego como tragedia (reunión con Trump).

Y es que la tragedia puede ser un buen calificativo no solo para describir la historia de un poder imperial en decadencia que, precisamente por ello, se muestra más peligroso y beligerante que en otros períodos. Aquello ha quedado demostrado, tanto en el período en que ha estado Donald Trump a la cabeza de los EE.UU. como en su última intervención en la Asamblea General de la ONU.

Si bien la agenda de este viernes colinda con algunos puntos relacionados con el libre comercio, es claro que el tema que marcará la pauta de la reunión no será otro que “la restauración de la democracia en Venezuela”. En la actualidad, Piñera sabe que, para mantener sus “credenciales democráticas”, no puede avalar la intervención militar en el país que posee las reservas petroleras más importantes del mundo, al contrario de lo que abiertamente han dicho los principales cargos y mandos estadounidense, empezando por el propio Donald Trump. No obstante, como bien ha dejado en claro el propio Mandatario chileno en la conmemoración número 45 del golpe de Estado contra el Gobierno de Salvador Allende, siempre habrá espacio para justificar las intervenciones militares aludiendo al agotamiento de una “democracia enferma”.

A pesar de las innegables diferencias que perviven entre el pasado Gobierno de la Nueva Mayoría y el actual Gobierno de derecha sobre esta última materia, es dable recordar que ambos gobiernos han seguido una línea bastante similar en su relación con EE.UU., al menos, en lo que se refiere al primer acercamiento formal que tuvo un Gobierno chileno con la administración Trump a partir de la visita oficial que realizara el vicepresidente de EE.UU., Mike Pence, a nuestro país. La mano derecha ultraconservadora de Trump, aterrizó en Chile en agosto del año pasado con directos mensajes injerencistas en contra de Venezuela, instancia en la que se reunió con Michelle Bachelet y otros mandatarios en un intenso periplo por la región.

Por supuesto, el Gobierno de Piñera ha intensificado las posiciones del Gobierno de la Nueva Mayoría. Tanto es así que, en la fase decisiva de la campaña, también comprendió que el recurso de Chilezuela podía dar buenos réditos en materia interna –cuestión que (como hemos visto durante estas semanas) ha sido explotada de la peor forma en el Frente Amplio–. En materia externa, Piñera también comprendió que la presión ejercida por el Grupo de Lima –de cuya fundación participó activamente el canciller de Michelle Bachelet, hoy presidente del PPD, Heraldo Muñoz– se ha quedado un tanto “corta”. Por lo mismo es que impulsa el asedio jurídico contra el Gobierno de Nicolás Maduro junto a otros seis países de la región, mediante una inédita iniciativa presentada ante la Corte Penal Internacional (CPI).

Como ha quedado demostrado con la actual visita del Mandatario nacional a EE.UU., la diplomacia chilena ha dejado en evidencia sus déficits e inconsistencias a nivel internacional, a solo horas de que sea presentado el fallo de La Haya sobre la demanda boliviana.

¿Un nuevo y trágico flanco se abre para este Gobierno?

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