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Brasil, la democracia amenazada

por 19 octubre, 2018

Brasil, la democracia amenazada
El pronóstico sobre un eventual Gobierno de Bolsonaro está cargado de incógnitas. Se sabe que es una personalidad de fuertes rasgos autoritarios y nulas convicciones democráticas. Es presumible, por tanto, que la polarización que vive el país se acentúe. Su programa económico será de rígido corte neoliberal. Su política internacional es todavía un enigma. Ha anunciado que en su Gobierno habrá una significativa presencia de ministros militares, lo que rompería la prescindencia política que las Fuerzas Armadas han asumido desde el retorno a la democracia.
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Las encuestas conocidas después de la primera vuelta electoral confirman que Bolsonaro aparece claramente como el más probable vencedor y futuro Presidente del Brasil por los próximos cuatro años. Se trata de un personaje cuya ideología va a contramano de todos los valores que caracterizan las democracias contemporáneas: es autoritario, misógino, homofóbico, racista, defensor de las dictaduras en Brasil y Latinoamérica, contrario al ordenamiento internacional expresado en la arquitectura de las Naciones Unidas.

Un oscuro diputado por 27 años, caracterizado por sus posiciones extremistas y minoritarias, ubicado claramente en la periferia del sistema político brasileño, se ha convertido en el curso de pocos meses en la figura política central del país de mayor peso y gravitación en América Latina, cuya economía se ubica entre las diez mayores del mundo, en el que viven más más de doscientos millones de personas y que posee una rica, variada y original cultura.

Surgen dos preguntas fundamentales, ninguna de fácil respuesta. La primera, ¿cómo en una democracia como la brasileña pudo surgir un liderazgo como el de Bolsonaro, con un apoyo popular tan sustantivo? Y luego, ¿qué consecuencias puede tener para Brasil y América Latina un Gobierno dirigido por una figura presidencial autoritaria y ultraconservadora?

La llamada operación Lava Jato develó la magnitud del esquema de corrupción que envolvía a poderosos empresarios, directores y gerentes de empresas públicas y figuras y partidos políticos de todo el espectro. Un sistema de medios de comunicación altamente concentrado y de orientación resueltamente conservadora tuvo éxito en asociar simbólicamente la corrupción sistémica principalmente al PT. La alta votación de Bolsonaro puede leerse como el rechazo mayoritario a un sistema político incapaz de resolver los agudos problemas el país, incluida, obviamente, la corrupción.

La votación de Bolsonaro en primera vuelta, 46 %, marcó el colapso del sistema político brasileño surgido después de la Dictadura militar y legitimado en la constitución democrática de 1988. Durante los últimos 20 años el sistema político se basó en la existencia de dos grandes partidos –el Partido de los Trabajadores (PT) y el Partido de la Social Democracia Brasileira (PSDB)–, encabezados por dos fuertes liderazgos: Fernando Henrique Cardoso y Lula.

Al no contar con mayorías parlamentarias en un sistema de gran dispersión partidaria, ambos se vieron obligados a construir amplias y heterogéneas coaliciones para dar gobernabilidad. El sistema hizo crisis cuando en 2016 se configuró una nueva alianza de centroderecha que provocó el derrocamiento del Gobierno de Dilma Rousseff, mediante un impeachment de dudosa legitimidad. Ello en el contexto de una crisis múltiple y simultánea: económica, ética y de seguridad.

La llamada operación Lava Jato develó la magnitud del esquema de corrupción que envolvía a poderosos empresarios, directores y gerentes de empresas públicas y figuras y partidos políticos de todo el espectro. Un sistema de medios de comunicación altamente concentrado y de orientación resueltamente conservadora tuvo éxito en asociar simbólicamente la corrupción sistémica principalmente al PT. La alta votación de Bolsonaro puede leerse como el rechazo mayoritario a un sistema político incapaz de resolver los agudos problemas el país, incluida, obviamente, la corrupción.

Los principales damnificados han sido los partidos de la centroderecha que sustentaron el impeachment y el débil e ineficaz Gobierno de Temer: sus dos candidatos no alcanzaron el 7% de la votación. Sus bases electorales se volcaron masivamente al candidato de ultraderecha. El PT logró resistir de mejor manera el vendaval: su candidato logró pasar a la segunda vuelta, su bancada parlamentaria es la mayor en la Cámara de Diputados y mantuvo su hegemonía en el Nordeste, que incluye al 30% de la población. Con todo, ha perdido su capacidad de construir mayorías políticas.

El pronóstico sobre un eventual Gobierno de Bolsonaro está cargado de incógnitas. Se sabe que es una personalidad de fuertes rasgos autoritarios y nulas convicciones democráticas. Es presumible, por tanto, que la polarización que vive el país se acentúe. Su programa económico será de rígido corte neoliberal.

Su política internacional es todavía un enigma. Ha anunciado que en su Gobierno habrá una significativa presencia de ministros militares, lo que rompería la prescindencia política que las Fuerzas Armadas han asumido desde el retorno a la democracia. Todos estos elementos no constituyen una buena noticia para la salud democrática del país de mayor peso en América Latina.

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