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Tres razones para (tratar de) comprender el auge de los populismos de derecha

por 24 octubre, 2018

Tres razones para (tratar de) comprender el auge de los populismos de derecha
Quienes critican los discursos populistas de ultraderecha, lo hacen principalmente a partir de razones valóricas (misoginia, racismo, xenofobia y homofobia), pero la gente que vota por ellos, lo hace por razones pragmáticas. Son dos discursos paralelos que, a veces, ni siquiera se interconectan. Esta disociación entre la esfera valórica y la esfera pragmática, es fatal a la hora de articular discursos políticos y debiera ser tenida en cuenta si se quiere evitar el crecimiento de este tipo de candidaturas.
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Dejo fuera del título de la columna términos como “fascismo” o “neofascismo” porque me parece que esa es una de las razones que termina por alimentar este tipo de candidaturas, en vez de contrarrestarlas. La gente vota por un determinado candidato (de ultraderecha) porque cree que proveerá soluciones concretas a sus problemas cotidianos, o porque estima que pondrá un freno a la corrupción de las oligarquías políticas y, de pronto, se ve cubierta por un cúmulo de epítetos, algunos de los cuales ni siquiera entiende.

En efecto, todo este rasgar vestiduras por parte del progresismo biempensante frente al auge de los populismos de derecha, pierde de vista el dato fundamental de la votación: las personas efectivamente creen que estas candidaturas significarán una mejora a sus condiciones de vida, a sus apremios más cotidianos (empleo, ingresos, servicios públicos).

Nadie (o quizás, para ser justos, casi nadie) vota por Trump o por Bolsonaro porque quiera denigrar a las mujeres (misoginia) o menospreciar a personas de otra raza (racismo o xenofobia) o discriminar a los homosexuales (homofobia), menos aún porque quiera expresar una adhesión a ideologías fascistas o neofascistas. Lo hace porque cree que las propuestas de estas candidaturas lo ayudarán conseguir trabajo, a mejorar su sueldo, a obtener una ayuda más eficaz por parte del estado. Las razones por las cuales la gente vota por Bolsonaro –para decirlo claramente–, son muy distintas a las razones por las cuales el progresismo se escandaliza con la candidatura de Bolsonaro.

Esta es, de hecho, la primera razón que sirve para explicar el auge de los discursos populistas de ultraderecha. Quienes los critican, o disputan su votación en las elecciones, lo hacen principalmente a partir de razones valóricas (misoginia, racismo, xenofobia y homofobia), pero la gente que vota por ellos, lo hace por razones pragmáticas. Son dos discursos paralelos que, a veces, ni siquiera se interconectan. Esta disociación entre la esfera valórica y la esfera pragmática, es fatal a la hora de articular discursos políticos y debiera ser tenida en cuenta si se quiere evitar el crecimiento de candidaturas de ultraderecha.

La derrota de Hillary Clinton ante Donald Trump ofrece el ejemplo más claro de este fenómeno. La campaña de Hillary intentó desacreditar a Trump fundamentalmente desde una perspectiva valórica. Uno de sus principales eslóganes, de hecho, fue “Love trumps hates” (un juego de palabras con el apellido de su contendor, indicando algo así como que el "Amor vence al odio"). Un buen lema quizás para una religión, acaso un grupo de autoayuda, pero poco efectivo en el más inmanente terreno de la política electoral. Otra de sus frase preferidas, tomada de Michelle Obama, fue “Mientras ellos caen bajo, nosotros volamos alto” ("When they go low, we go high"). ¿Qué puede significar realmente un eslogan de este tipo? ¿Alguien esperaba sinceramente que un votante indeciso se iba a inclinar por Hillary porque esta prometía algún tipo de enaltecimiento moral?

Los populismos de derecha (además de Trump y Bolsonario, Duterte en Filipinas, Ossandón en Chile), expresan en alguna medida una intromisión violenta de este segundo mundo en el primero: de ahí su preferencia por lo políticamente incorrecto, su afirmación de “antivalores” (para la elite cultural), su disputa con los medios de comunicación, y sus encontronazos con miembros del establishment que, en vez de debilitarlos, terminan por validarlos aún más frente a sus electores.

Quienes votaban por Trump lo hacían porque pensaban que bajo su presidencia iban a estar mejor, tener más oportunidades, conseguir un empleo, quizás un aumento de sueldo: este era el sentido de fondo de su discurso antimigración, la famosa idea del muro, las bravatas contra China. El equipo de Clinton jamás entendió estas motivaciones, al menos nunca las abordó directamente. Si lo hubiera hecho, se habría dedicado a denunciar la falsedad de las propuestas de Trump, a poner en evidencia que la inmigración no era la causa del desempleo, que el muro no iba a servir de nada para detener la inmigración, que el proteccionismo y la guerra contra China no iban a mejorar los salarios. En vez de esto, prefirió denunciar a su rival desde el cómodo terreno de superioridad moral y, peor aún, se dedicó a vapulear a quienes pensaban como él, motejándolos inmediatamente de racistas, xenófobos, misóginos, etc.

De esta forma, Hillary construyó una campaña sobre un mensaje principalmente valórico, “si votas por mí, serás una mejor persona”; mientras que Trump, por más falaz, populista y abusivo, lo hizo sobre un mensaje esencialmente pragmático: “Si votas por mí, estarás mejor”. Puede que resulte un poco triste o descorazonador, pero en política no es buen negocio poner en la balanza del votante la dimensión valórica y la dimensión práctica. El triunfo de Trump deja claro por cuál se inclina la gente, en la soledad de la urna.

Una segunda razón que creo importante para comprender el sorpresivo auge del populismo de derecha es la enorme desconexión entre el discurso de las elites (académicas, intelectuales, incluso tecnocráticas) y lo que piensan las grandes mayorías que se expresan en las urnas. El discurso de lo “políticamente correcto” rápidamente hegemonizado por grupos de “expertos”, con buen acceso a los medios de comunicación y, en algunos casos, buena resonancia en las redes sociales, tiene poca capacidad de permear a grupos más masivos de la población. Se produce así un hiato social poco estudiado, pero probablemente cada vez más profundo, entre una minoría que elabora, controla y se desenvuelve cómodamente en los nuevos discursos y referentes de sentido, y segmentos cada vez más grandes de la sociedad que viven completamente al margen de estas prescripciones.

Es indudable, además, que esta disociación se profundiza peligrosamente en una sociedad de mercado, donde es posible distinguir dos grupos bastante incomunicados, a veces opuestos: por un lado, las “elites culturales” (en un sentido muy amplio del término “cultural”), que pretenden construir los referentes de sentido que guíen a la sociedad, y, por otro, grandes mayorías sociales que no reclaman estos referentes, y que se desenvuelven con gran comodidad en el mundo mucho más dudoso de la farándula, la cultura de masas, los grandes espectáculos deportivos, etc.

Los populismos de derecha (además de Trump y Bolsonario, Duterte en Filipinas, Ossandón en Chile), expresan en alguna medida una intromisión violenta de este segundo mundo en el primero: de ahí su preferencia por lo políticamente incorrecto, su afirmación de “antivalores” (para la elite cultural), su disputa con los medios de comunicación, y sus encontronazos con miembros del establishment que, en vez de debilitarlos, terminan por validarlos aún más frente a sus electores.

La tercera razón se relaciona, por supuesto, con el anquilosamiento de los discursos de izquierda, un tema que se debate con fuerza en los círculos académicos y políticos del progresismo desde hace varias décadas, aun cuando sin la celeridad necesaria. La forma en que la izquierda articula la alternativa al populismo de derecha (cualquiera sea su grado de “izquierdización”), se realiza sobre la base de clivajes y referentes que ya no le hacen sentido a la población. Se trata de una discusión que en sí misma es enorme y heterogénea, inabarcable para una columna como esta. No obstante, me interesa destacar un eje particular de la misma, que creo tiene importancia en el fortalecimiento de los populismos de derecha y el debilitamiento de la izquierda frente al electorado.

Este se refiere al hecho de que la crítica al modelo neoliberal, se realiza siempre desde una perspectiva extrínseca, como si fuera un objeto de estudio, que se mira desde afuera. Pero el problema es que el orden neoliberal existe, estamos inmersos en este, querámoslo o no. De esta forma, cualquier cambio a este nivel macro, tendrá un efecto aquí y ahora, en el ámbito más cotidiano de nuestras vidas, especialmente las de los grupos más vulnerables, sujetos a los vaivenes de los cambios estructurales (ya sea económicos o políticos).

La promesa de un cambio de paradigma, tiene que ir en sintonía con esta dimensión micro, con los problemas más concretos y cotidianos de las personas (empleo, ingresos, acceso, servicios), no puede ser “a costa” de estos. En este sentido, a veces la izquierda peca de exceso de idealismo, al plantear un escenario ideal en el futuro, pero a cambio de demasiada incertidumbre en el presente. Es como ofrecerle a los peces de un acuario cambiar el agua sucia por una limpia, pero a cambio de quedarse por un momento sin agua. Lo más probable es que todos prefieran quedarse en el agua sucia y tratar de ir limpiándola de a poco, aunque sea a medias.

Los populismos de derecha ofrecen soluciones fáciles y falaces, pero a problemas muy concretos de la gente. La izquierda a veces cae en un populismo inverso: apela a una solución de fondo, a un cambio total de “modelo”, pero que deja un poco a un lado los problemas cotidianos de las personas.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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