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Para el Joker el sufrimiento no es broma

por 3 febrero, 2020

Para el Joker el sufrimiento no es broma
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Hace pocos días se conoció que el actor Joaquin Phoenix, el cual ha sido recientemente premiado por su aclamada encarnación de un clásico villano de comics –el Joker–, en lugar de salir a celebrar el reconocimiento a mejor intérprete entregado en los premios SAG, hizo algo que para muchos resultaría absolutamente impensado: visitar un matadero de cerdos, con el objeto de darles un poco de agua mientras esperaban el momento de su muerte hacinados en un camión.

En relación con esto, el actor afirmó que “los humanos están adoctrinados con imágenes felices de animales en granjas (...) y es una mentira (...) los que hemos visto cómo es realmente, tenemos la obligación de exponerlo, así que tengo que estar aquí".

En este contexto, la promoción que recientemente ha lanzado una cadena de comida rápida de regalar hamburguesas si Phoenix gana el Oscar, parece simplemente una broma macabra. Sin embargo, esto da cuenta de cómo –quizás por esas mismas imágenes felices que denunciaba el actor– el apetito por la carne de cerdo no ha disminuido en los últimos años.

En Chile, esta industria se encuentra en un buen momento con cifras récord de exportación, principalmente por el aumento de la demanda desde China, siendo actualmente el 5° exportador a nivel mundial. Pero ¿qué hay detrás de esta industria optimista de su crecimiento? ¿Existen costos asociados? ¿Cuáles son? Lo que las cifras de crecimiento económico convenientemente ignoran es que esta industria tiene altos costos: ambientales, comunitarios, en salud y –cómo no– altísimos costos para los individuos detrás del producto, como lo expuso Phoenix hace pocos días.

En cuanto a los costos ambientales, científicos y expertos de todo el mundo han hecho un llamado a transformar de manera radical el sistema alimentario global, por ser el mayor impulsor de degradación ambiental. Así, la producción industrial de carne de cerdo es responsable por emisiones de 700 millones de toneladas de CO2 equivalentes al año, un 9% del sector ganadero (FAO), la mitad de las cuales provienen de producir sus alimentos como la soya y maíz. Un 13% de las emisiones se debe a la expansión de cultivos de soya, 17% a emisiones de óxido nitroso por uso de fertilizantes y estiércol en tierras de cultivo y 27% a procesamiento del estiércol.

Los monocultivos como la soya también son responsables por la mayor parte de la deforestación en regiones del Amazonas y en Argentina, país en el que los cultivos de maíz también contribuyen de manera importante a este impacto, siendo Chile un gran comprador de este último. Lo que decidimos poner en nuestros platos, por tanto, puede impactar negativamente el medioambiente tanto de manera local como también más allá de nuestras fronteras.

En términos de costos para las comunidades cercanas a los centros de producción (o planteles de animales en confinamiento, CAFO), reportes internacionales dan cuenta de que trabajadores expuestos a bioaerosoles de esta industria presentan problemas respiratorios y más marcadores inflamatorios.

Estudios en niños muestran aumento de asma, especialmente en quienes viven o asisten a escuelas cercanas a granjas intensivas. También se ha reportado enfermedad pulmonar obstructiva crónica, síntomas como ojos llorosos, secreción nasal, irritación de la garganta, esputo, tos, náuseas y vómitos, mareos, falta de aliento, sibilancias, opresión en el pecho, y otros como fatiga, debilidad y dolor de cabeza.

En cuanto a salud mental y calidad de vida, se han descrito asociaciones entre contaminantes del aire de CAFO y estrés en personas que viven en las cercanías. Así, en Carolina del Norte (US) se encontró que niveles de sulfuro de hidrógeno se asociaron con estrés de los residentes y con estados nerviosos o ansiosos, y los niveles de olor con estados de ánimo negativos. Más aún, se sabe que el sector de producción animal es un importante consumidor de antibióticos de importancia médica, y en US se ha visto mayor prevalencia en el porte de ciertos tipos de Staphylococcus aureus resistentes a medicamentos entre trabajadores de CAFO, en comparación con trabajadores de granjas sin uso antibiótico, así como también en niños que viven con estos trabajadores versus otros niños de su comunidad.

Estos hallazgos se configuran dentro de una evidente ausencia de justicia ambiental. Un ejemplo de esta injusticia es precisamente lo que se da en la ya mencionada Carolina del Norte, en que los CAFO de cerdos están ubicadas de manera desproporcionada en comunidades de color y de bajos ingresos, que por ende están más expuestas a la polución que deriva de estos planteles y a los efectos adversos que esto trae sobre su salud y calidad de vida.

En relación con los costos para la salud, en Chile el consumo de carne ha alcanzado cifras históricas, y ya se conoce que dietas altas en carne roja (bovino, cerdo, cordero) y, más aún, procesada (cecinas, como salchichas, longanizas, jamón, entre otras) se asocian a mayor riesgo de enfermedades crónicas, como enfermedad cardiovascular, diabetes y cáncer, además de obesidad, condición que a su vez es factor de riesgo para todas estas enfermedades.

Considerando que la carne roja fue clasificada por la OMS como probablemente carcinogénica y la carne procesada como carcinógeno para los seres humanos, es sumamente relevante que la población chilena comprenda los costos que trae para su salud y el Estado tome las medidas correspondientes, más aún ahora que el cáncer pasó a ser la primera causa de muerte en varias regiones y a que ya se nos ha reconocido –triste récord– como el país más obeso de la OCDE.

Por último, ¿cuáles son los costos para el individuo “objeto” de la industria porcina? ¿Existe un individuo? ¿Quién es? La verdad es que lejos de los sinónimos como “sucio” o “grosero” que tiene la palabra cerdo, estos animales son seres altamente sociables, sensibles y complejos en términos cognitivos. En esta línea, fue publicada una revisión de lo que se sabe de los cerdos por Lori Marino, científica que dio a conocer la capacidad de los delfines de reconocerse en un espejo, contribuyendo al debate sobre si los animales no humanos conciben su propia identidad.

Marino plantea que los cerdos tendrían consciencia de sí mismos, que son empáticos con el estado emocional de otros, que juegan como los perros (no poder hacerlo afecta su desarrollo emocional) y también que su inteligencia les permite manipular y sacar ventaja de ciertas situaciones, pasar pruebas mejor que los perros y reconocer acciones causadas por ellos mismos. Y que cada uno de estos animales –así como nosotros– es un individuo único con sus propios intereses y particularidades, y con características propias tanto emocionales como de comportamiento, que se han descrito como propias de poseer personalidad.

Aunque nos acomoda ver lo diferentes que somos de ellos, la verdad es que nos parecemos tanto que, en un estudio publicado en 2019 (Brain Connectivity), se reporta que los cerdos tienen redes cerebrales similares a las nuestras en cuanto a percepción, sentimientos, movimiento y memoria, planteándose entonces que constituirían un “buen modelo” para estudiar trastornos cerebrales humanos. ¿Pero qué pasa con el dilema ético que se refuerza al comprobar, con mayor certeza aún, lo similares que somos e insistir en utilizarlos?

A pesar de que confirmamos más cuánto nos parecemos, les permitimos una experiencia terrenal que difícilmente puede ser considerada como “vivir”. Esclavos desde su nacimiento hasta su muerte, pasan esta corta vida en galpones dentro de jaulas sin acceso a la luz del sol o a sentir el pasto bajo sus pies, en que las cerdas reproductoras permanecen en pequeñas jaulas individuales donde acaban desarrollando comportamientos anormales, como el de morder los barrotes a falta de estímulos o de poder hacer cosas que les son naturales, como hozar.

¿Es necesario que estos animales paguen tal costo por nuestro apetito? Nos dirán que se están implementando mejoras de “bienestar” animal, pero ¿eso cambia mucho el panorama para los cerdos? No, la lógica de su uso como cosas –recursos reemplazables– permanece.

En resumen, la industria porcina tiene muchos impactos y altos costos para el ambiente, las comunidades, la salud de los consumidores y, más aún, para los propios animales. Es de esperar que, una vez siendo conscientes de estos, cada vez más personas opten por dejarlos fuera del plato y adopten dietas que, más allá de ser saludables y sostenibles, reconozcan la existencia de un otro, un otro cuyos intereses hasta ahora nunca habían sido considerados, y que personas como el actor Joaquin Phoenix están ayudando a visibilizar.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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