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El Chile a palos

por 7 julio, 2020

El Chile a palos
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Si bien es cierto que existen cuestiones que la sociedad determina como absolutamente reprochables y en las cuales la mayor cantidad de personas podría coincidir la mayor parte del tiempo, no hay muchas razones para ofenderse de la diversidad que existe en lo público más allá de un mero esfuerzo de egoísmo y vanidad. Es esta misma diversidad de opiniones y culturas la que nos permite generar un Estado que tenga sentido más allá de lo privado y la propia familia. Ahí donde la diversidad converge y, a veces, se enfrenta a palos, yace la riqueza de la humanidad como raza.

Contra esta postura se ha levantado un movimiento intercultural y transversal a la política chilena que genera una lógica donde solo somos capaces de ceder en la medida en que ganemos. De esta manera, la diversidad se transforma en el diagnóstico de que mientras más distinto es el otro, más posibilidades tengo de perder e, incluso, de sobrevivir.

El vicio de este movimiento transversal recae en que se pierde toda la riqueza existente en nuestro país mediante la negación de las realidades ajenas. Una suerte de penumbra muy cómoda en la cual nos reconocemos con otras personas en la medida que no son distintas a lo que somos y, a la vez, que nos permite alejar y rechazar todo aquello que no sea igual a lo nuestro.

Hay muchas razones para temer que este movimiento prolifere en Chile. Un movimiento que no tiene líderes más que nosotros mismos, permitiendo que nos gobiernen candidaturas obscenas y que seamos arrojados a la decadencia cultural y a la falta de empatía con los espacios que no son personales. Mantenernos operando en lo público bajo está lógica representa una suerte de Guerra Fría en la cual nos hemos visto obligados a defendernos como si llevar nuestra visión al Estado fuese una cuestión de vida o muerte y no un intercambio político en miras del bien público.

Es precisamente lo público aquello que requiere una pretensión de permanencia de tal forma que pueda superar el carácter mortal que existe no sólo en los humanos sino también en las instituciones y el mundo como lo hemos levantado.

Muchos niños siempre sueñan con ser eternos. Pero al vernos los unos a los otros sumergidos en la impermanencia, nos consta que la muerte se vuelve algo inevitable y que, por ende, la supervivencia del diario vivir se torna en inherente al ser social.

Como consecuencia, el interés por lo público se pierde completamente entre el deseo de vivir y la noción de estar a contrarreloj. Este impulso mercantil de mantenerse sobreviviendo nos lleva a pensar que entonces todo lo que debemos hacer en el campo de lo social debe destinarse a adquirir riquezas que nos permitan un mejor pasar en esta vida.

Ya no pensamos, por ende, como los griegos, que creían que la permanencia de su huella mundana más allá de la mera existencia humana dependía de cuán excelentes pudiesen ser sus obras y su alma al cumplir su rol en la polis. Todo esto ya ha sido dicho por muchos autores y autoras. De hecho, en la actualidad tenemos una visión distinta a la de los griegos, que prolifera gracias a este movimiento y que ya ha sido útilmente descrita por filósofos como Adam Smith, quien señala que los hombres de letras, los que podríamos analogar hoy a nuestros políticos, encuentran en la admiración pública parte de su recompensa, si es que no su búsqueda exclusiva mira a obtener ganancias económicas.

Ya no hay, consecuentemente, una intención de hacer que el Estado y lo público perduren más allá de la obra de cada político y que de esta forma sean excelentes o lo mejor posibles a la manera griega, sino, por el contrario, el mero reflejo del egoísmo disfrazado de poder de ejecución en lo público. Es esta misma admiración pública la que Arendt sostiene que es consumida por la vanidad individual tanto como el alimento por el hambriento.

Por su parte, el hogar se ha vuelto algo tan irrelevante como patear una piedra que se cruza en medio de nuestro camino por el asfalto. Lo que antes era un espacio de recogimiento y de reunión con los que creíamos que formaban parte de un mismo núcleo, se ha vuelto hoy un espacio más en donde ya ni siquiera la emocionalidad tiene refugio y recepción familiar, debiendo abandonarnos a la soledad de nuestras consciencias.

¿Cómo combatir este cegado movimiento? De los políticos podríamos esperar que generen instancias de acuerdos transversales que permitan mantener la suficiente estabilidad como para evitar que la percepción ciudadana se convierta en un campo de batalla. Gestos y tacto. Hasta ahora, se ha hecho todo lo contrario, lucrando del odio chileno y no apuntando a la construcción de un país. Pedir esto es lo mínimo.

A su vez, de la ciudadanía sería esperable el máximo abandono posible de lo propio cuando se trate de la esfera pública y que así se recuerde que este espacio siempre es y debe ser diverso, pero que ello no necesita ser sinónimo de pérdidas irreparables a la propia humanidad personal. El tiempo apremia y nos encontramos erróneamente ocupados en destruirnos los unos a los otros mientras, en realidad, todo lo que nos sostiene como país se está desmoronando. No se trata ya de votar y desligarnos el resto del tiempo, sino de ejecutar el rol de ciudadanos en una democracia de una vez por todas de la mejor manera que podamos.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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