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La manía victimista

por 24 septiembre, 2021

La manía victimista
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Suele verse el caso Rojas Vade omitiendo el contexto cultural. Vivimos en una cultura victimista. Esta tiene necesidad de ellas: consume víctimas. Con tal fin las procrea, pero no solo eso, además las santifica temporalmente. Por tal motivo, es necesario efectuar un distingo entre las víctimas reales y las víctimas que son engendradas por el victimismo. A estas últimas me referiré.

La manía victimista, que produce y consume víctimas, es una de las tantas derivadas del cristianismo secularizado. El mito fundamental de nuestro tiempo es el de la víctima inocente, impoluta y bienintencionada, que es hostigada o triturada por los poderes de este mundo. Es una versión secularizada, maniquea y politizada de Jesucristo. La víctima al estar sacralizada queda blindada ante cualquier cuestionamiento. Pero, además, tiene el privilegio de ser la única portadora de la veracidad, tiene el don de transmutar en bueno todo lo que le concierne y de convertir en sensato lo que es absurdo.

Cuestionar a la víctima es un sacrilegio que se castiga socialmente con la funa y legalmente con la figura del discurso de odio. Estar del lado de la víctima es estar del lado del bien; sospechar de su bondad es estar del lado del mal. Ello es así porque se parte del supuesto ingenuo de que la víctima es siempre bienintencionada, pero no necesariamente es así.

Si antes nadie quería ser víctima indefinidamente, porque era una situación desagradable y penosa, ahora no lo es. Hay un desiderátum por colgarse la medalla de víctima y atendiendo al prestigio y a los privilegios que otorga tal condición nadie quiere dejar de serlo. Ser víctima reditúa socialmente, políticamente e incluso hasta económicamente. Ante tal panorama resulta inevitable preguntarse qué pensarán las víctimas verdaderas tanto de las motivaciones de los impostores como de las escenificaciones que ellos llevan a cabo.

Actualmente, el desiderátum por ser víctima también se explica por tres motivos que son bastante atendibles. En primer lugar, proporciona un estatus, una identidad y un prestigio indubitable, debido precisamente a que su condición inhibe el cuestionamiento; en segundo lugar, otorga un sentido de pertenencia; en tercer lugar, y lo más importante, brinda un sentido a la vida. Es un antídoto contra el nihilismo práctico.

Las víctimas constituyen una cofradía emocional que se complace en un sentimentalismo que se rehúsan a superar, negándose así a la resiliencia. Si optan por la convalecencia, la comunidad de dolientes pierde su razón de ser y, junto con ello, se evapora la identidad y, lo que es más espeluznante, el sentido que le otorga a la existencia la calidad de víctima.

La víctima engendrada por la manía victimista no tiene existencia propia. Su existencia fantasmal depende del visto bueno de los demás; por consiguiente, es víctima en la medida que el entorno la valida como tal. Es lo que es, gracias a los demás. Puesto que ella depende sobremanera del reconocimiento externo, carece de autoestima. Así, comprensiblemente, es sensible a cualquier conato de cuestionamiento y rápidamente se siente ofendida. Pero una vez que la sociedad la sacraliza le otorga un estatus privilegiado en el mundo; partiendo por el privilegio de estar exenta de críticas. Desde esta perspectiva, la víctima engendrada por el victimismo no es individuo, es un sujeto inmunizado.

En el mundo contemporáneo la mitología victimista sirve de base para otras mitologías o, si se prefiere, ideologías radicales (prescindiré de dar ejemplos, evito atentar contra la corrección política), una de cuyas finalidades es visibilizar ostentosamente cierto tipo de conflictos, ocultar algunos y suprimir otros. Ellas requieren de un enemigo común, de un victimario más o menos impostado, pero no del todo amañado, pues tiene que tener algún grado de conexión con la facticidad para ser creíble. Quizás, la ideología victimista sea una de las más maniqueas y, por lo mismo, altamente polarizante y la más propensa a alinear a los seres humanos en amigos y enemigos.

Para evitar confusiones quizá sea conveniente recordar que los mitos, a diferencia de las utopías, son portadores de retazos de realidad. Ellos, a fin de fortalecer su mensaje moralizante, suelen tachonar esas realidades con ribetes estetizantes para pulsar las pasiones de sus potenciales adherentes. Los mitos no son verdaderos, son verosímiles. En eso radica su potencial de seducción y sus “víctimas” son los crédulos, no los escépticos.

Con todo, el mayor peligro de la manía victimista es que invisibiliza a las víctimas reales, a quienes han sido efectivamente vejados, y que carecen del histrionismo asociado al delirio victimista. Peor aún, las víctimas icásticas siguen indefinidamente postradas en la impotencia; mientras que las víctimas impostadas, por el contrario, se arrellanan en el poder.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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