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Moderando al Presidente

por 31 diciembre, 2021

Moderando al Presidente
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La contundente victoria de Gabriel Boric, el pasado 19 de diciembre, ha provocado que un tropel de académicos, periodistas y analistas de matinal aparezcan en los medios intentando explicar lo inédito de la votación de ese domingo, tanto por el volumen de votos que obtuvo el candidato izquierdista (más de 4,6 millones) como por el nivel de participación electoral (más de 8,3 millones de sufragios). Un elemento común en las explicaciones esgrimidas se refiere a señalar que lo que aseguró la victoria al candidato de Apruebo Dignidad fue la moderación que este mostró de cara a la segunda vuelta.

Dicha explicación podría ser plausible, ¿pero qué están entendiendo por moderación? Considero que esa pregunta no se ha respondido de manera evidente en el discurso que se está instalando con fuerza en los medios masivos de comunicación. Pareciera ser que se refieren a algo evidente y que, por lo mismo, no es necesario explicar. 

Por otra parte, ¿fue alguna vez tan radical el programa de Boric que hubo que moderarlo de cara a la segunda vuelta? Considero que la respuesta a esta pregunta es negativa, ya que no contiene elementos que busquen modificar de forma brusca y profunda el orden vigente. En este sentido, ¿alguien escuchó a Boric o a alguno de sus cercanos proponer algo parecido a una expropiación de grandes propiedades agrícolas? O ¿dijo alguna vez, el candidato, que se iba a nacionalizar la minería del cobre o del litio? ¿Propuso alguna vez, alguien del comando, que se les quitara el derecho a voto a los grandes empresarios?

Como la respuesta a todas estas preguntas es negativa, entonces, es evidente que nunca estuvimos en presencia de un programa radical ni revolucionario, y las reformas propuestas buscan comenzar a superar algunos aspectos del neoliberalismo, pero son compatibles con la mantención del mercado y la propiedad privada. De este modo, lo que podríamos llamar el corazón del programa, solo se limita a contener, en parte, el lucro, la discriminación y el abuso que opera en ciertas áreas y garantizar un mínimo de derechos. Eso fue lo que remarcó el Presidente electo en su discurso la noche de la victoria: pensiones dignas sin AFP, un sistema de salud público que no discrimine por el tamaño de la billetera, y no mucho más que eso.

En este sentido, considero que el programa fue, desde un comienzo, moderado y, por lo mismo, no fue necesario moderarlo sustancialmente.  

Nuevamente podríamos preguntarnos: ¿escuchó alguien a Boric, con miras al balotaje, decir que mantendría las AFP? ¿Dijo alguna vez que no buscaría la condonación de los CAE? Acá las respuestas también son negativas, por lo que la supuesta moderación aparece más como una explicación poco plausible de la victoria aplastante sobre el candidato de la derecha.

Lo anterior, sin embargo, no implica decir que no se hicieron cambios. De hecho, entre la primera y segunda vuelta sí se hicieron varias modificaciones significativas: se incorporó como jefa de campaña a Izkia Siches, se plantearon temas que habitualmente no aparecen en los discursos de la izquierda y son más bien propios de la derecha, como el tema de las migraciones y el narcotráfico, se creó un consejo consultivo con economistas provenientes del mundo de la Concertación y se moderó el tono de las críticas al pasado concertacionista.  

Puede que todo esto sea considerado como moderarse, pero serían moderaciones de carácter más bien simbólico, no moderaciones de fondo, dado que el programa de transformaciones se mantiene casi igual. Ahora bien, sin desconocer la importancia de dichos cambios, para atraer a ciertos sectores de votantes, considero que no son suficientes para explicar los más de 2,8 millones que atrajo Boric en la segunda vuelta.

Los millones de jóvenes, mujeres y habitantes de comunas populares que fueron a votar el domingo recién pasado, ¿lo hicieron porque el candidato de izquierda recibió el apoyo de Ricardo Lagos?, ¿o porque Boric se comprometió a hacer cambios con responsabilidad fiscal?, ¿lo hicieron motivados porque Boric se reunió con Carmen Frei?, ¿o porque se bajó en poco más de un punto porcentual del PIB la recaudación esperada con la reforma tributaria para los cuatro años de Gobierno, producto de la negociación con el comando de Yasna Provoste? 

Creo que la aplastante victoria obtenida por el candidato de Apruebo Dignidad, así como la participación electoral, nunca antes vista (55,64% del padrón), deben buscarse en dos emociones distintas pero complementarias. 

La primera de ellas es el miedo que generaba Kast. Miedo al pinochetismo, miedo a una regresión autoritaria, miedo a perder derechos sociales, miedo a retroceder en los derechos de las mujeres y de las disidencias sexuales, miedo, a fin de cuentas, a lo que coloquialmente, aunque de manera imprecisa, se denomina fascismo. Este miedo fue mucho más fuerte que el miedo al comunismo, que fue el que intentó posicionar el bando contrario. Creo que ello se debe a que el comunismo es, para la mayoría de los chilenos, un fantasma que asusta por la televisión y las redes sociales. Es un fantasma que se ve como algo lejano que ocurre en otros países. Curiosamente, algunos de los ejemplos más utilizados en las campañas del terror de la derecha (Nicaragua, Venezuela e incluso Argentina) no son países donde gobierne un Partido Comunista. Y más curioso aún, casi nunca la derecha utiliza el ejemplo de China, donde efectivamente gobierna un Partido Comunista. Los comunistas con los que hacen negocios no son un problema para la derecha. De este modo, el comunismo es una amenaza concreta solo para un porcentaje de la población de adultos mayores que recuerda los traumas de la UP.

Por el contrario, el miedo al pinochetismo es algo concreto para millones de chilenos que, directa o indirectamente, fueron víctimas de la dictadura y que transmiten por vía oral las historias propias o de familiares y amigos que fueron asesinados, que desaparecieron, que debieron partir al exilio o que perdieron un trabajo o debieron esconderse por un tiempo. Somos millones los chilenos que no tenemos que imaginarnos los horrores de una dictadura de derecha, porque la vivimos en carne propia. En mi caso personal, no tengo que imaginar qué se siente saber que hay temas que no se pueden tocar públicamente, que hay nombres que no se pueden decir, que hay canciones que no se pueden cantar. No tengo que imaginar la impresión que provoca en un niño el que militares quemen vivos o que degüellen a personas que no tenían cómo defenderse. Y, así, hay miles de relatos como estos que se transmiten intergeneracionalmente y configuran un miedo muy real al pinochetismo.

El otro factor explicativo es, a mi juicio, la esperanza de que se produzcan cambios que les permitan a las personas mejorar su calidad de vida. En este sentido, el 19 de diciembre millones de chilenos votaron de manera coherente con sus votaciones del 25 de octubre del 2020 y del 17 de mayo del 2021. Votaron esperanzados de que, por la vía institucional, su vida sea un poco menos insegura y puedan tener ciertos derechos asegurados. 

Por consiguiente, el apelar solo a la moderación como factor explicativo del triunfo de Boric es, según mi criterio, una operación discursiva tendiente a instalar la idea de que el nuevo Gobierno no buscará hacer cambios que permitan comenzar a superar el modelo neoliberal, sacando el lucro, la discriminación y el abuso de áreas como la salud, las pensiones, la educación y el medio ambiente.

Es de esperar que la esperanza depositada en el recién electo Presidente no se vea frustrada por quienes, de manera indolente, esperan que todo siga igual, perpetuando el gatopardismo propio de la posdictadura para seguir manteniendo sus privilegios.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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