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Un encuentro con el último aristócrata de la República

Don Carlos Larraín: “Yo soy de gusto femenino”

por 9 mayo, 2013

Don Carlos Larraín: “Yo soy de gusto femenino”
En una conversación lenta, alejada de la contingencia y ocurrida hace algunos meses, el presidente de Renovación Nacional, “consternado” de haber cumplido siete décadas, habló generosamente de su lado más privado.
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No sé exactamente por qué, pero el sábado, el recién pasado, a la hora de almuerzo, se me vino a la cabeza esa frase —un tanto genial y otro tanto mañosa (¿acaso no son sinónimos?)— con la que Tolstoi arranca Ana Karenina. “Todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera”. Tenía una copa en la mano y escuchaba a un buen imitador de Frank Sinatra junto a una piscina. Estaba en una de las casas lindas que hay en la calle más encumbrada (en el sentido literal y metafórico) de la capital: El Cóndor, en Vitacura, entre el Cerro Manquehue y el río Mapocho. Había ido de acompañante a una celebración, la de los 70 años de un conocido economista que es director y asesor de empresas. En el jardín, más de una docena de mozos atendían bajo una carpa blanca y alta que se había instalado para proteger a los invitados de un sol de otoño que aún golpeaba.

Vittorio Corbo, Felipe Larraín, Gonzalo Mardones, Alberto Espina, Juan Jaime Díaz, Evelyn Mathei, Johny Kulka, Nicola Bader-Schiess… Éramos cerca de 200 los que habíamos llegado a la punta del cerro vestidos smart casual y sin regalo, como instaba la invitación. Comimos ñoquis, rissotto, filete… Bebimos champán, vino blanco, tinto… Vimos un video con imágenes de la familia, trabajos y hobbies del cumpleañero, al que se vio sonriente, rodeado por su mujer, hijos, nueras, yernos y nietos.

Meses antes, en noviembre, el 18, en la región más austral del país, al límite con Argentina, en un lugar adonde sólo se puede llegar por transbordador y desde Punta Arenas, hizo frio. Aunque no tanto como es la norma, la máxima alcanzó los 11 grados y cayó algo de lluvia. El cielo se mostró cargado de nubes. De esas pesadas que recorren toda la gama del gris. Y bajo la luz blanquecina tan de ese sur aún-más-al-sur y sobre el pastizal ocre de una estancia, un grupo de hombres trabajó hasta las ocho de la noche. Era domingo y abrigados del viento por el penetrante olor a oveja, las marcaron, perforándoles las orejas, poniéndoles un arete de identificación. Uno de esos hombres, el más bajito, cumplía 70 años ese día y no se lo dijo a nadie o quizá sí, e incluso le cantaron. Cuando el sol se puso en Tierra del Fuego, cerca de ese mar indómito del Estrecho de Magallanes, él se celebró. En la antigua casa de planchas de zinc y tres habitaciones, comió acompañado por su mujer y una copa de carmenere enfriado, como gusta de hacerlo a diario.

Estaba sentado detrás de su escritorio estilo inglés y sin levantarse y sin aspavientos, con la elegancia de esa rosa amarilla que de inmediato imaginé, me lo recitó. Él lo recordaba así pero cuando después, en mi casa, curiosa, fui a buscar el poema para leerlo completo me enteré de que el verso no es “I offer you the memory of a yellow rose I dreamed with sino “I offer you the memory of a yellow rose seen at sunset, years before you were born”. Todavía hoy me río sola, ficcionando un mensaje en clave.

-Puff... digo puff porque no lo celebré nada, lo celebré a mi modo, marcando ovejas.

El hombre bajito apenas supera el metro sesenta y cinco y hace algunos años pagó 16 millones de dólares por las 96 mil hectáreas de la Hacienda Cameron. Es abogado y habla inglés y francés perfecto, tiene unos labios finos que en silencio dibujan una curva hacia abajo, abundante pelo café, escasas canas, frente amplia y ojos pequeños. Su esposa desde hace 45 años va poco a la peluquería (según se puede inferir por las únicas dos fotos suyas que con gran esfuerzo pude encontrar en Google), no necesita mirarse al espejo (según me contó él), ha trabajado criando once niños tarde, mañana y noche (según me contó él) y es heredera de, al menos, 250 millones de dólares (según el valor de sus acciones en bolsa).

-¿Y lloran las ovejas?
-Nooooo, son completamente pasivos, por eso dicen, como cordero degollado. Los degüellan y no articulan sonido. Nada. Terrible. Pero también así se les puede cuidar mejor.

¿Y nosotras, Carlos Aníbal Larraín Peña? ¿Articulamos sonido? –me pregunto.

-¿Por qué ha dicho tanto que le tiene miedo a las mujeres?
-Porque las mujeres son… son tan eficaces.

-Pero ¿no fue usted el que dijo que Michelle era débil, que las mujeres éramos débiles?
-Eso fue en un contexto político, cuando dijeron que Sebastián Piñera no tenía un escudero. Y yo dije, bueno, él es un hombre muy fuerte y Michelle –dice Michelle con una musicalidad que no le he oído a nadie, imposible que incluso a ella no le guste oír su nombre tan bien pronunciado, aunque sea en boca de este político de la otra vereda. Ella, como mujer, necesita de alguien que la defienda. Eso es parte de la vida.

-¿Todas las mujeres necesitamos un hombre fuerte que nos defienda?
-Los hombres necesitamos una mujer fuerte.¿Qué sería de mí si no fuera porque me casé bien? ¡Qué mejor reconocimiento de mis limitaciones! ¡Seamos humildes! La vida mía habría sido mucho pior —sí, dice pior y no peor.

-¿Son bien amigos con su mujer?
-Bueno, ahora hay que usar unas palabras, ¿no? …cómplices como dicen.

-Me gustan más las suyas.
-Por supuesto que somos bien amigos. Nos decimos absolutamente todo y tenemos una confianza ilimitada el uno en el otro. Ahora, a mí me sale más fácil porque soy muy confiado de carácter.

-No me lo imaginé.
-Pero enfermo. Me pasan cata por loro a cada rato. Y mi mujer es desconfiada pero confía en mí.

-Ella le advierte, cuidado, mira que esa persona…
-No, se mete poco, pero es más reticente que yo sobre la naturaleza humana. Es femenino eso, ¿ah?

-Como que los hombres no aprenden nunca —digo y luego remedo su “¿ah?”

Nos reímos.

-¿Ve? ¿Ve? ¡Escudera, escudera! —haciéndome burla.

-Uno termina siempre diciéndoles “¡te lo dije!”
-Es que los hombres somos muy reacios al aprendizaje, puees. Tremeeeendos. Ustedes tienen unas ventajas feroooces. Es natural, les toca hacer lo más duro de la vida… transmitirla, parirlos y criarlos.

Lleva 45 años casado con Victoria Hurtado y el día que lo fui a ver a su oficina en el partido, en Antonio Varas, se habían peleado. Temprano en el aeropuerto, buscando a uno de sus hijos, ella no le contestó el teléfono y él se enojó.

-Estaba en una punta del aeropuerto y yo en la otra, porque no sabíamos por dónde salía, entonces fue debidamente retada.

-¿Y cómo son los retos?
-Naaah. Mijita, por favor, ¿para qué se echa el teléfono en la cartera?

Confiesa que aunque cada vez pelean menos, siempre terminan haciéndolo cuando ella busca algo, lo que sea, en su cartera.

-Ésa sí que es una prueba pa’ los nervios. ¿Quién ha encontrado algo en una cartera de mujer? Es una cosa enloquecedora, es muy extraño, están metiendo la cabeza adentro y nunca encuentran.

A Carlos y a Victoria les encanta viajar y además tienen un hijo viviendo en París y otro en China. Pero no, no parten con frecuencia. Hacía un año que no salían de Chile cuando nos juntamos. Él alega falta de tiempo.

-¿Y su mujer no va sola?
-No, no, vamos juntos. Me acompaña bastante a las regiones, adonde vaya.

-¿Usted va harto a Valdivia?
-Sí, pues.

-¿Y dónde se queda?
-En un hotel.

-¿Y Allamand no le presta su departamento?
Larraín capta de inmediato la intención sutil, la subterránea y se ríe con ganas.

-Yo creo que no lo tiene ya. Lo vendió.

Alma en pena

Cuando uno le pregunta cuántos hijos, responde 12. Y tiene 9 hombres y 2 mujeres.

-Eran tres las mujeres. Se me murió una niñita de casi 9 años —me sirve agua.

Victoria Larraín Hurtado falleció en 1980 al sur de Temuco. Un accidente automovilístico en la cuesta de Lastarria. En el auto iba su madre y tres hermanos.

-Mi mujer se destrozó la columna vertebral en un 30 por ciento y tuve a tres chiquillos muy fregados. Peee… pero en fin, eso ya quedó atrás, fue hace ya 32 años.

-¿La fe ayuda?
-Sí. A mí en el momento no me ayudó mucho. Pero uno entiende que… bueno, las cosas tienen que tener un sentido, sino la vida humana sería como una pelea adentro de un túnel y es más que eso, por suerte.

-Todo lo que pasa es para nuestro bien, hay alguien más inteligente que sabe por qué lo hace…
-Eso es providencialismo.

-¿Lo cree?
-A ver, yo soy cristiano o trato de serlo –se queda en silencio y suspira. Y eso parte de la base de que Dios es padre. Los judíos creen lo mismo.

-Sí, es lo que a mí me han enseñado.
-Claro. Los padres queremos cosas buenas para los hijos. Pero a veces los padres tienen que castigar un poco porque los hijos somos porros. Sí, creo en eso de que todo en la vida tiene un sentido. Y hay que estar atento y eso es parte del problema de los pobres humanos —vuelve a suspirar profundo. No estamos atentos. Nos creemos la muerte, no queremos abrir los ojos y los oídos y hay muchas señales diarias de que no somos autónomos.

-¿Y usted las ve?
-Todo el tiempo. Empezando por los fracasos.

Le digo que no creo que tenga muchos fracasos que contar. Por supuesto, no está de acuerdo, alega que “lo normal”. Cambiamos de tema. Me cuenta que aunque no distingue entre vinos le encanta el tinto y me estimula a ensayar su mejor receta: bajarle un grado la temperatura a un carmenere.

-¿Y cuánto toma? ¿Dos, tres copas?
-¡Noo! Ahora media po’, como estamos bajo la tiranía de los abstemios.

-Pero para su cumpleaños por ejemplo, en Tierra del Fuego, no iba a manejar.
-Con una copa está bien, una copa y media de repente ¡me da un sentido de culpa terrible!

-No lo puedo creer.
-Estas políticas del Ministerio de Salud aliado al senador Girardi a uno lo van inhibiendo.

-Oiga, qué bueno que dijo la palabra culpa porque le iba a preguntar cómo estaban sus relaciones con la culpa.
-¿Y quién se escapa de la culpa?

-Los sicópatas.
-¿Los sicópatas no la conocen? No soy sicópata.

-Lo pasan mejor.
-¿Usted cree?

-Totalmente. Los neuróticos lo pasamos peor, pero a usted le carga el sicoanálisis.
-No me gusta. ¿Tú has leído el libro negro del sicoanálisis?

Me explica que es un libro de un grupo de siquiatras europeos, “escandinavos y franceses sobre todo” que él compró hace unos tres, cuatro años y que de repente lee. “De repente porque no es fácil, vas a conocer algo sobre las fuentes de la teoría que asusta mucho. Y don Sigmund sale muy mal parado”, dice saboreando las palabras. Yo creo en Sigmund le digo y él exclama levantando los brazos cortos e inquietos: ¿Pero cómo va a ser posible que la conducta humana esté dictada por los subterráneos de la personalidad? Un psicoanalista de esos bien puristas y freudianos, en ese preciso momento, se felicitaría, pienso. El paciente está listo. Detrás del miedo está el deseo y tanta aversión no puede sino ser atracción y confianza en el método terapéutico. Son sólo defensas frente a la intuición de que hay verdad en el tratamiento.

-Yo nunca me he sometido, pero he leído…

-¿Y por qué lee tanto de psicoanálisis si no le gusta?
-¡Porque es tan importante el sicoanálisis! Es una forma de determinismo. ¡Yo odio los determinismos! Les tengo un odio parido a los determinismos.

¿Leerá también sobre comunismo, nazimo, terrorismo? –pienso.

-Pero el sicoanálisis aumenta la libertad individual.
-Nooooo, al contrario.

-¿Qué le da libertad, Don Carlos?
-Puff, ¿qué me da libertad? No sé po’, la verdad dicen. Tú me vas a decir que la verdad sobre uno mismo ayuda a ser libre. ¿Pero será verdad?

Y se explaya sobre el tema que dice detestar. Porque cuando “el sicoanalista te ve tomar los anteojos, ya sacó una conclusión sobre ti y te va conduciendo y yo odio la manipulación”. “¡Me trastorna! ¡Me trastorna!” Y yo recuerdo entonces cuando se fue de un desayuno en La Moneda porque otro de los invitados había tenido antes palabras poco felices para con él. “Me había acusado de practicar la extorsión. ¡Córtala, pues, eso es un delito, pues! Sí, pues. Que sopesen las leseras que hacen. Hay que tener en cuenta al señor que se tiene al frente. O a la señora”.

-¿Y usted no es manipulador?
-Lo menos que hay. Completamente pan con pan.

Y después de esta entrevista volveré a darle una vuelta cuando lo vea, a fines del año pasado, renunciando un día, con ruido y cámaras, a la presidencia del partido, por discrepancias con La Moneda, y al día siguiente, accediendo a retirar la renuncia, después de la gestión del precandidato presidencial Andrés Allamand y de un anuncio de reunión con el ministro del Interior (con el objetivo de mejorar relaciones).

Larraín no tiene lazos superficiales con la religión. Un hijo suyo es cura y está a cargo de una parroquia en Buin. Él va a misa todos los domingos y, cuando puede, también un día dentro de la semana de trabajo. Generalmente —tiene sus excepciones el hombre, por supuesto, se las hemos visto— pero generalmente se le ve tranquilo y con ese sentido del humor tan suyo, aún en medio de tempestades políticas donde hasta los más contenidos pierden la compostura. Sin embargo, no piensa bien de sí mismo. Calla y suspira cada tanto. Le debe temer a Dios, pienso. Se declara atormentado. Uno de tomo y lomo, de cabo a rabo, de punta a pie. Dice que vive bajo sospecha, como dijo Václav Hável.

-Pero a Hável sí lo perseguían.
-Lo digo por cómo me miro a mí mismo —se queda unos segundos en silencio. Porque me creo capaz de las peores brutalidades.

Suspira hondo. Y yo también.

-¿Y cómo lo hace entonces?
-Soy asilado permanente en la clínica para ser cristiano que es del Opus Dei. Estoy siempre entre emergencias e intervenciones quirúrgicas.

-¿Y recibe la calma?
-¿La calma? Nunca. No, no, soy completamente inquieto. No conozco, fíjate, la tranquilidad de decir ya tengo casi todo arreglado, ahora reposo… acabo de leer la historia del médico, de Mao Tse Tung ¿no la has pescado tú?

-¿Y por qué se acordó de eso?
-Bueno, porque en distintos países en distintas épocas se cometen las mismas brutalidades. Los americanos encerraron a los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial en un campo de concentración en California

-¿Es parte del ser humano la brutalidad?
-La capacidad de ser crueles. Yo le hago empeño a ser bueno. Pero ahí están los fracasos de los que te hablaba.

Aplastados por la estupidez

“I offer you the memory of a yellow rose I dreamed with”.

Es un verso de Borges que Don Carlos me regaló ese viernes a mediodía, poco antes de despedirnos con una promesa (que hasta la fecha no se ha cumplido). Lo deslizó en su sólido british después de que le saqué, según él, “la pepa del alma”. Estaba sentado detrás de su escritorio estilo inglés y sin levantarse y sin aspavientos, con la elegancia de esa rosa amarilla que de inmediato imaginé, me lo recitó. Él lo recordaba así pero cuando después, en mi casa, curiosa, fui a buscar el poema para leerlo completo me enteré de que el verso no es “I offer you the memory of a yellow rose I dreamed with sino “I offer you the memory of a yellow rose seen at sunset, years before you were born. Todavía hoy me río sola, ficcionando un mensaje en clave, porque además el hombre se jacta de tener memoria (así que un olvido resulta improbable).

El verso fue para explicarme su amor por las rosas y para contarme que si la política partidista no fuera tan importante como está convencido de que lo es, se quedaría “en la casa podando rosas”. “¿Soy rebuscado, no?” —indaga mirándose una de las colleras. No lo dije yo.

Se confiesa “consternado” de haber cumplido siete décadas.

-Uno siempre se siente como de la misma edad, ¿no?
-Eso es lo pior de todo. Y las comprobaciones de que no es así son muchas. Es cosa de subirse al auto, bajarse del auto. Subir un par de pisos a pie ya me deja así… con poco aire. Y eso que no fumo.

Por todo lo que le gustan los libros a Carlos Larraín (me recomendó al menos cuatro) detesta las redes sociales y no las usa “nunca nada nada nada”. No tiene idea quién hace la página de Facebook que lleva su nombre, no la ha visto y le da igual. Y esa “cosa anónima” de Twitter lo “vuelve loco”.

Usa argolla, me trata de usted y luego me tutea sin que yo entienda cuando usa cuál.

-Es flaco usted.
-Más o menos, todavía.

Me explica que ha engordado desde que va a Valparaíso. Que es inquieto y lo “mata” tener que estar sentado tres horas y media. Que aprovecha de hablar por teléfono y conversar con Carlos Muena, su chofer que es de Coyhaique y también le gusta el campo. Porque a él más que la política, le gusta el campo.

-¿Es lo que más le gusta?
-Me gusta más la vida privada, digámoslo así, como a todo el mundo. Pero a la vida pública también hay que hacerle empeño y sobre todo a través de un partido. Yo creo en los partidos.

Larraín no piensa bien del mundo que lo rodea ni del futuro de la humanidad. “Estamos aplastados por la estupidez humana”. Y no es que él se crea genial, dice, no, pero “la razón tiene un espacio” en su vida y “ahora, todo se resuelve con las tripas”.

-¿Las tripas?
-Las tripas po’, o sea, sentimientos, la piel… La negación de la razón nos va a matar en el siglo XXI. ¿Hoy día qué se dice? Que la sociedad es un mecanismo de opresión y explotación y somos todos unas piececitas plásticas que ciertos poderes ocultos dirigen. Esas son puras pamplinas. Y, mientras tanto, a entretenerse, consuma ahora y pague después. No hablemos de otras actividades.

-Sí, hablemos.
-El 65 % de los niños en Chile hoy son extramatrimoniales. En Estados Unidos están horrorizados porque pasaron, en promedio, del 30 % al 35 % —suspira, se detiene, parece sufrir. Ahí hay algo que ocurre y de lo cual no se responde porque simultáneamente hay 225 mil causas de tuición y alimento. Alguien que me lo explique.

No se lo explico, pero le pregunto qué cree él que debe hacer un matrimonio que no puede más. Tartamudea. Entonces decido ayudarlo.

-¿O usted cree que siempre se puede más?
-No, en muchos casos no se puede nomás, uno puede equivocarse… y de repente la vida tiene cambios… ¿cómo decirlo? La institución del matrimonio es… tan valiosa que aquellos a quienes le va mal, tienen que pagar un tributo. Estoy diciendo una cosa terrible… porque hay mucha gente que simplemente está en una situación familiar insostenible… un infierno en vida.

Para él la existencia del divorcio genera más problemas de los que resuelve. No sólo tiene un efecto multiplicador, expandiéndose, dice, sino que desalienta la nupcialidad, lo que le parece muy muy extraño ya que uno de los argumentos que se dan a su favor, se explaya, es que “hace que el matrimonio sea más abordable entre comillas porque tiene una salida”. Su teoría es que es preferible que no exista una vía pavimentada para dejar atrás un mal matrimonio. Nada. Para que así, los cónyuges “se enfrenten a una realidad tan potente que haya que buscarle las siete patas al gato”. Cree que hay que “aguantar la mecha” a como dé lugar. Aguante. Aguante. Aguante “en la boca del averno”. ¿Averno? Un adjetivo poético relativo al infierno, me informa la RAE. Le gusta usarlo.

-Y agotada la séptima pata del gato…
-Bueno, ¿no hay posibilidad de aguantarse en la boca del averno? Está la separación y por último, el divorcio. En lo del divorcio, digo no creo, por razones sicológicas o sociológicas… palabras importantes, ¿no? —destaca no sin un dejo de ironía. Para los hijos es un desastre absoluto. Para los cónyuges, puede ser un alivio, sin duda, y eso hay que respetarlo. A ver… es fácil hablar de esto desde fuera de la boca del averno. Yo entiendo… hay situaciones monstruosas, conozco estudiosos serios que sí creen que tiene que existir la válvula de escape del divorcio.

Pero su apuesta es por la sociedad, a diferencia de ese “grupo grande que es yo, yo, yo, y yo, ese que sólo conjuga la primera persona, habiendo segunda persona y tercera persona plural”. Y exclama touch wood y golpea su escritorio: no tiene ningún hijo separado. Y si llegara uno con que se quiere separar, algo cuya ocurrencia probable me parece cercana a cero, él “le afirmaría la mano, le presentaría los inconvenientes de la cosa y después” se “pondría de parte de la nuera, de todos modos”.

-¿Por qué?
-Por lo que le dije hace un rato, porque a las mujeres les toca la parte más dura de la existencia, pues.

Riqueza

-¿Lo molestan por la plata?
-No, no mucho.

-Dicen de que usted financia el partido.
-Eso equivale a decir que la gente de Renovación Nacional es vendible o comprable y eso es muy feo. Las campañas cuestan mucha plata. Nosotros acabamos de gastar 1.200 millones de pesos. Entonces que yo le ayude por aquí o por allá a uno que otro con 400 mil pesos no hace que sea dueño del partido. Es mi obligación nomás. Eso me molesta, lo demás, me importa un rábano, porque no creo que tener fortuna descalifique a nadie.

¿Será chileno eso de que los ricos son malos? A Larraín le parece más bien “algo católico” porque “la relación de los cristianos con los bienes siempre ha sido muy complicada” dice y habla del Antiguo Testamento, que “decía cosas terribles acerca de”. ¿Y cómo los judíos no tenemos esa relación complicada, culpógena con ellos?, me pregunto, le pregunto. Lo piensa más. “Bueno, en Chile ha habido una prédica socialista muy potente” añade y eso, cree, es más importante todavía porque en realidad “curiosamente, interesantemente, el renacimiento, la gran eclosión cultural, el gasto conspicuo, los mecenazgos, la capilla sixtina fue movido por las grandes familias europeas, impulsadas por la iglesia. Y, sin embargo, cierto, hay una cosa como medieval contra la riqueza que todavía pervive en una corriente del catolicismo”.

-¿Y usted cómo se relaciona con los bienes?
-De lo más bien.

-¿Sí? Leí que cambia el auto cada 10 años.
-Tengo uno que tiene 12.

-¿Qué auto?
-Un Mercedez Benz. Está perfecto. Fíjate que soy sobrio con la plata. Gasto muy poco. Si tampoco hay que andar… El rico puede ser ofensivo.

-Hay placeres que no se notan.
-Que no se ven. Ayer cambié la luz de mi baño y había unos farolitos que valían 45 mil y otros, 10 mil. En Home Center. Mi mujer compró los de 10 y yo lo encuentro perfectamente suficiente.

-¿Y ella también?
-Por ella que usáramos una vela. Claro, ella casi no existe.

Victoria Hurtado de Larraín es, según su marido, “lo menos vanidosa que hay, completamente huasa”. Se aburrió de regalarle joyas porque las guardaba y él decía “pero mijita ¿por qué no se pone esa pulsera que le regalé cuando nació… qué se yo?”. “Ay, tendría que buscarla” era la respuesta.

-¿Y en esa austeridad habrá culpa?
-Creo que no. Es manera de ser. ¿Quién es uno pa’ decorarse tanto?

Nos reímos.

-Pero usted se ve muy bien con camisa rayada, pañuelo en el bolsillo de la chaqueta…
-Hay que arreglarse un poco. Mira, si es muy difícil lo que tú estás diciendo. Es muy difícil. ¿Cómo se tienen los bienes y cómo se usan bien? Es muy difícil. Pero es un problema de todo el mundo no sólo de los cristianos.

-Pero lo que yo…
-Está muy bien, está muy bien —se apura sin dejarme terminar. Si no me considero perseguido. No por ti… Es un dilema eterno. Mira a los empresarios. Gente que quiere salir adelante, quiere organizar un negocio, combina distintos factores y produce un resultado. Y después sale todo el mundo a señalarlo con el dedo y le dicen que no paga los sueldos tan altos como debiera. Entonces él contesta es que si subo mucho los sueldos, empiezo a perder plata y al tercer año tenemos que cerrar la industria. Oye, son cosas enredadas. Si es muy embromada la relación de los humanos que tienen conciencia y la riqueza. Muy complicada. Piensa tú lo que aporta la industria del lujo, la riqueza que crea y las posibilidades que da.

 Ultrademócratas

-¿Este gobierno ha estado muy influenciado por la UDI?
-Ha estado bastante influenciado por la UDI pero la influencia decisiva es la personalidad de Sebastián Piñera. Él ha sido el factor determinante.

-¿Cómo va a ser recordado?
-Como un muy buen gobierno, luego que se decante el polvo, que se acabe la chilla que viene desde ciertos sectores.

Detalla las características del país que “heredamos el 2009”. Un gasto disparado, un déficit, 350 mil viviendas o dañadas o destruidas, hospitales, 4.000 escuelas. Había que reconstruir y al mismo tiempo, bajar el déficit. “Una empresa titánica que se ha hecho muy bien”. Y además, se terminó la corrupción, asegura. Pero coexiste “un gobierno pavito que nunca se quiso cachiporrear y una oposición implacable que no reconoce nada”. Eso se los ha hecho, dice, “doblemente difícil”.

-Al comienzo cuando habla del gobierno intenta dar argumentos a su favor, se explaya, y dice: “Sí yo le di unas ideas buenas al Presidente de la República y no me las consideró ni 15 segundos”.

Nos volvemos a reír.

-¿Se siente humillado?
-No, no tomado en cuenta. Yo digo lo que pienso y me voy después con la cola entre las piernas. ¿Qué le voy a hacer? Al comienzo le planteé ¿por qué, Sebastián, no pides una Ley de Facultades Extraordinarias para la reconstrucción? Cosa que es legal, constitucional, le habría dado autonomía y nos habríamos saltado 18 meses de tortura parlamentaria. Y no me llevó de apunte. Se perdió un vuelo tremendo, un despilfarro de las pocas fuerzas que tenemos. Ahí hay un ejemplo de la personalidad de don Sebastián Piñera, que quiso hacer todo by de book, como dicen.

-Mateo.
-Por favor, ¡teníamos que ser ultrademócratas! Y eso no era antidemocrático, era un poco más práctico no más. Francia perdió 500 mil casas en la Primera Guerra Mundial. Nosotros perdimos 350 mil viviendas en los dos minutos y treinta segundos que duró el terremoto. Pero como él es mateo, como muy bien dices tú, tenía que hacer las cosas de acuerdo con el manual.

El presidente de Renovación Nacional llegó a la política en tiempos de la Unidad Popular “por un arponazo de Roberto Palumbo” y junto a él, “Juan Luis Ossa, Alfredo Brown, Félix Viveros y Pilar, Pilar… qué cabeza más mala, bueno, ya me voy a acordar” lucharon “para salvarnos de don Salvador, pongámoslo así”.

-Es ingenioso con las palabras.
-Noooo.

-No se haga de rogar.
-¿Sí?

-Un aire fresco, esté uno de acuerdo con lo que dice o no…
-¡Tú no estás de acuerdo! —me interrumpe.

-A veces sí…
-A veces sí, a veces no —lo decimos al mismo tiempo. Lógico, si no soy oráculo —agrega, enfatizando sus palabras con un movimiento de manos.

-Bueno, estuvo hartos años fuera de los partidos.
-Desde el 73 hasta el 96. Ahí me metí de nuevo. Pero bueno, había hecho harto en tiempo de Salvador Allende y después ya me tuve que concentrar en mi trabajo y no había nada que hacer en el plano político.

-Don Carlos, usted ha dicho que se arrepiente de haber votado que sí.
-Efectivamente.

-Yo también voté que sí, y me arrepiento también, pero algo —sólo algo, ¿eh?— me salva que tenía 19 años y, por unas razones en las que sería doloroso ahondar, no sabía lo que había pasado. ¿Usted dice lo mismo?

-Lo mismo.

-Pero usted no tenía 19 años.
-No tenía cómo saber tampoco. Yo por lo menos no estaba en situación de saber.

-¿Había poca gente en situación de saber? ¿No era algo que se sabía?
-Se decía mucho, pero se pensaba que no era verdad. Los denunciantes eran, en general, provenientes de países donde ocurrían y habían ocurrido y seguían ocurriendo brutalidades aún mayores. Salvo que intervenía una parte del personal de la Iglesia en esta denuncia y eso debió habernos hecho cavilar más, especialmente a mí que soy católico. Lo que más mella me hizo fue el informe sobre la tortura de la Comisión Valech, porque la primera etapa de los muertos y desaparecidos… terrible, pero correspondió a una época en que había un estado de conmoción y en la creación de esas condiciones la izquierda tuvo mucha culpa y nunca la ha reconocido. Pero ya el asunto de la tortura prolongada hasta el 85, simplemente eso no. Eso fue imperdonable -dice sujetándose el mentón con el pulgar y el índice. Ya dejémoslo hasta ahí, mujer, ¿qué más te voy a decir?

-¿Me invita a conocer su casa?
-Encantado.

-¿Un café?
-Puede ser incluso un vaso de vino. Un carménère enfriado, con mucho gusto.

-¿Cuándo?
-Déjame tu tarjeta con un número y te convido encantado. Tú hermano ha estado allá alguna vez… me mira con recelo él, desde hace algunos años, nunca he sabido por qué.

-Y usted es tan simpático.
-Ah, pero es que yo soy de gusto femenino- dice coqueto y se ríe. No puede parar de reírse.

-Puede ser.
-No, no es cierto.

-Usted habla claro y…
-En Chile no se cultiva eso… Mira a Rodrigo, es taaan cauto. Salvo cuando se enoja, que pierde toda cautela. ¿Te has dado cuenta? Yo he tenido unos refregones con él. Pero se aplacó un poco en los últimos… -se detiene a pensar unos segundos. ¿Sabes qué le pasó a Rodrigo? Se aburrió con la política, pero intensamente. Yo soy bastante observador, lo veía en las reuniones y se iba, completamente, empezaba a mirar…

Lo esperan de una radio. Ya lleva más de una hora de atraso. Le avisa su jefe de prensa, Alfredo Barra.

-Ha sido un verdadero gusto conocerlo, Don Carlos.
-Muchas gracias. Eres muy simpática. Pero a ti te sale fácil relacionarte con la gente.

-Mmm… sí, parece que sí.
-Se nota. Eres muy sensible. Supone interesarse en el prójimo que tienes al frente y no desconfiar. ¿Te has fijado cómo es el chileno medio con el que tiene al frente? ¿Lo saludo o no lo saludo? Esa cosa tan a la defensiva. Y fíjate que, salvo los dos súper pencazos del 91 y el 73, este es un país con una historia relativamente feliz. Relativamente feliz, salvo pa’ los más pobres. Compárate con Europa. ¿Cómo han sufrido los pueblos europeos comparados con nosotros? Y tú vas a Italia y todos saben convivir con los extranjeros.

-¿Es desconfiado el chileno con los extranjeros?
-¡Oh! pero tremendo. ¡Cómo si todos fuéramos nacidos aquí! Los mapuches llegaron a Chile 40 años antes de Diego de Almagro.

-No tenía idea.
-Lea a doña Grete Mostny, segunda esposa de don Juan Gómez Millas. Escribió mucho sobre los pueblos precolombinos. Ellos venían de Argentina. Los mapuches son argentinos —dice con un alegre acento argentino. No son porteños, pero son argentinos. Ya, estamos hablando mucho. ¿Estamos listos?

-Estaba entretenida.
-Vamos a juntarnos en la casa a conversar más y tomamos carmenere.

-No se le olvide.
-¡No, de ninguna manera! Bueno… y ¿tú eres casada o no?

-¿Se lo cuento en su casa?

Han pasado cuatro meses ya desde ese viernes en su oficina y Don Carlos no ha cumplido su promesa. Claro, yo tampoco dejé mi tarjeta. No tengo.

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