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Opinión

Atria versus Benítez: pasteles y café en grano

por 12 junio, 2015

Atria versus Benítez: pasteles y café en grano
Atria fue invalidado por su patrón públicamente, donde los argumentos a favor de la educación privada son un pelo en la cola dentro del debate, pues Benítez aclaró quién es el que administra su alimentación, su salud y su educación. El profesor puede continuar discrepando, pero sin olvidar que está sirviendo a una institución que es el opuesto exacto (a nivel de principios) de lo que él pretende conseguir, y es tal casa de estudios la que provee su existencia en la actualidad.
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Renunciar a la crítica ácida para lograr fines más amplios es una necesidad en la actualidad. Tener la entereza de discrepar abiertamente y además desistir a compartir académica o laboralmente con proyectos que poseen una distancia política con uno mismo no es sólo una cuestión de principios ni dignidad; omitir tales diferencias también puede reflejar sagacidad.

Está de más redundar en la explicación para dicha discusión, sin embargo, el problema se presenta cuando el espacio laboral, como hacer clases en una universidad privada y elitista, provee trabajo y además otorga la posibilidad de discrepar con el mismo proyecto académico y con sus autoridades. Es cierto que la izquierda margina a quienes por necesidad opten por producir académicamente para los liberales, sin embargo es innegable que todos los trabajadores de Chile sirven al mismo fin económico.

Los neoliberales con su incesante utilitarismo compran conocimiento, dan aparente libertad, pero no dejan de enrostrar que los méritos están condicionados por los recursos que ellos nos proveen. Es decir, existe la posibilidad de oponerse al proyecto donde se está prestando servicios, pero sin olvidar que los pasteles y el café en grano que tanto se disfruta, no se gozaría en una fuente laboral que presente otras condiciones.

El punto es otro; la nueva teoría crítica del país está siendo producida en universidades privadas, porque existen recursos para pagar a los mejores intelectuales, que por necesidad (dadas las buenas condiciones ofrecidas) se quedan en dichas instituciones. No obstante, la crítica que ahí se produce está condicionada por las mismas autoridades. Tal cuestión puede apreciarse en la discusión sostenida por Benítez (rector UAI) y Atria (profesor de dicha institución) en El Mercurio. Este último discrepa abiertamente con la visión contra la gratuidad sostenida por el rector. Sin ahondar en los argumentos de una y otra posición, es de gravedad apelar a la acidez desplegada por Benítez cuando sostiene que el profesor trabaja en dicha institución, donde nadie censura la libertad académica, y el debate público que sostiene es férrea representación de lo mismo.

Los neoliberales con su incesante utilitarismo compran conocimiento, dan aparente libertad, pero no dejan de enrostrar que los méritos están condicionados por los recursos que ellos nos proveen. Es decir, existe la posibilidad de oponerse al proyecto donde se está prestando servicios, pero sin olvidar que los pasteles y el café en grano que tanto se disfruta, no se gozaría en una fuente laboral que presente otras condiciones. Esta postura, reflejada en la figura del patrón, es un discurso inserto en el imaginario del burgués, donde el obrero debe agradecer las supuestas regalías que nos ofrece el Señor.

Este es el doble rechazo que experimenta el intelectual de izquierda en la actualidad, dado que el peso de la meritocracia liberal es desvincular el discurso disidente del obrero con su trabajo, aclarando que el peso político de su producción intelectual es el resultado de las garantías ofrecidas por el mismo sistema que se está criticando. Por ello es que tal intelectual es rechazado en su grupo social, pues su condición enajenada entrega teoría política crítica al sistema de educación privada que se pretende abolir.

Atria fue invalidado por su patrón públicamente, donde los argumentos a favor de la educación privada son un pelo en la cola dentro del debate, pues Benítez aclaró quién es el que administra su alimentación, su salud y su educación. El profesor puede continuar discrepando, pero sin olvidar que está sirviendo a una institución que es el opuesto exacto (a nivel de principios) de lo que él pretende conseguir, y es tal casa de estudios la que provee su existencia en la actualidad.

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