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Documental de Chomsky desnuda las consecuencias de la globalización neoliberal

Marginados, indignados y desencantados: la crisis de la democracia mundial también golpea a Chile

por 3 noviembre, 2016

Marginados, indignados y desencantados: la crisis de la democracia mundial también golpea a Chile
La crisis del sistema democrático representativo ha traído consigo grandes revelaciones. Según el documental Requiem for the American Dream, la sociedad ha chocado con una pared construida por núcleos de poder del mundo empresarial que maneja al político y lo obliga a gobernar en función de sus propias necesidades. EE.UU. es uno de los ejemplos más vivos de este proceso. Tras la irrupción de las “ideas libres” en los 60, el mundo empresarial inició una arremetida ideológica y logró implantar el neoliberalismo. Sustituyó el modelo económico desde la manufactura al mundo financiero, priorizó los derechos del libre mercado por sobre el de las personas y redujo la figura del ciudadano al de un cliente del comercio, modificando la subjetividad social y comunitaria hacia una de mero consumo. De esta forma, mermó el origen mismo de la democracia y la introdujo en una profunda crisis que se replica en cada sociedad occidentalizada.
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“Vivimos un momento de colapso transversal, el cual también golpea a la concepción tradicional de democracia participativa”, de esta forma el lingüista y filósofo estadounidense Noam Chomsky define el momento de crisis que vive el mundo globalizado occidental.

Día a día, alrededor del mundo, proliferan marchas en contra de un sistema que parecía estar más que arraigado en la sociedad, en donde el consumismo, exitismo y el individualismo alejado de la emocionalidad parecía ser el camino a seguir. Un mundo en el que el poder se concentra en pocas manos, en donde el 1% de la población más rica detenta el 50% de los recursos, mismo monto que los 3.500 millones de personas más pobres.

Además, se vive un periodo en donde las grandes multinacionales manejan al mundo político, con el fin de desarrollar una democracia parcelada, pintada y desdibujada, porque “a los poderosos no les gusta la democracia. Basado en el principio de riqueza y poder, al verse enfrentado a un proceso democrático, pierden poder”, señala Chomsky en el documental Requiem for the American Dream.

Esta realidad parece ser palpable en Chile. La última elección municipal, que alcanzó el 65% de abstención, se constituye en una expresión más de una fuerte crisis, marcada por el estallido de una serie de casos de financiamiento irregular a la política chilena, las grandes brechas a nivel educativo y un sistema de pensiones –privatizado en los años 80– que mantiene a los adultos mayores con montos de retiro que alcanzan un promedio de $207.409 mensuales, según la Unidad Data de El Mostrador. De acuerdo a distintos analistas políticos, en nuestro país encontramos un conjunto de síntomas que parecen ser una gota más de agua en un mar de colapso y crisis de la democracia que es transversal en el mundo.

EE.UU. no se queda fuera del gris panorama mundial. En el documental, Chomsky describe situaciones que podrían ser perfectamente aplicables a la de Chile, principalmentente  respecto al financiamiento de la política. El filósofo explica que el poder económico establece una relación que hace dependiente al mundo político, ya que los grandes empresarios son los principales financistas de campañas electorales. Sobre la base de esta relación, el desarrollo del Estado y sus políticas públicas son generadas en virtud de las necesidades de quienes entregan el capital económico y no son basadas en las necesidades de sus electores y sus definiciones. De esta manera, las grandes corporaciones se convierten en “los amos de la humanidad”.

Crisis de la democracia neoliberal

Para la analista política y socióloga, Gisela Brito –coordinadora del Observatorio de Coyuntura Política CELAG–, el proceso de descomposición que marca la pauta mundial se debe a una crisis de la representación política, marcada por el rol del sistema neoliberal. “Hay un distanciamiento marcado de la ciudadanía respecto a las formas convencionales de la política y un cuestionamiento profundo de los partidos políticos y liderazgos tradicionales”, señala. A juicio de la socióloga, esto no significa una puesta en jaque a la democracia entendida como “ideal asociado a la soberanía popular o el gobierno del pueblo”. Más bien –explica– responde a una crisis de la democracia “liberal, en tanto instituciones realmente existentes (...) que es la forma más extendida, pero no la única imaginable de democracia”, indica.

La coordinadora de CELAG señala que esto también se replica en Europa. En el Viejo Mundo la crisis se remite a “los años 90, en el contexto del fin de la Guerra Fría”, cuando se instaló –desde las teorías dominantes– la idea del “triunfo definitivo de la democracia liberal (...) que se manifiesta en un distanciamiento cada vez mayor entre la ciudadanía y la política tradicional”.

Para el académico y filósofo chileno Ricardo Espinoza, la crisis mundial de la democracia está marcada por un “neoliberalismo salvaje y brutal”, imbricado en “todos los territorios posibles” de la vida y en el  seno del sistema productivo. Espinoza, en su libro Hegel y las nuevas lógicas del mundo y del Estado –lanzado hace pocos días en España–, explica que tanto el eje de EE.UU., Inglaterra y Arabia Saudí, como el de China y Rusia, se desarrollan bajo la lógica capitalista, al igual que “las formaciones del terrorismo actual, esto permite la transversalización del aprovechamiento de los territorios empíricos".

Siguiendo con la teoría de los territorios posibles, el académico detalla que también existe la utilización de los “territorios virtuales”, los que son dominados por la élite, por lo tanto, “inalcanzables por la ciudadanía”. En este ámbito se mueven el mundo de la OCDE y el anglosajón, manejando todos los juegos del poder, incluido el financiero. Existe un tercer territorio, el que ha sido descrito por distintos especialistas como el de “la gran batalla”, ya que se juega el subconsciente colectivo: la subjetividad. En opinión de Espinoza, “el deseo del hombre fue capturado” y transformado en “consumir y desprenderse de todas la decisiones más estructurantes”. En Chile, este fenómeno no ocurre solo al interior de la derecha, sino que también atraviesa a la centroizquierda, ya que “el chileno hasta de izquierda emprende, negocia, trabaja, busca valor de cambio”.

“La captura total del capitalismo, sobre todo de la subjetividad contemporánea, es la gran crisis que hay con la democracia. Las democracias son meramente externas, por lo general están asociadas con la socialdemocracia, donde hay un cierto establishment institucional”, que cuida que “el negocio no fracase”. De esta forma, agrega el filósofo chileno, “toda la amargura, desidia, los sentimientos de rabia, la indignación de miles de millones de personas del planeta, que no se sienten representadas por estas democracias”, estalla en movimientos como el estudiantil chileno, los “Indignados” en España, entre otros.

Fabricando consumidores

Distintos analistas confluyen en la idea de que la consolidación del neoliberalismo, en las últimas décadas del siglo XX, trajo consigo una intervención directa a la democracia. Según Gisela Brito, el neoliberalismo impregnó la vida de una lógica de competencia e individualismo que “erosiona los vínculos colectivos y merma la posibilidad de pensar en el bien común, que es el pilar ineludible de todo proyecto democrático”.

Chomsky lo plantea a través de la mención a la destrucción del principio de solidaridad en EE.UU. A juicio del intelectual, la solidaridad es “peligrosa” para el modelo neoliberal, ya que se contrapone al exitismo y busca “expulsar las emociones humanas de la cabeza de la gente”. Esto se materializó con el fin de los planes de seguridad social en EE.UU. desde los 70 en adelante.  Primero, se les quitó el financiamiento con el objetivo de que se privatizase el sistema, y luego “se atacó a la educación pública. Ahora casi la mitad del financiamiento de las universidades es privado”, relata Chomsky.

El documental Requiem for the American Dream muestra cómo afectan estos cambios en lo cotidiano, impactando directamente en la calidad de vida de la ciudadanía. Establece que en la lógica mercantil del neoliberalismo los ciudadanos dejan de ser sujetos de derecho y pasan a la categoría de clientes-consumidores. Agrega que las políticas sociales son enfocadas desde la óptica de políticas de caridad, en el marco de las ideas que propone el enfoque de las teorías de la gobernanza.

Otro cambio que trae consigo la instauración del sistema neoliberal, es lo que Chomsky llama “Fabricación de Consumidores”. En EE.UU. las personas pierden su categoría de ciudadanos y pasan a constituirse en sujetos de consumo, creados por la publicidad y la industria de las comunicaciones. Este es “un fenómeno que se desarrolla en países libres”, constituyéndose en una nueva forma de control y adoctrinamiento. El objetivo es generar “consumidores desinformados que tomarán decisiones irracionales”, de forma que queda el camino abierto para que “las políticas públicas pasen a centrarse en los intereses privados de aquellos que financian las campañas”, puntualiza Chomsky en el documental.

Desde la realidad europea, Gisela Brito sostiene que este proceso de mercantilización del sujeto reduce la actividad democrática al ejercicio del voto. “Se le dice a la ciudadanía que cada vez que va a votar el país vive una ‘fiesta democrática’, pero en el día a día es patente la pérdida de derechos ocasionada por los imperativos de la globalización neoliberal”. Asegura que en Europa el derecho a la libertad de movimiento y residencia, o a la inviolabilidad de las comunicaciones privadas, “están siendo seriamente afectados en el contexto de la lucha contra el terrorismo. Un problema que Occidente contribuyó a generar y ahora hace temblar sus cimientos”.

Siguiendo la tesis planteada por Chomsky, Oxfam asegura que estas cifras dejan al descubierto que “el poder y los privilegios se están utilizando para manipular el sistema económico y así ampliar la brecha, dejando sin esperanza a cientos de millones de personas pobres”. Además, en su informe evidencia un ejemplo de cómo el sistema económico globalizado genera espacios en pos de mantener privilegios para aquellos que detentan el poder económico: “El entramado mundial de paraísos fiscales permite que una minoría privilegiada oculte en ellos 7,6 billones de dólares”, señala.

En opinión de la analista, la crisis migratoria que se vive en Europa también responde, en cierta medida, a la implantación del neoliberalismo, junto con la crisis económica, intensificando ambas el efecto en los derechos políticos de los ciudadanos. Esto ocurre por el rol de instituciones “tecnocráticas” que “tienen un poder cada vez mayor en la toma de decisiones que afectan a la vida cotidiana (...) Los propios Estados han perdido soberanía y autonomía en favor de estructuras supranacionales que imponen las políticas a seguir por fuera del control de la ciudadanía y de la propia clase política de cada país”. Esto, según la analista, explica el crecimiento de sentimientos de desafección política.

Los amos de la humanidad

Noam Chomsky afirma que nos encontramos en un momento en que las grandes corporaciones se han convertido en “los amos de la humanidad”. Es tal el grado de relación y control entre el mundo del dinero y la política, que sus estatus han llegado a igualarse.

En EE.UU. el poder del gran empresariado tiene su origen en un proceso de contragolpe del mercado, que busca manipular al mundo político ante los cambios que vivía el país del norte en los años 60. En dicha década existía un “cambio con las conciencias de muchas formas”, había una búsqueda por mayor igualdad, que despertaba la preocupación por el medio ambiente y la reivindicación de los derechos de grupos marginales y minoritarios. “Algunas partes de la población, anteriormente pasivas y obedientes, comenzaban a organizarse e intentar entrar en el ámbito político”, señala Chomsky en el documental. Agrega que la gente joven era especialmente preocupante, debido a que eran “demasiado libres e independientes”.

Alentados por estas dinámicas que ponían en peligro el seno de la Constitución de EE.UU., el mundo empresarial generó un duro contragolpe ideológico, que se basó en un rediseño de la economía. EE.UU., pasó de ser el centro de la manufactura a constituirse en el centro financiero mundial. Desde los 70 aumentó el flujo especulativo y el crecimiento estribó en un proceso de externalización de la producción que aumentó la competencia al interior de la clase trabajadora. Por otra parte, los “ricos y privilegiados” se vieron protegidos por la nueva estructura, generando una mayor concentración del poder.

El sistema económico afectó directamente el área de los derechos. “Las empresas se convirtieron en personas ante la ley” y las corporaciones se constituyeron en “ficciones legales creadas por el Estado”. Otro cambio fue que la legislación de EE.UU. determinó al “discurso” en equivalencia con el “dinero”, por lo tanto, la libertad de expresión permitiría que las empresas puedan gastar todo lo que se pueda, ya que su capital es tan libre como el discurso.

En Europa no es distinto. El neoliberalismo supone todo un entramado jurídico que es el sostén de la “libertad” de los mercados y, además, modifica profundamente el rol del Estado, explica Gisela Brito. “En Europa es particularmente dramático, pues allí las democracias se construyeron históricamente sobre la base de una ampliación de los derechos sociales que son incluso constitutivos del propio estatus de ciudadano. Esa es la base del modelo social keynesiano que colapsó con la llegada del neoliberalismo”, agrega.

La analista recalca que hay una muralla estructural que no permite afrontar la crisis dentro de la institucionalidad neoliberal, ya que “no es posible ampliar y profundizar la democracia, como exige la ciudadanía, mientras las políticas estén orientadas a ajustar el gasto público y a recortar derechos sociales en beneficio de ciertos grupos económicos”.

Brito añade que esta imposibilidad institucional se ve reflejada en la desigualdad. “No puede haber más y mejor democracia si no hay una reducción de la desigualdad económica. El neoliberalismo genera exactamente lo contrario: una profundización de la desigualdad”, lo que ha quedado demostrado en el último siglo, principalmente los últimos 40 años. De acuerdo al informe de Unicef: “Desigualdad Global” (2012), desde 1820 a 2002, la desigualdad mundial aumentó de forma constante, “con una subida significativa desde 1980 en adelante”, lo que coincide con el periodo de mayor inserción del modelo neoliberal en el sector occidental.

Según el documento, en el año 2007 “los 61 millones de personas más ricas (1 % de la población global) tenían la misma cantidad de ingreso que los 3.500 millones más pobres (56 %)”.  Aproximadamente 1.200 millones de personas vivían en extrema pobreza, con menos de 1.25 dólares al día en 2007 (22 %), y 2.200 millones con menos de 2 dólares al día (40%).

Por otra parte, en los últimos cinco años, “la riqueza en manos de las 62 personas más ricas del mundo se ha incrementado en un 45%”, cerca de medio billón de dólares en 2010, hasta alcanzar 1,76 billones de dólares en 2016, según cifras de la ONG Oxfam. En paralelo, “la riqueza en manos de la mitad más pobre de la población se redujo en más de un billón de dólares en el mismo periodo, un desplome del 38%”.

En el caso de Chile, los índices de desigualdad lo llevan a ser uno de los punteros en la región. A pesar de que ha sido la economía local que más ha crecido desde la década de 1980, el informe OCDE de 2015 remarca un negro panorama. "Chile sigue siendo una sociedad altamente desigual en términos de ingresos, educación y bienestar. El mercado laboral muestra una dualidad que redunda en una muy desigual distribución salarial", explicita el informe. Esto significa que el “10% más rico tiene un ingreso 27 veces superior al 10% más pobre”, logrando el número 14 en la lista de medición de desigualdad del Banco Mundial.

Como consta en la investigación Oxfam, basada en datos de Credit Suisse Global Wealth Datebook, 2013 y 2014, y la lista de multimillonarios de Forbes, el panorama de la desigualdad seguirá creciendo, hasta “alcanzar cotas insoportables”. Para el próximo año, las 85 personas más ricas del mundo concentrarán el 50% de los recursos. Esto equivale a la riqueza que concentran los 3.500 millones de personas más pobres del mundo, como ya ha sido señalado.

Siguiendo la tesis planteada por Chomsky, Oxfam asegura que estas cifras dejan al descubierto que “el poder y los privilegios se están utilizando para manipular el sistema económico y así ampliar la brecha, dejando sin esperanza a cientos de millones de personas pobres”. Además, en su informe evidencia un ejemplo de cómo el sistema económico globalizado genera espacios en pos de mantener privilegios para aquellos que detentan el poder económico: “El entramado mundial de paraísos fiscales permite que una minoría privilegiada oculte en ellos 7,6 billones de dólares”, señala.

“Si durante 1990 y 2010 la desigualdad dentro de los países no hubiese aumentado, otros 200 millones de personas habrían salido de la pobreza, una cifra que podría haberse incrementado hasta alcanzar los 700 millones de personas, si las personas más pobres se hubiesen beneficiado más del crecimiento económico que los sectores más pudientes”, concluye el informe.

Guetos, exitismo y marginalidad

En la visión de los especialistas, la extrema desigualdad trae consigo un hastío en contra del sistema político, el que puede expresarse de distintas formas. Por un lado, se desarrollan respuestas sobre la base al estallido social, movilizaciones, demandas que se plasman más allá de la institucionalidad. Por otra parte, hay reacciones que ocupan los espacios que deja abierta la democracia en crisis, lo que ven como una oportunidad para imponer, por la vía institucional, posiciones que parecerían haber sido zanjadas hace años por el sentido común. Un ejemplo de esto es el triunfo de la opción de que Reino Unido abandonara la Unión Europea, en un referendo realizado el pasado 23 de junio. El Brexit, fue liderado por el excéntrico militante del Partido Conservador, Boris Johnson, quien “con muy pocos votos, de cierta Inglaterra profunda, logró la brutalidad de romper Europa”, señala el académico Ricardo Espinoza.

Otro ejemplo es el de Francia, en donde “ha ido creciendo cierto fascismo, ante los ataques de Isis”, explicado por el hecho de que la sociedad francesa se encontraría “al borde de un ataque de nervios”. Otra muestra es la candidatura del empresario republicano Donald Trump, cuya figura y arrastre –a juicio de Espinoza– han demostrado que “hay millones de estadounidenses al acecho". Y añade: "Es increíble que se haya logrado que Hilary Clinton sea una heroína porque no puede salir Trump”. Estas situaciones evidencian que “hay un choque entre formaciones capitalistas y ante esto solo quedan los populismos”, sentencia el académico.

El periodista de DD.HH., Giorgio Trucchi, explica este proceso de desintegración y constitución de la desconfianza a partir de la crisis migratoria en Europa y el realce de la derecha “populista y racista europea”. En su texto Crisis migratoria: una tragedia con tintes xenófobos, establece que “la crisis económica y social que se ha desatado a partir del 2008 ha venido cercenando certezas consolidadas, sobre todo en términos de trabajo y de calidad de vida. Además, la amenaza del terrorismo ha creado un ambiente de inseguridad, que es aprovechado por estos movimientos que ofrecen medidas radicales y populistas”.

Agrega que existe una Europa “cada vez más intolerante y replegada sobre sí misma. La socialdemocracia europea no tiene un proyecto alternativo, y su debilidad estructural no permite conjugar la exigencia de tutelar la seguridad ciudadana con la inclusión de los inmigrantes como recurso, y no como peligro para los países”. De esto “se aprovecha la nueva derecha, que usa al inmigrante como chivo expiatorio para generar más temor y sacar rédito político”, apunta.

Este síntoma de marginalidad y concentración de la riqueza, producido por la implementación del neoliberalismo, trae consigo la construcción de guetos sociales, islas completas de ciudadanos que, al no poder constituirse en poderosos ni tampoco en consumidores –principalmente capas medias de la sociedad–, simplemente quedan fuera del sistema. Uno de estos casos es el del condado de McDowell, relatado por El País en su reportaje “La muerte de la América blanca”. El texto narra la historia de un pueblo de Virginia Occidental, que ha visto la extinción de la clase media, sumiéndose en un círculo de pobreza que lo lleva a tener más de un 13% de desempleo, menos de la mitad del ingreso per cápita del resto del país y casi un 35% de tasa de pobreza.

La foto que retrata el pesar de este pueblo, que en algún momento fue centro de producción agrícola, se sume entre el fuerte problema de drogas de sus miembros más jóvenes, las altas tasas de mortalidad y hasta el cierre de uno de los estandartes del progreso  y del neoliberalismo: Walmart.

Los Apalaches es el reflejo mismo del comportamiento de las personas ante la desafección política, la ignorancia de aquellos que detentan el poder y  el abandono del Estado. En el reportaje sus habitantes relatan la falta de confianza en las autoridades e inclinan la balanza –conscientes de que puede no ser la mejor opción– hacia votar por el candidato republicano Donald Trump. “Hillary Clinton, dio por hecho hace unos meses que muchos mineros del carbón se quedarían sin trabajo, lo que se interpretó como una declaración de guerra contra los habitantes de los Apalaches”, afirma El País.

Es así como la deslegitimación de la política –siguiendo la línea de Chomsky– por la falta de respuestas y soluciones, llevan a que la idea implantada en el subconsciente neoliberal “de que el gobierno se ha convertido en parte del problema y no de la solución, se imponga y profundice la crisis”.

Sobrepasar la institucionalidad que quedó corta

Por otra parte se dan expresiones que desbordan, de manera consciente o inconsciente, la institucionalidad democrática neoliberal. Desde el punto de vista del profesor Ricardo Espinoza, el hastío de la gente, su indignación, lleva a que nazcan fuerzas que generan “microestados, formas de organizarse, que se dan desde Chile hasta Siria, en distintas partes y, estructuras sociohistóricas y políticas”. Ejemplo de esto han sido las movilizaciones en nuestro país en los últimos años. Comenzaron con una emergente Revolución Pingüina en 2006, pasaron a consolidarse en el sector estudiantil en 2011, pero se abrieron, masificaron y transversalizaron este año 2016 con las marchas “No+AFP” y la masiva manifestación internacional de “Ni Una Menos”.

“Es un fenómeno que se está dando clarísimamente en España, Colombia, Brasil, se expande en Alemania, Austria y lo que pasa en Argentina ahora, también en la zona mediterránea oriental, Turquía, Siria. Es un malestar absoluto. No da el ancho esta democracia, porque el sistema de representación está obsoleto y está absolutamente capturado por el capital”, agrega el profesor Espinoza y sentencia que en estas expresiones “hay una gran esperanza y cosas que pensar”.

En Chile, esta crisis de la democracia o del sistema político repercutió en las elecciones municipales. Estos síntomas que expresan la desafección política y el hastío social se expresaron en el 65% de abstención. Al igual como se ha dado en otros países, la convocatoria tradicional de la participación ciudadana a través de la urna parece no convocar aquel sueño de una nueva democracia. Gisela Brito señala que “la creencia extendida de que la participación política mediante los canales convencionales no es efectiva para incidir en la toma de decisiones sobre asuntos públicos” se materializa y “la crisis de los partidos políticos y el surgimiento de otras formas de participación ponen en tensión a los sistemas políticos”.

Hace un mes esto se expresó en el referendo colombiano de consulta por “La Paz con las FARC”, proceso del cual se restó cerca del 62% de los ciudadanos colombianos. “Todos querían la paz, pero cuando toda la gente de Uribe –ex Presidente de Colombia, del Centro Democrático– va a votar, sucede lo imposible”, indica Espinoza.

Chile: abstención, la derecha y proyectos de cambios

Bajo este panorama, según Ricardo Espinoza, queda absolutamente en evidencia “que lo que pasa en el mundo afecta a Chile”. Respecto al triunfo de la derecha, que recuperó comunas emblemáticas como las de Santiago y Providencia, esto es expresión de un síntoma que se evidenció en el Brexit y se teme que ocurra en las elecciones de EE.UU. Según el filósofo, “el votante conservador, sobre todo la gente mayor, o ideológicamente convencida de esta opción, va a votar. Es gente que no tiene mayor crítica o reflexión filosófica, son mucho más Narcisos y tienen más clara una estructura valórica”.

Por otra parte, a juicio de Espinoza, “el votante de izquierda” es más “crítico, reflexivo, se aglutina tras candidatos que no tienen peso por sí mismo; o no va a votar, se siente en la puridad de su voto y no lo entrega”. Esta podría haber sido una de las razones de la abstención masiva del domingo pasado. “La gente de derecha sabe que el populismo funciona, que la gente quiere las cosas bien claras, simples, que el dinero se mantenga en sus bolsillos, de forma rápida y efectiva. Por eso se impone Lavín, Virginia Reginato en Viña del Mar y Matthei en Providencia”.

En otra vereda están los resultados de las elecciones en Valparaíso. “El acontecimiento Jorge Sharp está levantado en una base electoral gastada, cansada, aburrida, con altos niveles de corrupción, desidia y mala gestión. Y con todas las prácticas de la política chilena que la Nueva Mayoría y Chile Vamos no quieren cambiar porque les conviene”, asegura el filósofo.

El especialista indica que puede compararse con el fenómeno de Podemos, en España, pero que espera que haya una diferencia con la ejecución del proyecto. Agrega que una cualidad de la carrera de Sharp es que surge desde un momento de indignación, las personas “no se toman las plazas, pero sí las redes sociales, y la gente que no está habituada a votar llega hasta las urnas (...) hay un significante que aglutina en el vacío, un joven, líder estudiantil con buenos discursos, pocos recursos pero trabajando barrio a barrio”.

El fenómeno Sharp y asimismo el incipiente poder que han ido retomando los populismos, seguirán proliferando mientras se intensifique la crisis de la democracia neoliberal. Y es en este contexto de cambio y estallido constante que los distintos actores del juego político-social se reconfiguran, mutan y disfrazan para permanecer en la carrera electoral, financiados por las grandes transnacionales y el poder económico. A juicio de Chomsky, solo un cambio profundo en la sociedad y en la subjetividad de las personas puede llevar a que la crisis termine.

“Existe una gran oportunidad en EE.UU., en una sociedad que sigue siendo la más libre del mundo (...). Lo importante son las acciones de la gente sencilla, que sientan las bases de los sucesos importantes que pasan a la historia”, finaliza Noam Chomsky.

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