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Opinión

El Frente Profundo: algunas lecciones sobre las mayorías sacadas de la gesta histórica en Valparaíso

por 5 noviembre, 2016

El Frente Profundo: algunas lecciones sobre las mayorías sacadas de la gesta histórica en Valparaíso
En esta columna no intento evaluar éxitos y fracasos dela Concertación, sino evaluar esa tesis de una supuesta inevitabilidad de la alianza del centro con la izquierda, para poder gobernar con las mayorías. Esto, en el contexto de nuestros esfuerzos para conformar un “Frente Amplio”.
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Lo que pasó en Valparaíso nos remeció a todos. Sobre todo para los que estamos tratando de levantar un nuevo bloque social y político ─distinto a las dos coaliciones que han marcado nuestro país en las últimas décadas─, fue una inyección de entusiasmo y esperanza como pocas. Sin duda mucho de lo que pasó en el puerto se explica por fenómenos locales y los atributos de los candidatos. Quizás por eso resulte difícil sacar conclusiones aplicables al resto país. Difícil, pero necesario. Habiendo pasado algo de la euforia inicial, esta columna intenta dilucidar algunos aprendizajes, útiles para la conformación de un frente amplio que dispute electoralmente en el plano local y nacional, con posibilidades de ganar.

La Concertación fue una coalición electoralmente exitosa. Mal que mal logró comandar el destino de nuestro país por cerca de 20 años, ganando elección tras elección. En ese proceso generó una masa crítica de funcionarios y operadores que le permitieron conducirse entre medio de crisis económicas y sociales, cuestionamientos a la relación entre política y dinero (aunque no de tanta intensidad como lo que ha salido a la luz en el último tiempo) y, una creciente desafección de su base electoral e, incluso, de su base militante. Hasta que ya no lo logró.

¿Qué fue exactamente lo que le pasó a la Concertación que la llevó a su fin como proyecto electoral? Para entender, habría que partir por clarificar cuál fue la clave que permitió el rendimiento electoral exitoso de esa coalición.

La principal tesis que permitió consolidar esa coalición no es ningún misterio y se ha discutido hasta hacer gárgaras con ella: “la unidad del centro con la izquierda”. Básicamente, las cicatrices de persecución y exilio de la dictadura habrían llevado a reconocer una virtud en la capacidad de mantención del orden institucional ilustrado, que pudiera tener una alianza como esa. A esa conclusión habrían llegado algunos, al considerar, con un poco de nostalgia avergonzada, sus juventudes impetuosas y revolucionarias. Asimismo, el proyecto de Allende y la Unidad Popular, según las tesis concertacionistas predominante, habría fracasado debido a que le faltó amplitud, al aislarse en el tercio de la izquierda. Es decir, solo la amplitud, medida en el eje izquierda-centro-derecha, puede alcanzar un espacio de mayoría suficiente para bien gobernar.

En esta columna no intento evaluar éxitos y fracasos dela Concertación, sino evaluar esa tesis de una supuesta inevitabilidad de la alianza del centro con la izquierda, para poder gobernar con las mayorías. Esto, en el contexto de nuestros esfuerzos para conformar un “Frente Amplio”.

Hace poco la encuesta multimetodológica “Triangular” encontró que la mayor parte de la población no se identifica con una posición en el eje ‘izquierda/derecha’ (56%). Este hecho (que se observa en muchos estudios de forma similar) permite mirar con otra luz la tesis sobre las bondades de una alianza del “centro con la izquierda”. No como un llamado a un acercamiento de la ciudadanía ideológicamente marcada por visiones políticas y sociales distintas, sino más bien, como una postura de alianza entre algunas orgánicas partidarias. Esta distinción puede que no haya sido tan importante hace algún tiempo, pero cuando la desconexión de la mayoría de los partidos con la ciudadanía es tan fuerte, estas dos cuestiones son muy diferentes en términos de la amplitud social y política que significan.

Así, en el caso de Valparaíso, y yendo más allá del eje izquierda derecha, ¿Cuál plataforma fue más amplia? ¿La del “centro con la izquierda” reflejada en la Nueva Mayoría o la de la plataforma que sostuvo la candidatura de Sharp? Probablemente, si entendiéramos la amplitud como la suma lineal del poder electoral de las orgánicas que lo componen, encontraríamos que la Nueva Mayoría tiene mayor amplitud, esto es, amplitud orgánica.

Sin embargo, la amplitud orgánica no es la única. Lo que el Pacto Urbano la Matriz logró reunir, trasciende la amplitud medida en siglas. Un primer fenómeno interesante de este espacio es su amplitud como transversalidad, más allá de la sopa de letras. Si bien existía una amplitud orgánica que se reflejaba en la presencia de movimientos y partidos (en el que participamos como RD), más relevante fue la confluencia de actores sociales y activistas tan diversos como sus luchas, desde lo estudiantil a lo patrimonial y medioambiental, artistas y pescadores. Diversidad de edades, de género, de sectores productivos, de proveniencia y de motivación. En definitiva, lo relevante fue la capacidad de encarnar sujetos sociales diversos, más allá de las siglas.

Esta amplitud en la transversalidad es, sin duda, una primera lección del ejemplo de Valparaíso. Tenemos muchos intentos de amplitud orgánica en la izquierda, en que nos dejamos seducir por la ilusión de confluencia que permite el poner muchas siglas juntas, pero eso no basta. Sin embargo, y para ser justos, también tenemos en la izquierda algunos ejemplos de amplitud transversal, que tampoco logran dar el salto en lo electoral. Pareciera que ambas amplitudes son necesarias, pero no suficientes.

La realización de primarias ciudadanas por el Pacto Urbano la Matriz, fue el elemento clave que permitió el paso de la amplitud orgánica y trasversal, a algo más. Las primarias permitieron además dar profundidad social a la coalición, ya que fueron capaces lograr que ella plasmara fielmente un importante sentir ciudadano. Ese “ciudadanismo” permitió que la plataforma fuera mucho más que la suma lineal de las orgánicas que lo integraban y mucho más que la transversalidad de sujetos sociales que lo compusieron. El ciudadanismo permitió reemplazar el tablero, reposicionando la discusión en el eje arriba-abajo, además de izquierda-centro-derecha. Ya no se trataba solo de la pelea intra-política entre distintos sectores de la política tradicional, sino que era la ciudadanía del puerto la que se rebelaba contra el abandono impuesto por esa política.

Quizás la lección más relevante de lo que pasó en el puerto es que necesitamos una nueva gramática de la política para entendernos. En Valparaíso un frente profundo, amplio y transversal le ganó, no solo a la concepción concertacionista de una “alianza del centro con la izquierda”, sacó más votación (53,8%) que esa unión (22,4%) y la derecha (22,6%) sumadas.

Intentar entender ese desborde electoral apelando a la gramática tradicional de los noventa es un ejercicio fútil. A pesar de la resistencia de algunos, necesitamos una nueva gramática para entender estos fenómenos. Sólo así se evitarán errores como, por ejemplo, el de plantear que la oposición a la reformas del gobierno se pudiera resolver “desplazando el discurso hacia el centro”, mediante fórmulas como la del ya desperfilado “realismo sin renuncia”.

Lo que pasó en Valparaíso nos dejó con uno de esos problemas que da gusto tener: tener que acelerar el proceso de confluencia y de emergencia de una alternativa, en miras al 2017. Nuestro desafío en el proceso de construcción de un Frente Amplio pasa por lograr su creciente amplitud en tres aspectos: orgánica, transversalidad y profundidad social, privilegiando siempre la profundidad. Al final del día, la pregunta clave es si estamos con la ciudadanía. Sin ello, el esfuerzo sólo construirá ilusiones.

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