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Cuando la violencia de género se hace omnipresente

por 30 agosto, 2021

Cuando la violencia de género se hace omnipresente

Créditos: Foto de EFE/Shawn Thew

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Afganistán parece tan distinto, tan lejano, situado miles y miles de kilómetros y con tradiciones de cientos de años atrás. Pero no lo es, ni en tiempo ni en espacio, pues es parte de este mundo hiperconectado y globalizado, en el que hay fácil acceso a lugares y realidades diversas.

En estos días, la mirada internacional está puesta en este país, que después de veinte años de ocupación estadounidense, ve cómo los talibanes vuelven al poder, lo que significa que retorna un gobierno regido por la ley islámica. Para las mujeres y niñas que habitan esta zona, el retroceso es abismal, considerando que, con ello, resurgen todas las prohibiciones hacia el género que parecían ya superadas, como es trabajar, estudiar, salir solas a la calle, entre otras.

No podemos dejar que luchen solas, que mueran en vida, que mueran lejos. No podemos quedarnos en silencio, porque somos ellas.

El mundo investiga, las ONG alzan la voz, pero con los días este ruido de pedir justicia y de asombro ante la crueldad y la vulneración, se irá enmudeciendo y será cada vez más lejanas las voces que hoy ruegan por ayuda. Es difícil que alguien las pueda socorrer, porque la amenaza viene desde el Estado, el organismo que debe ser el primer garante de los derechos humanos en cualquier país. En este caso, no sólo no lo es, sino que es el que avala, encubre y se organiza en torno a un sistema misógino, machista y cruel, que hace veinte años perdió el poder y hoy regresa como si el tiempo se hubiera detenido siglos atrás.

Las huellas de los pasos de mujeres y niñas afganas caminando en la calle o estudiando, se están borrando paulatinamente. ¿Tan efímeros son los avances logrados que somos capaces de retroceder décadas en pocos días? ¿Se puede borrar la historia y luchas de mujeres por sus derechos? A las niñas que no conocerán otra realidad que la de un gobierno talibán, les estamos comunicando que nadie las salvará. Pensarán que el mundo es un lugar hostil para ellas únicamente por ser “ellas”. A sus madres y abuelas les estamos diciendo que vuelvan a sus casas y que sus esfuerzos por una sociedad más justa y equitativa han quedado guardados en un subterráneo de la sede de la ONU.

Cuando es el Estado el que viola los derechos humanos, los derechos de las mujeres y niñas, cuando existe violencia política, los efectos pueden ser devastadores. El trauma de ver amenazada la vida, los proyectos y la subjetividad, impacta en la salud mental y física de quienes la sufren, y además se transmitirse transgeneracionalmente. Se ha estudiado que para las sobrevivientes de experiencias de esta índole, las consecuencias psicológicas son graves: pueden presentar depresión, intentos de suicidio, crisis de pánico, alteraciones en la manera de vincularse, de percibir el entorno, de vivir finalmente.

Porque ante la violencia sociopolítica no hay refugio donde esconderse. Es omnipresente, entonces las mujeres y niñas tienen pocas alternativas: el exilio, luchar o morir.

La activista afgana Fariha Esar manifestó que “no renunciaremos a nuestro derecho a la educación, el derecho al trabajo y nuestro derecho a la participación política y social". Ella y muchas mujeres del país están luchando, al protestar públicamente y enfrentarse a los talibanes, a estos hombres con barbas y metralletas que representan la masculinidad hegemónica actualmente en crisis.

No podemos dejar que luchen solas, que mueran en vida, que mueran lejos. No podemos quedarnos en silencio, porque somos ellas. Finalmente, y si nos detenemos a mirar bien, la realidad de un Estado violento, con leyes que privilegian a los hombres en desmedro del género femenino, no está a miles y miles de kilómetros de nosotras, puede estar a la vuelta de la esquina.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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