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A propósito del ciclo homenaje que se le tributa en la Cineteca Nacional

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“Tres tristes tigres”, de Raúl Ruiz: A Santiago, ciudad querida

por 28 julio, 2016

“Tres tristes tigres”, de Raúl Ruiz: A Santiago, ciudad querida
El reestreno de una versión mejorada técnicamente (en el sonido, principalmente), del filme que lanzó a la fama al realizador más importante de la historia audiovisual chilena, trae desde el pasado, una interpretación cinematográfica desde la ficción, de los ambientes y el espíritu de la capital de Chile, al final de la década de 1960, en la previa al triunfo electoral del Presidente Salvador Allende y del advenimiento de la Unidad Popular. Una cámara versátil, que transita por la Alameda y Providencia, y la soberbia actuación de Jaime Vadell, insinuaban al autor que estallaría artísticamente, y a plenitud, durante el posterior exilio francés.
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Dedicada al novelista y cronista Joaquín Edwards Bello, al poeta Nicanor Parra y a la gloria del club deportivo Colo-Colo, algo así reza como epígrafe de apertura el segundo crédito de ficción de Raúl Ruiz (1941-2011), y que por estos días se exhibe remasterizada en un extenso ciclo dedicado a su trayectoria, en las salas de la Cineteca Nacional.

Tres tristes tigres (1968) es una película donde ya sobresalen los principales temas estéticos de la etapa chilena del director: la obsesión por filmar las calles de Santiago como manifestación metafísica y representativa de algo más que un “argot” citadino, la pasión por la lectura literaria (uno de los protagonistas del filme guarda en su bolso tres tomos de las antiguas colecciones de la editorial Aguilar, que en el Chile antiguo eran un objeto de culto, al salir de una pensión); y el propósito de plasmar la populosa y chispeante vida moderna de la urbe a través de sus bares, los encuentros amorosos en una terraza improvisada de Providencia, las conversaciones en torno a tópicos políticos y de trascendencia nacional (el gobierno de Eduardo Frei Montalva y el recuerdo del terremoto de 1960, sin ir más lejos); hacen de este título un completo compendio “ideológico” del cineasta que tres décadas después recibiría la confianza y el apoyo de la élite artística e intelectual francesa, para reproducir en imágenes, el corpus novelístico de uno de sus mayores emblemas nacionales: Marcel Proust.

Suena un bolero, marchito, melancólico, emocionante, y también las alternativas del superclásico del fútbol chileno de la época: Leonel corre por la izquierda, se saca de encima a uno, dos, tres jugadores del Cacique, intenta centrar para Carlos Campos, pero un defensor albo bloquea el avance azul, y la retaguardia colocolina da inicio al contraataque. El fútbol es un protagonista de la antipoesía, como lo son los negocios truchos (lo del Rudy, Carlos Sanhueza, y el personaje anónimo que interpreta el incombustible Jaime Celedón), en ese país donde el proteccionismo económico y el mantenimiento de las bandas de precio, permitía la proliferación irregular de ricos hombres dedicados al contrabando y al mercado negro. Los “Chicago Boys”, años después, legalizarían el asunto.

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Sorprende la cámara de Ruiz: picados y contrapicados (lente hacia abajo y hacia arriba, respectivamente) en los espacios reducidos, con la finalidad de construir la intimidad fílmica de una pensión del barrio Mapocho, o del moderno living (un departamento del Centro), donde el Rudy convidaba a sus amantes ocasionales, y hablaba de su padre muerto en Puerto Montt por el terremoto del ’60, y donde el Tito lo golpea en un arranque de desenfado y de bestialidad gratuita, que el cineasta parece identificar con los síntomas de un pueblo que puede rebelarse en el momento menos pensado, hacia la gloria, la libertad, o también hacia la nada.

Los puentes de acero que surcan el Mapocho (una herencia del Presidente Balmaceda), el cerro San Cristóbal y La Moneda (hitos geográficos para el realizador), dibujan el mapa de un Santiago acostado encima de una pared, a modo de señas que sitúan a una urbe enterrada, con códigos de simbología, indicaciones y tesoros, que sólo conocen unos cuantos iniciados. En efecto, la década de 1960, constituyó la “temporada de liquidación” de la novela acerca, e inspirada en la ciudad capital, por excelencia: mencionemos los esbozos de Juan Agustín Palazuelos (Según el orden del tiempo y Muy temprano para Santiago), Mauricio Wacquez (Toda la luz del mediodía), Enrique Lafourcade (Novela de Navidad y Frecuencia modulada), Guillermo Atías (A la sombra de los días) y de José Donoso (Coronación y Este domingo).

Luego, Ruíz trabajaría con este último y su texto Palomita blanca, en la última cinta que rodó en Chile, antes de partir a su exilio francés. Así, la periodicidad de los amores en fuga, la pituquería y su habitante snob, la idea del valle Central de Chile como el único lugar que se salvaría de una explosión atómica a nivel mundial, son conceptos de Joaquín Edwards Bello, que el autor repite pronunciados por la boca desencantada del Rudy. Porque como en las ficciones del histórico cronista de La Nación, en esta cinta Chile es el espacio o el país de las mitologías que nunca ocurrieron, ni menos sucederán, pero que determinan los días, y la biografía, de sus atormentados concurrentes.

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A este lado del río, al norte del Mapocho: definiciones que también sobreviven en esta metáfora audiovisual de un Santiago que mantiene identidades que todavía permanecen desde los tiempos de la conquista hispánica, y que acogen y escenifican, las crisis existenciales del Tito, y la indiferencia de apellido nihilista del Rudy. O los viajes en “liebre”, primera secuencia de la cinta, en un encuadre de realismo social, propio de las descripciones certeras, breves y contundentes de las novelas El roto, o de La chica del Crillón, ambas de Edwards Bello.

Los personajes de Tres tristes tigres (una traslación de la obra teatral, de Alejandro Sieveking), recorren esos bares de la ciudad de antaño, donde se cocinaba y se freía con manteca, se bebía pipeño, vino afrutado o piscola tibia, y la gente se limpiaba con el agua y el trapo mojado en un lavatorio con agua caliente, los más suertudos (las duchas eran escasas), y se guardaba, las peinetas dentro de la chaqueta al uso, o de infinita cartera femenina. El guión y el lente se esmeran por mostrar y gritar: este es el Santiago de 1968, y aquellos sus seres adscritos, y esos los licores con los que se emborrachan, la música que los consuela, el fútbol que les divierte, y los sentimientos que los embriagan.

Soledad, rabia, frustración, caminatas por un Paseo Ahumada o calle de Huérfanos, que sostienen los pasos furibundos y perdidos del Tito. Los travelling son la perdición exquisita de Ruiz: arriba de un auto, de una motocicleta, o en la persecución de sus protagonistas. Y esa será una firma del cineasta, durante toda su filmografía. Ver, tocar y mostrar, nuevamente. Hasta la violencia tiene un aire de absurda parodia, de teatro noir, y que persiste hasta el final del largometraje: una clínica, hospital, recién inaugurado en esos años, que no alcancé a identificar, y el Rudy es dejado, tirado y botado, en plena vía pública, golpeado, moreteado, desfigurado, a modo de jocoso reclamo por una invisible y colosal atención médica.

Película sobre Santiago, quizás la más hermosa que se haya rodado nunca, por la diversidad de las realidades que plasma, y el cariño con que las mira, Tres tristes tigres pervive en un diálogo con la memoria histórica del país, el prodigioso talento audiovisual de su autor, y el registro de un cataclismo por venir: el que se insinúa en esos planos de casas sencillas y de fachada continua, enfrentadas a la modernidad de las grandes y abiertas avenidas, por donde rodaba el desparpajo del Rudy y de sus asociados. En efecto, no se observan ni se escuchan marchas o grandes manifestaciones populares, pero sí se trasunta el odio, el desdén y la reacción, por ambos lados.

Un profeta y un vaticinador Raúl Ruiz, como el poeta que cita al comienzo de su obra: Nicanor Parra.

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