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Película "Cold War": más elegancia que sustancia

por 24 enero, 2019

Película
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Paweł Pawlikowski, director de la destacada y destacable Ida, óscar a la mejor película de habla no inglesa del 2015, ha estrenado este año en cines chilenos su nueva propuesta, denominada en inglés Cold War (Guerra fría). Las expectativas, sin duda, son altas. Ida demostró su maestría en manejar el contraste entre la elegante superficie fílmica –cuadros maravillosamente enmarcados, expresivos contrastes entre luces y sombras– y el torbellino interior de sus protagonistas. Cold War, si bien retiene y hasta aumenta el nivel de la factura, tropieza en este segundo aspecto. Sus personajes se nos aparecen pueriles, predecibles en su arbitrariedad, determinados por sus roles de género y por su época hasta un punto en que se nos vuelven distantes e invisibles. Meros títeres en un escenario visual, que es donde Pawlikowski parece estar más a gusto y donde se muestra efectivo en su profundo tradicionalismo.

La historia empieza a estirar la paciencia de su auditorio, pues Pawlikowski desperdicia la oportunidad de insertar un poco de profundidad en sus personajes, explicarnos mejor sus limitaciones.

Cold War es, en el fondo, una historia de amor a lo Rayuela de Julio Cortázar, pero situada en las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial: una pasión incendiaria que se extiende a lo largo de años y años y quema todo lo que toca, generando encuentros y desencuentros en la búsqueda por un idilio imposible. En el intertanto los enamorados, Zula y Wiktor, cruzan varias veces la Cortina de Hierro que dividía Europa. En este contraste entre dos mundos aparece lo mejor de la película. Pawlikowski logra imaginar muy bien el tipo de tensión que se vivía dentro del régimen soviético y la fantasía desenfrenada que pudo significar para sus víctimas el paso a las grandes capitales de Occidente. El día en que Zula y Wiktor habían acordado escapar juntos, cruzando el paso fronterizo de Berlín –antes de la construcción del muro– ella no acude a la cita y Wiktor decide cruzar solo. Ese error, que gatilla la trama de la película, es uno que ella nunca le terminará de perdonar y del cual él mismo se arrepentirá muchas veces.

Cuando vuelven a encontrarse en París, años después, ambos han cambiado. Zula es una artista reconocida en la Unión Soviética por sus elaborados espectáculos costumbristas; Wiktor, en cambio, es un establecido músico de jazz de la escena parisina. Reanudan el romance, pero algo anda mal, algo no encaja. La pareja vive tácitamente asediada por la presión que supone tener, por fin, la oportunidad de llevar a cabo algo soñado por tanto tiempo. Sin embargo, debido a un par de giros en la trama, la tensión que había empezado a construirse entre ellos súbitamente se disipa antes que estén obligados a conocerse en serio, a negociar y a convivir. La historia empieza a estirar la paciencia de su auditorio, pues Pawlikowski desperdicia la oportunidad de insertar un poco de profundidad en sus personajes, explicarnos mejor sus limitaciones. En algún punto resulta evidente que, cuadro maravilloso tras cuadro maravilloso, el filme ha renunciado a intentar revelarnos su mundo. De ahí en adelante, meramente repite el patrón establecido al comienzo. Se juntan y se separan, se juntan y se separan, y se vuelve difícil aguantar la indiferencia.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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