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“Leaving Neverland": el retrato de un dios corrompido

por 16 marzo, 2019

Leaving Neverland (Dejando el país de Nunca Jamás), el nuevo documental cuya primera parte se estrena en nuestro país hoy, sábado 16 de marzo, a las 20:00 en HBO, consiste en largas entrevistas a dos hombres adultos y sus familias. Ambos hombres conocieron a Michael Jackson cuando tenían siete años: uno imitaba sus pasos de baile en eventos locales y el otro aparecía en comerciales publicitarios.
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En el año 1993, Evan Chandler acusó a Michael Jackson de haber abusado sexualmente de su hijo de 13 años, Jordan Chandler. Jackson se había hecho amigo de la familia Chandler e invitaba a sus miembros a pasar temporadas en su gigantesca mansión que llamaba “El Rancho de Nunca Jamás", una especie de parque de diversiones que se había construido en un terreno enorme y aislado.

El caso generó gran polémica y terminó con un acuerdo de compensación de 23 millones de dólares. Años después, en el 2004, Jackson volvió a ser acusado en un caso similar, pero esta vez hubo juicio. Famosamente, el cantante fue juzgado inocente y todos los cargos fueron abandonados.

Leaving Neverland

Sin embargo, ya en ese juicio había muchos elementos que habrían inquietado a cualquier persona razonable. Según diversos testimonios, Jackson hacía todo lo posible por quedarse solo con niños pequeños a los que llamaba sus “amigos”. Ocasionalmente dormía con ellos en la misma cama de una manera que él caracterizaba como amistosa, pero no sexual.

Lo que más enfatiza "Leaving Neverland" es esta cualidad distorsionadora que tienen la fama y el poder absoluto del dinero. Porque estas familias, (...) nunca llegaron a concebir que Michael Jackson, esa celebridad tan generosa e infantil y más grande que la vida misma, pudiera contener la capacidad de hacer daño. ¡Todo lo que él les había dado era bueno!

Leaving Neverland (Dejando el país de Nunca Jamás), el nuevo documental cuya primera parte se estrena en nuestro país hoy a las 20:00 en HBO, consiste en largas entrevistas a dos hombres adultos y sus familias. Ambos hombres conocieron a Michael Jackson cuando tenían siete años: uno imitaba sus pasos de baile en eventos locales y el otro aparecía en comerciales publicitarios.

Ambos cuentan historias paralelas que tienen una cantidad escalofriante de puntos en común. El más notorio es este: para esos niños, que escuchaban las canciones de Michael Jackson desde siempre, que lo veían en la tele, que lo admiraban de una manera que era simplemente indescriptible, Jackson pertenecía a otro mundo, y cuando él se acercó a sus familias, las invitó a pasar temporadas en su rancho, lentamente se ganó el privilegio de que los niños durmieran en una pieza aledaña a la suya y luego en su propia pieza, y hasta en el mismo momento en que Michael Jackson les enseñó a practicar sexo oral o los hizo ponerse en cuatro patas para masturbarse contemplándoles el ano, todo lo que hacía ese hombre prodigioso no era algo raro ni perturbador, sino la parte más pesadillesca de un sueño, lo propio de alguien que tiene otro sentido de la realidad y para quien todo es posible.

Al otro día, cuando las luces se encendían, los terrores de la noche eran olvidados y Michael volvía a ser ese fiel compañero de juegos que tenía en su mansión una pieza de videojuegos, un parque de diversiones y un cine privado. Volvía ese mundo imposible de creer, el sueño de cualquier “niño normal”, como dice uno de los entrevistados.

Leaving Neverland

Lo que más enfatiza Leaving Neverland es esta cualidad distorsionadora que tienen la fama y el poder absoluto del dinero. Porque estas familias, que no eran, como podría pensarse, distantes ni negligentes, sino que estuvieron presentes durante todo el proceso y lentamente se fueron convirtiendo en cómplices involuntarios, nunca llegaron a concebir que Michael Jackson, esa celebridad tan generosa e infantil y más grande que la vida misma, como dice otro de los hombres, pudiera contener la capacidad de hacer daño. ¡Todo lo que él les había dado era bueno!

Y ahí se revela otra arista del abuso: el aprovechamiento de Jackson siempre iba acompañado de algún regalo en dinero o algo equivalente: viajes, suites presidenciales, aviones privados, salidas a acampar, todo corriendo por su cuenta y sin ninguna exigencia de por medio. La relación está tan impregnada de plata que, más tarde, lo que buscaron varios de sus acusadores no fue exactamente justicia, sino acuerdos financieros, compensaciones, civiles: unos cuantos millones.

La perversidad de Jackson, pareciera mientras van rodando los créditos, no era tanto una maldad interna y personal. Ese hombre solo, abusado y explotado por su propio padre, nostálgico a más no poder por la inocencia de la infancia e irreprimiblemente ansioso por terminar con la inocencia de los demás, pareciera a veces un reflejo torcido de su tiempo, que lo aisló para siempre en el minuto mismo en que lo convirtió en un dios.

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