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Escritor Gonzalo Contreras: “Cada uno trata de estar lo mejor posible parado en el mundo”

por 6 diciembre, 2019

Escritor Gonzalo Contreras: “Cada uno trata de estar lo mejor posible parado en el mundo”
Consultado por la crisis social, señala que "es una estupidez soberana dejarse incendiar por la contingencia". "Eso no tiene ni pies ni cabeza. No se te puede incendiar la cabeza por lo que está pasando ahora. Siempre vamos a seguir haciendo arte por esa gran interrogante de lo que es el mundo, la realidad, la realidad cotidiana y no tan solo de tiempos convulsionados. No vivimos en tiempos convulsionados siempre. Habitualmente no quemamos iglesias ni volamos puentes. Hay gente que quisiera vivir su vida así, yo no. Las grandes preguntas del ser humano van a seguir vigentes y ahí surge el instinto del arte. Lo otro es demagogia, de la peor".
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“Si cerraba los ojos, se decía que se amarían con Gastón por el resto de la vida, no envejecerían, sus cuerpos atravesarían inmaculados el tiempo, sudorosos, colmados de pasión y éxtasis, dos sobrevivientes de una tempestad eterna, como dos ángeles caídos que se mirarían el uno al otro con ojos sarcásticos, como dos que no son ni siquiera cercanos, sino apenas cómplices en una fechoría”, extracto del libro.

Los asaltantes del cielo (Seix Barral, 2019) es la nueva novela de Gonzalo Contreras, una historia que sigue los pasos de Cristina, la hija de Max Borda, protagonista de El nadador, quien regresa a Chile luego de separarse de su marido, Beltrán Jerez.

Pero no arriba sola, la acompaña su nuevo amor, Gastón Solar, un joven artista cuyo deseo más ferviente es montar una ópera de La tierra baldía de T.S. Eliot.

Este proyecto asoma para ellos como la gran posibilidad de reconstruir sus vidas. Una segunda parte que profundiza la compleja relación entre padre e hija, en un contexto de madurez, tensión y no pocos secretos.

Contreras (Santiago, 1958) es escritor chileno, autor del libro de cuentos La danza ejecutada (1986). Su novela La ciudad anterior, publicada por Editorial Planeta en 1991, ganó el Premio de la Revista de Libros de El Mercurio y obtuvo el Premio Municipal de Santiago. En 1995 publicó El nadador (Premio Consejo Nacional del Libro). Sus otros libros son El gran mal (1998), Los indicados (2001), La ley natural (2004), Cuentos reunidos (2008), Mecánica celeste (2013) y Mañana (2016).

-Gonzalo, tu libro es la continuación de El nadador, novela publicada en 1995 y con gran éxito, ¿por qué quisiste hacer una segunda parte? ¿Qué te motivó, más aún considerando estos más de veinte años?
-No estaba planificado que la siguiente novela después de Mañana fuera la continuación de una obra anterior. No me había planteado tal cosa. La novela parte con la lectura del poema que es un fragmento de The Waste Land de T.S. Eliot. La había leído hace muchos años, pero de repente me dije: “Yo quiero ese tono para mi próxima novela, esa ligereza coloquial que hay en esos primeros versos”. Porque para mí el tono es muy importante, el tipo de frecuencia en que va a transcurrir la escritura y que tiene que ver con mis búsquedas personales. Yo estaba por abrir mi escritura, desahogarla, meterle más aire. Alguien lee esos versos a un otro, esa idea me surgió. Y no sé por qué me surgió que ese otro fuera Cristina Borda, la que estaba escuchando el poema, la hija de Max Borda, el personaje de El nadador. Eso fue el arranque, de ahí no paré. Fue una escritura muy rica para mí, lo pasé muy bien escribiendo. En el último tiempo lo he pasado muy bien escribiendo.

-¿Cuánto te demoraste en escribir el libro?
-Me demoré dos años. Del verano del 2017 al verano del 2019. Escribo básicamente en la noche, pero en el verano sí puedo escribir de día, a diferencia del resto del año. En el verano me arriendo una cabañita y logro escribir fructíferamente. Avanzo mucho, puedo llegar hasta las cuatro mil palabras diarias.

-En tu novela usas un lenguaje que se desenvuelve a la par con las reflexiones o el mundo interior de los personajes. Hay mucho devaneo, tribulaciones, oraciones largas, además es un libro intenso, extenso en páginas, a contrapelo quizá de la nueva camada de escritores. ¿Esto fue así desde el principio? ¿Cómo surge el proceso escritural de Los asaltantes del cielo?
-Yo, hace una década más o menos, me leí En busca del tiempo perdido de nuevo entero, de la A a la Z e hice el ejercicio de leérmelo de la Z a la A. Es un libro que he leído cinco veces y descubrí el secreto de Proust: di lo que tengas en la mente, deja que tu mente se escurra, que tu pensamiento sea tu palabra, aquello que estás pensando, o que el personaje está pensando, déjalo fluir. Es muy importante que los escritores jóvenes lo sepan, hay que impregnarse de ese tipo de escrituras, dejarse llevar por ese caudal proustiano, el decirlo todo, lo que es literario y aquello que no aparece tan literario también.

-A propósito de una conversación que tuve con Luis Hachim, profesor y doctor en Literatura, ¿es importante volver a leer a los clásicos para lograr esas conexiones con el pasado que permiten resignificar y construir historias nuevas?
-Eso es muy interesante. El mismo T. S. Eliot ha reflexionado esto en un ensayo que se llama La tradición y talento individual. Si hay algo que conozco bien es la novela moderna, que parte con Balzac, incluso antes, con Jane Austen. Me siento muy cómodo con todos ellos. Yo no pretendo describirlos ni nada parecido, al contrario, los admiro. Admiro a cada escritor que ha hecho una gran obra. No hay ninguna parte de la cultura que me agreda, como supone el posestructuralismo, que el canon lo agrede. El canon es Joyce y Proust y si no los conoces no puedes hacer una novela moderna. ¿Qué es el concepto del tiempo para ellos? También Viaje al centro de la noche de Louis-Ferdinand Céline. Todos ellos son libros capitales, negarse al canon es cerrarse demasiadas puertas. He estudiado las técnicas de cada uno de ellos, trato de entender cómo y por qué lo hicieron, eso es un aprendizaje que todo escritor debe hacer. No hay escrituras sin lecturas. Me he leído también toda la novela experimental del siglo XX. Hay que haber leído bien a Faulkner, por ejemplo, conocerlo.

-Respecto al título, ¿por qué se llama así?
-Porque el personaje de Gastón tiene una cosa bastante moderna, que tiene que ver con “querer hacerlo rápido”, que es muy de los jóvenes. El cielo es el parnaso donde está La tierra baldía de T. S. Eliot, que es el poema fundacional de toda la poesía moderna. Y nuestro personaje, este niño bonito, quiere el cielo de una. Nadie confía en él, nadie da un peso por él. Parece que no está preparado, ni siquiera la mujer que lo ama, Cristina, tiene mucha convicción. Ese es uno de los motivos centrales de la novela.

-Leo un fragmento: “Su padre le pedía demasiado, siempre le había pedido cosas superiores a sus fuerzas”, ¿cómo se moldea el personaje de Cristina, la hija, considerando la relación con este padre escéptico y no tan demostrativo en cuanto a afectos?
-Complejo, uno escribe de lo que ha vivido sin querer decir que se trata de la relación de mi hija conmigo. Nosotros tenemos una relación interesante, discutimos de política, de arte, no siempre estamos de acuerdo. Pero tenemos muchos puntos en común con mi hija, tenemos hasta amigos en común, pues yo soy pos-68. Yo tenía once años cuando se disuelven los Beatles, yo era un pendejo en los tiempos de The Doors, Led Zeppelin o Pink Floyd, entonces hay mucha música que escucho, que hizo mi juventud, y que para ella es conocida. Tenemos muchos puentes culturales, a diferencia de mi padre y yo. En cambio, Max es un jodido, sarcástico, hay razones de sobra para que Cristina lo encuentre un conchesumadre, como muchas hijas encuentran así a sus padres, pero no está puesto en duda el amor que él siente por su hija. En fin, esa relación salió sola. Son personas con trayectorias vitales distintas. Ella en un principio quiso moralizar su vida en contraposición con la vida decadente de sus padres, con una moral bastante disoluta, laxa.

-Respecto a lo anterior, ¿cómo podrías definir los sentimientos de ella hacia su padre y cómo esto afecta su relación con los otros hombres de su vida, como Beltrán y ahora Gastón?
-Como ocurre en la vida. La figura del padre o de la madre son figuras marcadoras y uno tiene que lidiar con eso. ¿Cómo afecta en las actualidades de las personas? Bueno, hay gente que queda muy marcada, para bien o para mal, y la gente inteligente, menos marcada. Cristina ha decidido estar entre los inteligentes, estar menos marcada, ese es su combate por la herencia filial. Con un grado de incertidumbre, no sabe cómo le va a ir. Se había casado por reacción a su padre, por hacer una vida distinta a la de él, como una forma de yugo, y la verdadera falta de yugo es que no te importe para nada. En ese sentido Gastón le lleva una ventaja: es un ser que se ha inventado a sí mismo y eso es muy contemporáneo. El inventarse a sí mismo o intentarlo, tiene en el caso de Gastón mucho que ver con lograr el triunfo o el éxito, o lo que sea de esta obra, que lo construye y lo constituye.

Hay bastante cultura en esta novela y es una cultura que el padre maneja. En un pasaje del libro, Max le dice a Gastón: “Y no te olvides que yo pertenezco a una generación brillante”, que es la generación del 68, que es la cultura de la emancipación. Y eso es interesante, ese diálogo intergeneracional, que une y separa a padre e hija. Probablemente lo que representa Gastón es el camino corto, el asalto al cielo, pero nada le es fácil a Gastón.

-Max Borda se casa con su cuñada, la hermana de su esposa fallecida. Cristina, la hija de Max, se deja llevar por la pasión e inicia una relación con Gastón, un hombre dos años menor, luego de terminar su matrimonio. Ambos, padre e hija, se sacuden las etiquetas morales, pero entre ambos existe suspicacia, desconcierto, contención, secretos inconfesados, una necesidad de aprobación que se cuela en la historia aflorando la tensión. Parece que estos personajes son lo bastante contradictorios a pesar de su aparente declaración de libertad, rebeldía y madurez…
-Lo que yo veo del otro es lo que el otro me muestra, no puedo ver más que eso. Uno de los propósitos de la narrativa es descubrir quién es el otro. Es contestar esa pregunta. Es la pregunta que nosotros les hacemos a nuestros padres y a nuestras novias o novios. Quién es el otro que está al frente mío. Yo no lo conozco, esa persona tiene estrategias de vida, cada uno las tiene, cada uno trata de estar lo mejor posible parado en el mundo. No es que haya un ser externo e inauténtico y un ser interno y auténtico, eso es una falacia que mucha gente supone, que cada uno llevara una especie de pequeño monolito de sí mismo adentro y quien lo descubriera vería lo maravilloso que es. No, no es. Pero queremos descubrir quién es el otro. Nosotros no mostramos todas nuestras cartas, ni con nuestros seres más cercanos, tal vez con los amigos.

-Erving Goffman planteaba, parafraseándolo, que las personas asumimos ciertos roles en el escenario social y este sería un gran teatro…
-¡El gran teatro del mundo! Eso está dicho en la novela. Dynamo le dice a Gastón en modo reproche: “Harto partido le has sacado a la pasarela”. Aunque Gastón no es muy consciente de eso.

-En la novela se habla de ciclos, de cerrar ciclos. El padre, la madrastra o tía, Cristina. Ciclos que ocurren fuera del relato, a modo de analepsis. ¿Cómo el tiempo influye en el desarrollo psicológico de los personajes?
-Sí, eso es un punto importante. Proust decía “ese yo que era entonces, creía que…”, como si el yo hubiera cambiado. Esa posibilidad de cambio en el tiempo es fundamental en la construcción del individuo. Nosotros cambiamos. Esa sola idea pone en duda la existencia de un ser.

-Del alma aristotélica…
-Sí, porque si existe un ser, nosotros somos esclavos de ese ser, también. Yo creo que una de las lecciones de Proust es poner en duda ese ser. Entonces iríamos a un presocrático, iríamos a Heráclito, y esa es una posibilidad que da el tiempo. Hay un ensayo de Schopenhauer sobre las edades que es una joya… Obviamente que un hombre de sesenta y un años no es el mismo que un hombre de treinta que fue. Porque su edad en ese momento es esencial a él, a su estar en el mundo, a cómo ve el mundo. La idea del desarrollo, de que somos seres mutantes, es una idea que yo he sacado como lección. Un buen lector te hace pensar en esas cosas.

-Me interesó cómo describes a la troupe de Dynamo, como seres “pusilánimes, taimados, quisquillosos”. ¿Hay una crítica al esnob progre de izquierda? ¿A ellos te referías?
-Sí, claro. Es la mirada de ella, Cristina. Ella tiene una cultura distinta, de un mundo más serio, ordenado, consistente, con valores reconocibles y entregado al intelecto. Entonces la troupe le parece gente de pacotilla. ¿Y la visión mía? Puede ser, pero, ojo, la clave está al final de la novela. Ya verá el lector si eran tan de pacotilla o no.

-Hay una frase que le dice Max a su hija, que aparece en la contratapa y que de alguna forma condensa y al mismo tiempo expande el sentido de tu libro: “El único consuelo que nos queda en la vida es no haber hecho el tonto”. ¿Cómo proyectas estas palabras para invitar a los lectores a leer Los asaltantes del cielo?
-Esa frase es de James Joyce, de un cuento de él. No haber hecho el tonto significa no tomar decisiones absurdas que van en contra de tu propia naturaleza, saber dónde debes invertir tus fuerzas. Dicho como está dicho, suena bien coloquial, pero es tremendamente profundo. Es la encrucijada, una apuesta terrible.

-Por último, ¿cuál es tu opinión respecto al panorama literario en un contexto como el que está viviendo Chile, de crisis social?
-Es una estupidez soberana dejarse incendiar por la contingencia. Eso no tiene ni pies ni cabeza. No se te puede incendiar la cabeza por lo que está pasando ahora. Siempre vamos a seguir haciendo arte por esa gran interrogante de lo que es el mundo, la realidad, la realidad cotidiana y no tan solo de tiempos convulsionados. No vivimos en tiempos convulsionados siempre. Habitualmente no quemamos iglesias ni volamos puentes. Hay gente que quisiera vivir su vida así, yo no. Las grandes preguntas del ser humano van a seguir vigentes y ahí surge el instinto del arte. Lo otro es demagogia, de la peor.

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