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Silala, Bolivia y la ineludible vecindad

por 1 julio, 2019

Silala, Bolivia y la ineludible vecindad
No basta tener una política de Estado. También debemos tener equipos transversales, solventes y avezados a cargo de estos temas. Los improvisados no sirven, menos los cuoteados y, por cierto, como en toda selección, los equipos que pierden deben dar un paso al costado. Ganamos cuando tenemos unidad nacional, visión de Estado y usamos todos los recursos del potencial nacional. La nueva conducción de la Cancillería ha mostrado buenas señales. Maneja con fluidez la agenda internacional, construye consensos y puede dialogar de igual a igual con sus antecesores, cualquiera sea su signo.
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¿En qué va el juicio del Silala? ¿Podremos algún día vivir sin demandas ante La Haya? ¿No sería mejor tener relaciones diplomáticas?

Normalmente, las relaciones diplomáticas de un país debieran empezar por los países vecinos, es obvio y, además, ineludible. Los países vecinos tenemos un amplio abanico de temas comunes: comercio, tránsito de personas, turismo, conservación de los recursos naturales, etc. También tenemos que enfrentar desafíos comunes: contrabando, delito organizado, control fronterizo, entre otros.

Chile y Bolivia compartimos más de 800 kilómetros de frontera. Es la segunda más larga que tenemos, después de Argentina.

Pero desde la década de los 70 no tenemos relaciones diplomáticas. En esos años, por diferencias en torno al aprovechamiento de las aguas del río Lauca, pero de fondo, lo que estaba presente es lo que conocemos como la “reivindicacion marítima” que Bolivia la asume, casi, como un rasgo de construcción de identidad.

Han sido décadas de desencuentros, cuyo último capítulo lo vivimos en la demanda ante La Haya, que después de ásperos capítulos y desmesuradas expectativas promovidas por el gobierno paceño, finalizó con el fallo de octubre del 2018, con el cual dicha Corte determinó categóricamente que Chile no tenía “obligación de negociar”, como alegaba Bolivia.

Pero partamos por una autocrítica. Los chilenos no hemos evaluado como Estado nuestra política vecinal. Ni la derrota en el juicio sobre el límite marítimo que nos planteó Perú –cuando el entonces canciller Alfredo Moreno impuso la nefasta y fracasada política de las “cuerdas separadas” en el Gobierno de Piñera I– ni tampoco en el resonante triunfo que obtuvimos al neutralizar la ofensiva política, diplomática y comunicacional que Bolivia desplegó para acompañar su demanda ante la Corte de La Haya. La doctrina chilena suscribe que “la crítica se hace después de la maniobra” y, por eso, hoy estaríamos en condiciones de asumir esta tarea, necesaria para definir la política exterior que necesita el país, y cómo se insertan en ella las relaciones con Bolivia.

Fue un golpe duro a la diplomacia de nuestros vecinos y a su gobierno, el cual impulsó una campaña a ratos confrontacional que, por cierto, como palabras sacan palabras, fue respondida con fuerza.

Bolivia no ha hecho una lectura autocrítica de su fracaso, salvo esfuerzos académicos meritorios. Es más, pareciera ser que para la diplomacia altiplánica no existió el fallo y recientemente ha insistido en su demanda, como acaba de sostener su delegación en la Asamblea General de la OEA efectuada en Medellín.

Junto a la demanda boliviana, por “la obligación de negociar”, rechazada por la Corte Internacional, ambos países sostenemos una querella por el uso de las aguas del río Silala. Aquí el tema es más sencillo. Chile demanda que se le declare como un curso de agua internacional y su uso se rija por el derecho internacional consuetudinario. Por tanto, Chile tiene derecho al uso equitativo y razonable de esas aguas. Bolivia alega que no se trata de un río y que el curso a territorio chileno de esas aguas es consecuencia de un desvío artificial.

Es un tema casi técnico, que no involucra intereses vitales de ambas naciones. Por lo demás, en el caso de que se reconozca su carácter internacional, sentaría precedentes favorables para todos, dado que Bolivia tiene varios ríos internacionales que o van, o vienen , de terceros países.

La defensa de nuestra posición la encabeza la embajadora Ximena Fuentes, a cargo del tema desde que se inició el caso, lo que garantiza experiencia y continuidad, asistida por un eficiente equipo donde destacan la embajadora María Teresa Infante, y el coagente Juan Ignacio Piña. El juicio está ingresando a su parte final, resta una etapa de alegatos escritos, que fija el 18 de septiembre para que Chile presente su último escrito.

Hasta ahí lo procesal, lo jurídico. Pero el contexto lo dan –en el caso boliviano– las elecciones presidenciales de octubre. Evo Morales y su partido, el Movimiento al Socialismo (MAS), la principal fuerza política organizada del país, aspira a una nueva reelección, dejando un mar de dudas respecto a su legalidad. Pero las autoridades electorales lo han validado, desconociendo el resultado del plebiscito de febrero de 2016, donde mayoritariamente la ciudadanía boliviana dijo No a la reelección.

El tema Chile no está presente en la campaña presidencial, donde Morales enfrenta a una oposición dividida en ocho candidaturas. Según las encuestas, solo el expresidente Carlos Mesa amenaza al actual oficialismo.

¿Cuál es la política exterior que se proponen los principales candidatos? ¿Está el tema de las relaciones con Chile en ese debate? Bueno, ese es una asunto de estricta resolución del debate boliviano. Lo que podemos aportar desde Chile es cómo vemos el futuro de nuestra relación después del contundente fallo de La Haya.

¿Cuál es la mejor relación con Bolivia? ¿Cómo se inserta en nuestra política vecinal y regional? ¿Qué rol tienen las regiones que colindan con Bolivia? ¿Cómo desarrollar al Norte Grande?

Las anteriores son, entre otras, preguntas básicas para definir la diplomacia que necesitamos. Pero partamos por una autocrítica. Los chilenos no hemos evaluado como Estado nuestra política vecinal. Ni la derrota en el juicio sobre el límite marítimo que nos planteó Perú –cuando el entonces canciller Alfredo Moreno impuso la nefasta y fracasada política de las “cuerdas separadas” en el Gobierno de Piñera I– ni tampoco en el resonante triunfo que obtuvimos al neutralizar la ofensiva política, diplomática y comunicacional que Bolivia desplegó para acompañar su demanda ante la Corte de La Haya. La doctrina chilena suscribe que “la crítica se hace después de la maniobra” y, por eso, hoy estaríamos en condiciones de asumir esta tarea, necesaria para definir la política exterior que necesita el país, y cómo se insertan en ella las relaciones con Bolivia.

Tenemos ese análisis pendiente, pero ello no obsta que definamos algunos objetivos básicos y estrictamente nacionales. Porque, en este punto, es más fuerte que nunca el necesario carácter de política de Estado que debe tener nuestra política exterior.

No basta tener una política de Estado. También debemos tener equipos transversales, solventes y avezados a cargo de estos temas. Los improvisados no sirven, menos los cuoteados y, por cierto, como en toda selección, los equipos que pierden deben dar un paso al costado. Ganamos cuando tenemos unidad nacional, visión de Estado y usamos todos los recursos del potencial nacional.

La nueva conducción de la Cancillería ha mostrado buenas señales. Maneja con fluidez la agenda internacional, construye consensos y puede dialogar de igual a igual con sus antecesores, cualquiera sea su signo. En esa línea, abandonar los sesgos ideológicos o la subordinación de la diplomacia a la búsqueda de impactos comunicacionales –como ocurrió en Cúcuta– y, por cierto, reponer a plenitud la conducción de la política exterior en manos profesionales, es necesario. Ahí coincidiremos todos en beneficio del país.

¿Y Bolivia?

Bolivia es y seguirá siendo nuestro vecino. Hablando se entiende la gente y, por eso, no somos pocos los que sostenemos que, luego de La Haya, se abre una ventana de oportunidad para explorar la reconstrucción de nuestras relaciones. Reconozcamos que quedaron deterioradas después del juicio, pero también recordemos que no hace mucho, el 19 de septiembre del 2010, en medio de las festividades de nuestro Bicentenario, el regimiento Colorados –la escolta presidencial boliviana– desfiló en nuestra parada, rindiendo honores a nuestras autoridades y a nuestra bandera. También recordemos que no fue hace mucho, en abril del 2007, cuando nuestro Ejército, en ceremonia encabezada por el comandante en Jefe de esa época, general Óscar Izurieta, rindió honores a Eduardo Abaroa, principal héroe boliviano de la guerra del Pacífico, en el Vado de Topater.

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