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Puro Chile 4.0

por 27 enero, 2022

Puro Chile 4.0
La experiencia y el patrimonio intangible que se han ganado en una larga trayectoria institucional, son instrumentos aptos para realizar un esfuerzo teórico/intelectual del cual emerja un plan referido al mundo en que se quiera y pueda vivir, amén de consensuar la manera de interpretar al Chile del siglo XXI, con el aporte renovado de las distintas disciplinas del quehacer. Quizás, tal empresa obligue a abandonar el estilo tradicional, y a sus gestores alejarse de la burocracia para desplazarse con habilidad refrescante y fortalezas propias en el nuevo escenario, sin desviarse del relato que ha singularizado a Chile entre sus homólogos desde los albores de la República. El nuevo mapa geopolítico exige acomodaciones que está en condiciones de acoger, en línea con los principios y lineamientos que inspiran su cometido.
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Cómo pensar o imaginar Chile ha sido habitual y muy importante en momentos estelares de la historia, cuando los grandes acontecimientos copan el debate público. Ahora, en medio del ciclo de posmodernidad plenamente asentado en el curso del tercer milenio, el escenario se ha vuelto más diverso y difícil de gobernar, toda vez que nuevos retos amenazan la convivencia en un contexto de globalización galopante, que multiplica, de manera exponencial, los riesgos a nivel político, económico y cultural. Los desafíos al sistema son cada vez más difíciles de asir porque la rapidez con que fluye la información inhibe la reflexión serena sobre la realidad y, a la vez, incentiva la necesidad de configurar un nuevo orden mundial de reglas convenidas con la participación de todos.

De ahí que resulte oportuno discernir sobre las fortalezas nacionales, pensando en recrear la impronta de interlocutor autorizado en la arena internacional; además, sirve para ponderar su competencia para abordar desafíos emergentes otrora impensados, colmar expectativas insatisfechas y absorber interpelaciones de una ciudadanía huérfana de intermediación política por la pérdida de fiabilidad y legitimidad de instituciones mediadoras tradicionales a causa del fenómeno de la digitalización que, entre otras cosas, alteró el relacionamiento de los actores con la autoridad. Ahora bien, sin ahondar en las crisis configuradas producto de esta anomalía, quizás analizar algunas de aquellas con microscopio sea beneficioso para tener un diagnóstico sobre el alcance de los cambios y asegurar la correcta conducción del Estado por aguas procelosas, muy agitadas por la dialéctica de la confrontación y enfrentamiento.

Así las cosas, cualquier acción al respecto, para ser exitosa, por paliativa que sea, conlleva una doble obligación: la primera, iluminar el entorno más cercano con ideas que enfaticen aspectos identitarios, fomenten la lectura hermenéutica de la historia y dibujen una aproximación delicada a la naturaleza; y la segunda, identificar los atributos que cuajen con las prioridades del mundo emergente y empaticen con la nueva cotidianidad que se enseñorea en la virtualidad. Ambas facilitarían la adaptación de los rezagados al curso evolutivo y transformador motivado por un salto tecnológico de proporciones siderales.

En esa línea, los nuevos patrones de comunicación y comportamiento aconsejan abandonar caminos viejos y posiciones nostálgicas que, a todas luces, no calzan con las reglas del juego modernas; corresponde alzar la mirada e innovar, porque el epicentro de la política y la economía ha sido remecido íntegramente. No se puede actuar solo a escala país, porque la aldea global es una realidad dinámica e interconectada que demanda definiciones ante dos proyectos impulsados por los Estados rectores del nuevo atlas geoestratégico.

Merecen ambos un análisis riguroso para actuar con pragmatismo e independencia, porque resulta imposible imaginar que uno se convierta en el otro por la magia del poder. La asimilación de lo novedoso, diverso y heterogéneo no ha sido acogido totalmente por la comunidad mundial, lo que recomienda cautela antes de adoptar cualquier pronunciamiento respecto de una alternativa trascendental. Ser parte de un mundo en el que supuestamente nadie sobra, implica un manejo práctico de situaciones sensibles que comulgue con el sentido del tiempo y la ubicuidad, hábitos de conducta ojalá aceptados y compartidos.

En ese sentido, todo indica que tanto las opciones a tomar como las correcciones a implementar deben emprenderse a la velocidad del más lento de la flota, por lo que resulta urgente activar el chip idóneo que motive a los líderes a acomodarse al impulso de mundialización para que actúen y se involucren, fluidamente, tanto en la era global de las comunicaciones como en la sociedad del conocimiento y la información, sin perder de vista que la prisa es una mala consejera a estos efectos.

En consecuencia, surge espontáneamente la necesidad de regular el espacio público emancipado de los cánones convencionales y disipar con destreza la atmósfera de desconfianza, anomia, indisciplina e insumisión que entraba la gobernanza. Aquel neoliberalismo privatizador que regularía el escenario post Guerra Fría parece haber dado paso muy rápidamente (con apoyo de la virtualidad) a un libertarismo antijerárquico y egoísta, que ha producido una grieta profunda entre el poder y una masa de ciudadanos insatisfechos o alternativos que, deliberadamente, desechan procedimientos que consideran obsoletos para marginarse del proceso de transformación sin mayor reflexión.

Allí la pertinencia de diseñar una estrategia dirigida a un cosmos más extendido para acometer, con una pizca de fantasía y no menos utopía, la misión de incentivar a los espíritus más exigentes a desentrañar con creatividad esa telaraña de deficiencias hilvanada en el intersticio de una época que se desvanecía sofocada por los cambios y otra que despuntaba oronda, impulsada por adelantos tecnológicos. Puestas así las cosas, el peregrinaje de Chile por los recovecos de un sistema desgastado debe ser proactivo; debe explorar todos los caminos para neutralizar cualquier viso de frustración frente a las bondades del progreso que tarda en llegar. La experiencia y el patrimonio intangible que se han ganado en una larga trayectoria institucional, son instrumentos aptos para realizar un esfuerzo teórico/intelectual del cual emerja un plan referido al mundo en que se quiera y pueda vivir, amén de consensuar la manera de interpretar al Chile del siglo XXI, con el aporte renovado de las distintas disciplinas del quehacer. Quizás, tal empresa obligue a abandonar el estilo tradicional, y a sus gestores alejarse de la burocracia para desplazarse con habilidad refrescante y fortalezas propias en el nuevo escenario, sin desviarse del relato que ha singularizado a Chile entre sus homólogos desde los albores de la República. El nuevo mapa geopolítico exige acomodaciones que está en condiciones de acoger, en línea con los principios y lineamientos que inspiran su cometido.

Aquella descripción que Gabriela Mistral hiciera de Chile hace ochenta años, en una conferencia en Bayona, sea apropiada para establecer los parámetros de una inserción graciosa en la nueva globalización. La Premio Nobel definió a su país como grande en relación con los repartos geográficos de Europa y pequeño dentro del gigantismo de los americanos; con una historia asumida como una faena bien comenzada, bien seguida y bien rematada, agregando que varias de sus cualidades físicas (cordilleras y mar) y la moral cívica de su pueblo, influyen como “fuelle de acordeón en la medición de su peso específico. Cabría agregar el cobre para cerrar este cuadro de promisorias características.

Situados en esa perspectiva, se puede apelar también al cantado Himno Nacional para reafirmar por qué el nombre de Chile ha alcanzado talla en el concierto de las naciones y se proyecta por mucho tiempo en escenarios diferentes e incluso más ímpetu. En efecto, en una pulcra y magnífica lírica, un esclarecido Eusebio Lillo supo coser a la estrella solitaria la descripción de un territorio multifacético que aglutina, armónicamente, calidades, sentimientos y valores de una nación, que trascienden hacia otras latitudes empapados de un sentido de pertenencia. Basta tararear su música y verbalizar sus versos para deducir compromiso con la libertad, el Derecho, la democracia y, además, la sustentabilidad, pilares consustanciales a la agenda del siglo XXI.

Siguiendo la secuencia, con una mirada actualizada se destaca la condición de mayor ojo del universo, que ubica al país en las lides de la ciencia y la investigación espacial; se suma un hábitat propicio para la generación de energías limpias que, asociadas a las bondades del campo, la minería, el turismo y las artes, constituyen fuentes de progreso, bienestar con dimensión estratégica y resonancia ecológica. En ese orden, el futuro esplendor prometido por el mar que baña sus costas, además de posicionarlo como un Estado marítimo por antonomasia, expresa un anhelo muy sentido que se ha vuelto real, conforme las perspectivas de desarrollo que esboza de manera creciente.



La segunda estrofa, por su parte, sintoniza con las raíces humanistas que moldean un alma nacional pletórica en solidaridad y apegada a la palabra empeñada. En suma, su sola entonación permite apreciar, desde el inicio al estribillo final, el valor del territorio y la firme adhesión de la nación a señeros principios humanistas y libertarios que adquieren cada vez más connotación en la agenda global. Los derechos humanos, el desarrollo sostenible y la democracia se funden, simbólicamente, en la fórmula D+D+D, que actúa como carátula de un programa humanitario en línea con los principios de la Organización de las Naciones Unidas y entidades afines.

Situados en esa perspectiva, entre las múltiples aristas del patrimonio nacional, el territorio terrestre, marítimo y antártico, le infunde al nombre de Chile un sello de excepcionalidad y otorga credenciales suficientes para participar con autoridad en la agenda del cambio climático. Por tratarse este del tema más relevante de la agenda internacional y constituir la principal fortaleza del país, insta a impulsar el forjamiento de una sinergia entre lo doméstico y exótico para incidir en la implementación de las directrices de un Programa Intergubernamental ad hoc con repercusión para su imagen. Viene a la memoria una sensata frase alusiva al contexto, de Francisco Javier Rosales, ilustre diplomático nacional del siglo XIX: No es fácil tarea calmar los ánimos de los poderosos, explicando el proceder de los que no lo son”. Si bien las posibilidades de influir la agenda de una sociedad asaz sobreestimulada son escasas, no son limitadas, de utilizarse correctamente los acervos físicos e intangibles en pos del objetivo principal.

Como corolario, resulta oportuno constatar que la situación/diagnóstico descrito implica asumir un cambio dramático en el manejo del tiempo y una apreciación diferente del espacio donde la diplomacia ejerce su función, asumiendo que la comunicación instantánea permite viajar en despliegue digital en extensión planetaria y la inteligencia artificial facilita el “work in progress” como método habitual de trabajo y relacionamiento, tanto con el propio ámbito como en aquel de los homólogos. Al respecto, es propio recordar que, desde los inicios del milenio, se ha venido imponiendo la denominada hegemonía del presente, que significa operar al segundo a modo remoto. Por ende, definir un procedimiento virtuoso que ponga a Chile en conversación productiva y permanente con ese coro de voces dispares que comparten entre sí, presionados por la inmediatez, es una tarea pendiente que merece atención prioritaria.

Chile 4.0 debe legitimarse más allá de los atributos condensados en el Himno Nacional que –por lo demás– están en consonancia con el clamor de la naturaleza, el dolor de los oprimidos por falta de libertad o de un lugar donde desarrollar su vida y, también, el sufrimiento de los afectados por la pandemia del COVID-19. Sería ideal que la verdadera humanización de las relaciones entre pueblos y civilizaciones se nutriera también de iniciativas emprendidas por Chile al amparo del Derecho y la Justicia, entrelazadas en una mirada astronómica de altura y ondas telúricas permanentemente desafiantes. La combinación de ellas muestra un norte claro al cual apuntar, sin perjuicio de las turbulencias que deba sortear para mantener la eficiencia institucional hoy disminuida.

Ahora bien, a la cuadra de un siglo XXI digitalizado, su contribución al sistema global no se agota en una crisis o en las vicisitudes de algún ciclo de la historia; tampoco en iniciativas ambiciosas que puedan quedar en el camino; su historia y ubicación geoestratégica son claves del esquema de desarrollo que seguirá, ciertamente, favoreciendo a las generaciones venideras. En definitiva, asumir el cambio de paradigma como fenómeno central de la globalización es un imperativo que no cabe eludir, como también lo es considerar que la biósfera y ecosistemas asociados están ligados a la conciencia nacional. Hay que tenerlo en cuenta cuando se piense Chile inserto en la denominada cuarta revolución industrial.

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