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Un ministro de Hacienda que piensa como director de Presupuestos

por 31 marzo, 2014

Un ministro de Hacienda que piensa como director de Presupuestos
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El ministro de Hacienda, Alberto Arenas, ha desconcertado a los empresarios. El proyecto de ley de Reforma Tributaria se envía hoy al Congreso sin que los gremios ni sus equipos técnicos hayan podido conocerlo más allá de sus grandes lineas. En los 24 años desde que se recuperó la democracia no había sucedido algo parecido. El protocolo no escrito estipulaba que las iniciativas pasaban por la lectura previa del sector privado, que hacía ver sus diferencias y se trataba de llegar a acuerdo y, una vez enviado al Poder Legislativo, se procuraba que hubiera la menor cantidad de cambios.

También era usual que, luego de ganadas las elecciones presidenciales, los ministros de Hacienda emprendieran de la mejor manera posible la hoja de ruta trazada en el Programa de Gobierno y poco a poco éste pasaba al olvido.

Resulta difícil recordar un Programa de Gobierno que haya estado tan presente en el discurso de un ministro de Hacienda como lo ha estado el actual en las últimas tres semanas. En este período, Arenas ha hecho dos presentaciones públicas ante un auditorio formado por empresarios y altos ejecutivos (Sofofa e Icare). En ambos ha expuesto los fundamentos del accionar del Ejecutivo, sobre todo en la presentación de Icare, donde hubo párrafos textuales sacados del programa económico.

Por ejemplo: “Los países que se han desarrollado, junto con el crecimiento sostenido han aumentado continuamente los bienes y servicios que ponen a disposición de sus ciudadanos, a través de las políticas públicas. Esto es posible y sostenible responsablemente, en la medida que han aumentado la carga tributaria, que permite financiar la provisión de estos bienes”.

“Chile tiene una carga tributaria baja (…). Las modificaciones que aquí anunciamos, con una elevación de la carga tributaria de 3 puntos del PIB, comienzan a cerrar esta brecha, quedando aún por debajo del promedio de los países de la OECD, al momento en que contaban con nuestro actual PIB per cápita”.

“(…) la tributación es sólo uno de los elementos que inciden sobre la inversión. La literatura sobre el tema concluye que los atributos más relevantes que afectan la inversión son: i) la cohesión social y la estabilidad política; ii) la calidad y credibilidad de las instituciones públicas; iii) la accesibilidad y competitividad de los mercados, entre otros los financieros; iv) la infraestructura y, v) una adecuada legislación económica”.

Si se une este afán o compromiso por hacer cumplir el Programa y la trayectoria en la administración pública de Arenas –ingresó en 1990 a Hacienda–, llegando a encabezar la Dirección de Presupuestos bajo la cartera de Andrés Velasco, no es irrisorio enarbolar la tesis de que su lógica responde a la mentalidad de un director de Presupuestos. ¿Por qué? Un director de Presupuestos se encarga de armar el programa de inversión y gasto del Gobierno, lo lleva al Congreso donde se negocia y se vota, y luego lo ejecuta. Misma metodología que parece haber trasladado al Programa de Gobierno. Él tiene la responsabilidad de ejecutar un programa económico de Gobierno –cuyos primeros desafíos eran Bono Marzo y Reforma Tributaria–, que fue estudiado por los equipos de profesionales de la Nueva Mayoría, votado por la población en las elecciones presidenciales y ahora debe cumplirlo. Si el presupuesto queda corto o sobra plata al final del ejercicio, habrá sido una mala administración; lo mismo sucede con el Programa si quedan medidas sin concretar.

La otra mirada es la del ex senador UDI, Jovino Novoa, quien sostiene que la población votó por la candidata Michelle Bachelet y no por el Programa, y que la Nueva Mayoría está levantando este plan de trabajo como si fuera “el libro de Mao”, según dijo al diario La Tercera. Sin embargo, no es gratuito que fuera la propia mandataria la que se involucrara personalmente en la reunión de ministros del Comité de Productividad, Competitividad e Innovación más Energía, o que fuera ella la que le pusiera fecha al envío del proyecto tributario. En este punto, Alberto Arenas no se manda solo y es la Presidenta la que ha puesto presión al cumplimiento del Programa: lo que se dice, se hace.

Puntos débiles

En este contexto y fiel a su formación de administrador de recursos públicos, Arenas ha mostrado preocupación por el hecho de que el Estado se ha acostumbrado a pedir más de lo que es capaz de gastar. Ha sido recurrente su crítica a la subejecución presupuestaria. En Sofofa recalcó que, por cada $10 que se tenían presupuestados, $1 no se gastó. En Icare también aludió al tema. Si eso le sigue sucediendo –y, a juzgar por sus palabras, está consciente del problema–, pierde sentido implementar una reforma tributaria que espera recaudar en régimen US$ 8.100 millones, puesto que el aparato estatal, de continuar como está, es incapaz de administrarla.

No es casualidad tampoco que en ambos encuentros mencionara la responsabilidad fiscal y que se está dejando con esta reforma tributaria financiados no sólo los próximos 4 años –aspira a llegar a balance estructural cero en 2018–, sino que la educación de las próximas generaciones, tal como se hizo con la reforma previsional de la que, se dice, es su “padre no reconocido”. La opinión pública se quedó con la idea de que el único autor de ella es Mario Marcel, pero Arenas tuvo un rol relevante en la gestación y puesta en práctica del proyecto, tal como lo señala una nota de El Mercurio, del 31 de marzo de 2013.

Siguiendo su lógica, se puede suponer que con esto quiere dar muestras de seriedad: habrá Reforma Educacional porque estará asegurado su financiamiento. Se subentiende que, si no lo logra, el cumplimiento del Programa comenzaría a peligrar, porque la ecuación no quedaría bien resuelta. Si los números no dan, como dice un estudio de la Confederación de la Producción y el Comercio (CPC), la Reforma Educacional tendría que ser menos ambiciosa si se quiere ser consistente con el principio de responsabilidad fiscal ante todo. Por el contrario, si aumentan los impuestos más allá de lo prudente y terminan por ahogar al sector privado, no hay crecimiento posible y, tarde o temprano, disminuirá la recaudación.

Por eso, ahora que se envía al Congreso el proyecto de Reforma Tributaria, Alberto Arenas deberá buscar el equilibrio entre una y otra opción, lo que pasa por abrirse a discutir el contenido con los parlamentarios y el sector privado, con el objeto de cometer la menor cantidad de errores posibles. Y este es un punto de debilidad del ministro, pues el mundo empresarial le es ajeno. Su mayor acercamiento a la empresa fue cuando ingresó como miembro del directorio de Canal 13. Allí ingresó junto a René Cortázar, que era el presidente en 2010 y se mantuvo gran parte del período de Nicolás Eyzaguirre, quien ahora ocupa la cartera de Educación.

“Para un economista, que se sumergió en el ámbito público por más de 17 años, esa experiencia en el espacio de la gestión privada me permitió conocer de cerca una realidad fundamental para el desarrollo del país”, dijo Arenas en enero de este año a la revista Economía y Poder, acerca de su paso por el canal del grupo Luksic. Curiosamente, en el currículo que se publica en el Ministerio de Hacienda no se menciona su participación en este directorio, al cual renunció en abril de 2013 para hacerse cargo del equipo programático de la entonces candidata presidencial Michelle Bachelet. Sí se destaca que fue investigador del Centro de Microdatos del departamento de Economía de la Universidad de Chile, prácticamente durante el mismo período.

Parte vital del engranaje del Programa de Gobierno –que tiene un costo de US$ 15 mil millones– es la Reforma Tributaria, por lo que requiere transformarla en ley. ¿Qué peligro corre? Bueno, que la casa que Arenas terminó de construir en estos 20 días esté con problemas de fundamentos y se caiga; o que logre la recepción final del Congreso, pero, cuando se comience a usar, revele las debilidades del material. La apuesta de Hacienda es que están en lo correcto y la casa soportará bien el paso de los años; los privados presienten lo contrario.

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