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Lagos, el Nixon chileno

por 31 enero, 2012

La entrevista de Lagos recuerda, mutatis mutandi, la célebre entrevista recreada en el film “Frost/Nixon”. De Hollywood: un presidente con mucho que explicar ante el país, y un entrevistador subestimado que, al poco andar, logra mucho más —precisamente— de lo esperado y de cara al país. Un Nixon arrogante. Lleno de sí. Fastidiado por el asedio periodístico. Malhumorado por la descortesía y mal agradecimiento del pueblo norteamericano. Un Nixon que de tanto tergiversar la historia, termina rehén de sus propias ficciones, hagiógrafo de su propia santidad y mistificador de su propia caricatura, creada —ahí lo hiperbólico— por él mismo.
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Cualquiera que lea la entrevista, al poco andar, no sabría perfectamente distinguir si Ricardo Lagos, estaba hablando desde Washington o desde Hollywood. Lo cierto es que quien lo entrevistó, el periodista Daniel Matamala, logró concretar, en un relato vivaz, toda la pomposidad discursiva, todo el rocambolesco mundo argumentativo y toda la fantasmagoría conceptual-política de quien fuera el primer presidente socialista chileno después de la dictadura de Augusto Pinochet.

Cualquiera que lea la entrevista, puede percibir cómo Ricardo Lagos se siente, él mismo, en un plató constante. El mundo es su plató, América Latina es su plató, Chile, su sala de ensayos. Es un estadista. Un polo de sabiduría política. Se piensa a sí mismo como un Martí, un Mariátegui, un Vasconcelos, un Rodó, un Bello. ¿Un Perón, un Chávez, un Castro? Se siente, al mismo tiempo, un ícono del siglo y un profeta del nuevo siglo.

Por ello, es inmediatamente palpable cómo suda en sus respuestas un desprecio, fundamentalmente intelectual, por quien lo entrevista: un simple periodista, un joven lector de noticias de un pobre y triste canal católico, un jovencito que nada sabe de la gran política. Un periodista, al fin, que le pregunta por detalles y minucias, por menudencias específicas en vez de las verdaderamente grandes tendencias políticas, que desde el retorno a la democracia, la Concertación ha impulsado, y que particularmente él ha pensado para Chile.

La entrevista de Lagos recuerda, mutatis mutandi, la célebre entrevista recreada en el film “Frost/Nixon”. De Hollywood: un presidente con mucho que explicar ante el país, y un entrevistador subestimado que, al poco andar, logra mucho más —precisamente— de lo esperado y de cara al país. Un Nixon arrogante. Lleno de sí. Fastidiado por el asedio periodístico. Malhumorado por la descortesía y mal agradecimiento del pueblo norteamericano. Un Nixon que de tanto tergiversar la historia, termina rehén de sus propias ficciones, hagiógrafo de su propia santidad y mistificador de su propia caricatura, creada —ahí lo hiperbólico— por él mismo.

Lo bizantino en la argumentación de Lagos es un insulto para todos aquellos que sin darnos cuenta nos ponemos del lado del entrevistador. En realidad, es como si todo el movimiento estudiantil fuese en ese minuto el entrevistador. Es como si el movimiento estudiantil le preguntara cara a cara "por qué" y él —socarrón— respondiera a lo Hollywood, chaplinadas: lo profeticé en marzo, antes que ustedes. Pero, y entre abril y noviembre ¿qué dijo Presidente?; ¿salió a la calle?; ¿caceroleó? Bueno, ahí está mi libro que edité con Oscar, son propuestas serias, de país. Léanse el libro.

Con una especial sutileza, Daniel Matamala muestra a un Lagos preso en su propio mito. Un Lagos sin problemas de autoestima, un Lagos que cuenta los 30 últimos años de la historia de Chile a través de su biografía (!), un Lagos dramático que gesticula, ríe, susurra, grita y golpea la mesa; un Lagos que se enoja, un Lagos —como vemos en las extraordinarias fotos en blanco y negro— totalmente hollywoodense, del mejor cine mudo, un verdadero y genial Charles Chaplin que ya con el gesto lo dice todo. En efecto, cuando uno piensa en Lagos piensa de inmediato en “el dedo de Lagos”.

Su primera revelación es extraordinariamente hollywoodense. No fueron los estudiantes. No fue la CONFECH. No fue la movilización social que expresó a una ciudadanía cansada por la bancarización y privatización educacional. Fue él, Ricardo Lagos Escobar, quien en marzo —un mes antes del inicio de las movilizaciones estudiantiles— puso el tema de la educación en la opinión pública. Y remata diciendo “¿estamos?”.

En marzo, en marzo, lo dije en marzo” se lo repite como un mantra en la introducción al libro “El Chile que se vieneeditado por él y por Oscar Landerretche, “Lagos chico”, como le dicen, su sucesor natural (no Lagos Weber).

¿Querrá decir Lagos que él fue la chispa del fuego que abrazó todo el 2011 y que promete reavivarse el 2012?; ¿que la movilización tiene en él a su inspiración?; ¿que el poder predictivo de su palabra (Verbo) en marzo es tal que un mes después se cumple (se crea) lo que dice?; ¿que la olla bancaria no daba para más en la educación y que reventaría dada la desigualdad, falta de oportunidades y endeudamiento escandaloso de las nuevas generaciones? En fin.

“¿Y por qué tengo que hacer una autocrítica?” dice Lagos.

Autocrítica nada; Lagos no es responsable en nada por el actual descalabro del sistema educacional chileno, nunca tuvo las herramientas para cambiar la ley (LOCE) dejada por Pinochet y sus boys (la UDI) un día antes de la vuelta a la democracia; y cuando el 2008 otros (Bachelet) cambiaron la ley —no él por supuesto— en esencia la dejaron igual. Tampoco él tiene responsabilidad (Arrate sí, Aylwin sí) en el mazazo al sistema y a la educación pública que implicó el financiamiento compartido. Aún menos es responsable (los diputados sí) de la no fiscalización —por décadas— al artilugio de las sociedades espejo que permite a las Universidades lucrar, pues en efecto no lucran, dice. Será Piñera —no él— quien legalice, mediante el proyecto de la nueva superintendencia de educación, el lucro en las universidades, “y nadie se llama a arrebato” dice.

Y remata, cuando yo era ministro de Educación (1990), “éramos todos inocentes palomas”.

“Estoy orgulloso de lo que hemos hecho. Se puede hacer más, sí, siempre se puede hacer más”, dice. Es simple. Lagos está orgulloso de haber ideado una fórmula (el Crédito con Aval del Estado) para que miles de estudiantes entraran a la Universidad. Es su legado. La gente no se queja de eso; se queja del hecho de que por eso, esté endeudada. Pero de ese efecto, del endeudamiento hasta el cuello, él y sus gobiernos, no son responsables: de nuevo, los responsables son otros, esta vez la derecha.

¿Había espacio para hacer un sistema que fuera menos favorable para los bancos (han obtenido ganancias por más de US$ 550 millones) y más favorable para las familias y los estudiantes para evitar el endeudamiento salvaje al que están siendo sometidas? Lagos en su estilo responde absoluto, dedo en ristre: “¡No había!”.

Todavía recordamos las palabras del banquero Hernán Somerville “mis empresarios aman a Lagos”… aunque años después clarificó que lo sacaron de contexto, igual aplica.

Y bueno, ya molesto por tanta pregunta y menudencia temática de área chica, Lagos, el estadista, sentencia “cambiemos de tema, vamos a otra cosa. Me cansé”.

Si esto no recuerda la socarronería de Nixon ante David Frost, qué.

Lo bizantino en la argumentación de Lagos es un insulto para todos aquellos que sin darnos cuenta nos ponemos del lado del entrevistador. En realidad, es como si todo el movimiento estudiantil fuese en ese minuto el entrevistador. Es como si el movimiento estudiantil le preguntara cara a cara “por qué” y él —socarrón— respondiera a lo Hollywood, chaplinadas: lo profeticé en marzo, antes que ustedes. Pero, y entre abril y noviembre ¿qué dijo Presidente?; ¿salió a la calle?; ¿caceroleó? Bueno, ahí está mi libro que edité con Oscar, son propuestas serias, de país. Léanse el libro.

Termino —espero me lo permitan y no se molesten por posar yo también de arrogante— con una larga cita del padre del concepto “modernidad líquida” Zigmunt Bauman de su libro del año 2011 “Daños colaterales. Desigualdades sociales en la era global”, ya que todo está tan líquido en Chile últimamente.

Dice, “creo que lo que subyace a la presente “globalización de la desigualdad” es[…]la emancipación de los intereses empresariales con respecto a todas las instituciones socioculturales existentes de supervisión y control inspiradas en la ética, y en consecuencia, la inmunización de las iniciativas empresariales contra todo valor que no atendiera a la maximización de las ganancias”.

Cito a Bauman, porque viene pensando hace ya tiempo globalmente nuestra crítica modernidad actual y porque, no es sólo —como dice Lagos— que en todas partes del mundo los bancos operan como operaron en Chile con el Crédito con Aval del Estado. Sino, porque también, en todas partes del mundo, se está hablando de la ética a la cual muchos se creen inmunes. Los bancos. Las élites. La clase política.

Nixon nunca bien lo supo. Tal vez por ello terminó como terminó para Hollywood, siendo un montón de gestos sopeados en whisky.

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