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Diplomacia o no diplomacia, he ahí el dilema

por 3 junio, 2013

En lo que respecta a los diplomáticos, cuando hablamos del proyecto de ley no estamos hablando de abrir o cerrar Embajadas en mercados emergentes, sino de algo radicalmente diferente. Estamos hablando de un proyecto que no logra equilibrar sus alcances económico-comerciales con medidas que permitan garantizar a la ciudadanía que su Ministerio de Relaciones Exteriores contará en el futuro con un cuerpo de profesionales capaces de defender los intereses permanentes del Estado en debida forma.
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Durante el transcurso de las últimas semanas, la divulgación del envío de un proyecto de ley que pretende modernizar el Ministerio de Relaciones Exteriores ha generado un notorio interés entre quienes se vinculan, o se han vinculado, a nuestra política exterior. Así, no ha resultado extraño que, tras años de olvido, en forma súbita la modernización de la Cancillería se ha posicionado en la agenda política. Numerosas columnas, artículos y entrevistas, escritas por políticos —incluidos ex Cancilleres—, académicos y diplomáticos, dan cuenta de ello.

Es evidente que la excesiva demora que tuvo la elaboración del texto que hoy las autoridades del Ministerio de Relaciones Exteriores han adelantado a La Moneda —más tres años desde que el entonces candidato Sebastián Piñera se comprometió a abordar el problema—, ha determinado que el mismo corra el riesgo de comenzar a debatirse en medio de una campaña presidencial que sabemos torna compleja su discusión en el Congreso. No obstante, confiamos que la importancia del tema para el país generará un esfuerzo adicional de nuestros parlamentarios, quienes deberán centrar el debate y armonizar visiones para alcanzar el necesario consenso.

En lo que respecta a los diplomáticos, cuando hablamos del proyecto de ley no estamos hablando de abrir o cerrar Embajadas en mercados emergentes, sino de algo radicalmente diferente. Estamos hablando de un proyecto que no logra equilibrar sus alcances económico-comerciales con medidas que permitan garantizar a la ciudadanía que su Ministerio de Relaciones Exteriores contará en el futuro con un cuerpo de profesionales capaces de defender los intereses permanentes del Estado en debida forma.

En este escenario, y como primer paso para avanzar hacia importantes acuerdos, resulta fundamental sincerar la discusión evitando incorporar en el debate elementos que no corresponden al citado proyecto de ley y sólo contribuyen a generar confusión. Así, ha sido el caso de la apertura de nuevas Embajadas, noticia que, pese a haberse dado a conocer en forma simultánea con el anuncio del envío de proyecto de ley a la Presidencia, no es parte del proyecto. Si bien es una medida de indudable importancia económica y comercial para nuestro país, su implementación bien podría haberse concretado hace tres años, o incluso ayer, ya que no requiere ninguna reforma legal. Basta observar que varias embajadas han sido abiertas y cerradas anteriormente.

En lo que respecta a los diplomáticos, cuando hablamos del proyecto de ley no estamos hablando de abrir o cerrar Embajadas en mercados emergentes, sino de algo radicalmente diferente. Estamos hablando de un proyecto que no logra equilibrar sus alcances económico-comerciales con medidas que permitan garantizar a la ciudadanía que su Ministerio de Relaciones Exteriores contará en el futuro con un cuerpo de profesionales capaces de defender los intereses permanentes del Estado en debida forma. Esto, por cuanto el proyecto —redactado en solitario por la autoridad y en el que, entendemos, no se incorporaron las propuestas más relevantes sugeridas por la Asociación de Diplomáticos— no contempla medidas específicas para la capacitación y especialización de los miembros del Servicio Exterior a través del tiempo, como así tampoco un marco legal que asegure la existencia de una real carrera diplomática. Esto, por cuanto no se consideró un mecanismo eficiente para el necesario recambio generacional que requiere cualquier institución cuya función debe proyectase a través del tiempo.

En resumen, los diplomáticos —y estamos seguros que con altura de miras así lo harán también nuestros parlamentarios—, no estamos hablando de un proyecto de ley para defender mezquinos intereses corporativos. Todo lo contrario, estamos hablando de un tema que debe interesar a todos los chilenos, porque estamos hablando de tener Diplomacia o No diplomacia. He ahí el dilema.

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