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Los años felices que no volverán

por 23 septiembre, 2013

En la democracia de los acuerdos no importaba mucho que hiciste el verano pasado. Chadwick, Longueira, Lavín y otros rápidamente se ganaron un cupo en el foro público y ya nadie se acordaba de su marcial foto en Chacarillas prometiéndole lealtad al dictador. Si hasta Cardemil —un civil cuyo aprecio a la democracia comenzó cuando se hizo diputado— tenía un espacio privilegiado en esta democracia que habíamos conseguido gracias a la singularidad de nuestra transición y la generosidad de todos.
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Hubo una época en que todos éramos felices. O lo parecíamos.

En esos días para no dividir a nadie era preferible decir régimen militar en vez de dictadura y no se decía golpe de Estado, sino “pronunciamiento”.

En esa época primaveral de largos veinte años, un Presidente de la República —transversalmente respetado— se daba el lujo de decir que “la justicia era a la medida de lo posible”. Otro —ya no tan respetado transversalmente— decía que con sus reformas la Constitución del 80 dejaba de existir: ahora era la Constitución del 2005. Y la firmaba feliz.

En esa época dorada, muchos de nuestros gobernantes y sus mandos medios salían al mundo a contar las bondades de la transición democrática criolla y el modelo chileno. Capitalismo salvaje y democracia eran compatibles y Chile era el ejemplo perfecto. Había que vender las AFP y las Isapres a diestra y siniestra.

Las palabras igualdad y justicia, había sido reemplazadas por “crecimiento” y “equidad”. Sonaban menos anticuadas y menos marxistas.

En la democracia de los acuerdos no importaba mucho qué hiciste el verano pasado. Chadwick, Longueira, Lavín y otros rápidamente se ganaron un cupo en el foro público y ya nadie se acordaba de su marcial foto en Chacarillas prometiéndole lealtad al dictador. Si hasta Cardemil —un civil cuyo aprecio a la democracia comenzó cuando se hizo diputado— tenía un espacio privilegiado.

La participación ciudadana se había reemplazado por la “democracia de los acuerdos”, y en ese paraíso terrenal habíamos entregado los asuntos públicos a un grupo de tecnócratas neoliberales que, desde el Ministerio de Hacienda, resolverían —buenos ellos— nuestros problemas.

De este modo, nosotros los ciudadanos —desprovistos de la luz que da la economía neoclásica— podíamos concentrarnos en el calor de los hogares en nuestros asuntos privados y la política quedaba en manos de expertos.

De hecho, en esa época feliz, ya no se cantaba muevan las industrias ni menos el baile de los que sobran, sino una casa en el aire.

En ese Chile —el de los últimos veinte años de la democracia— no había buenos ni malos. Todos eran demócratas.

En la democracia de los acuerdos no importaba mucho qué hiciste el verano pasado. Chadwick, Longueira, Lavín y otros rápidamente se ganaron un cupo en el foro público y ya nadie se acordaba de su marcial foto en Chacarillas prometiéndole lealtad al dictador. Si hasta Cardemil —un civil cuyo aprecio a la democracia comenzó cuando se hizo diputado— tenía un espacio privilegiado en esta democracia que habíamos conseguido gracias a la singularidad de nuestra transición y la generosidad de todos.

Todos ellos —sin excepción— votaron para que el dictador siguiera 8 años más en el poder y nunca se les escucho decir ni una palabra de arrepentimiento ni menos de perdón, pero ello tampoco importaba mucho en los días felices.

En esos años locos y dorados hasta Manuel Contreras recibía un trato feliz: seguía siendo general en retiro, se le construía una cárcel que no parece cárcel y tenía un amigo diputado que le llevaba chocolates.

Y a nadie parecía importarle, igual éramos felices.

Pero en algún extraño momento todo se fue al carajo. Como lo constatamos en este Septiembre trémulo, que —como nunca antes— nos llena de imágenes y realidades que en los años dorados de la transición no queríamos mirar.

¿Cuándo se jodió nuestra felicidad?

¿Cuándo el “modelo chileno” se llenó de sombras de muertos y de vivos pidiendo justicia, derechos y democracia?

Difícil saberlo, pero no parece que algo vuelva a ser igual.

Parece, como diría el trovador, que los muertos de nuestra felicidad no permitirán que los olvidemos.

Para peor, la amnesia sobre la que construimos esos años felices parece que ya no volverá a funcionar.

Víctimas de una dictadura, apoyada por esos civiles que hoy son solemnes parlamentarios, funcionarios de gobierno, jefes de campaña presidenciales y empresarios exitosos, esos muertos que nos vinieron a aguar nuestra felicidad son miles y vienen vestidos de desaparecidos, torturados y ejecutados.

Pero no nos confundamos. Estas son las víctimas más graves de nuestra felicidad, pero no las únicas.

Hay otras víctimas que en esos años dorados tampoco quisimos ver.

Nuestros muertos sociales. Esa inmensa mayoría de chilenos que en estas décadas quedaron del lado de la sombra del modelo social-económico de la dictadura, sobreviviendo con menos de trescientos mil pesos mensuales —el promedio salarial de los chilenos— y que en nuestros años felices hicimos como que tampoco existían.

Nos echaban a perder la foto del “jaguar” de América Latina. Sobrevivientes de uno de los países más desiguales del mundo, que han sido condenados a vivir en una sociedad que aunque crece y crece no hay nada seguro para ellos: ni salud pública, ni seguridad social, ni educación de calidad, ni un trabajo decente.

Vaya que se jodieron esos años felices. Y al parecer para siempre.

Ninguna de estas víctimas que en las décadas doradas del “modelo chileno” ignoramos, nos dejarán volver a ser felices.

Unos habitarán nuestras conciencias, recordándonos una y otra vez que ahí están, esperando justicia.

Otros habitarán nuestras calles, recordándonos una y otra vez que ahí están, esperando igualdad.

Años felices que no volverán.

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