jueves, 1 de diciembre de 2022 Actualizado a las 20:01

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Pelota al piso: lo que nos deja el periodo mundialero sobre las hinchadas

Sin lugar a dudas la gama de acciones tomadas, así como el discurso público predominante por parte de las autoridades y un sector amplio del periodismo nacional buscan legitimar la posición y representación de los “hinchas malos” como “enemigos públicos” del país para así dar curso a las políticas de “erradicación” o “limpieza”, como algunos se han atrevido a llamarlas.
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Finalizado el Mundial que coronó a Alemania como el nuevo campeón del mundo, y a un par de semanas de que cesara la participación del seleccionado nacional chileno en aquel campeonato, nos hemos ido acostumbrando a un nuevo tiempo verbal que se instala en el discurso futbolístico de la afición nacional, el tiempo condicional, que va creando una agradable ficción cada vez que recordamos y pensamos en lo que hubiese sido de nuestro destino si la esquiva fortuna nos hubiese sonreído por un instante, si la pelota de Pinilla hubiera ido adentro, si Sánchez y Jara no hubieran errado los penales, si Chile contra Colombia, si Vadivia, Vidal o Sampaoli, si Chile contra Alemania, si Chile en la final, y así hasta el infinito de la imaginación posible.

Queremos hacer uso de ese recurso y reflexionar en modo condicional sobre uno de los puntos destacados de observación que fueron emergiendo a medida que avanzaba el campeonato: la performance de aquel actor colectivo que hace las veces de hinchada nacional de Chile, la “Marea Roja”, que en esta oportunidad proveyó bastantes datos dignos de consideración.

La “Marea Roja” siempre ha llamado nuestra atención, no sólo por sus particularidades en lo que respecta al ser la hinchada de un equipo que en términos reales no juega más que 4 o 5 partidos al año, sino que también en la relación que desde la opinión pública se va construyendo respecto de ella como “la hinchada de todos”, muy distinta en su concepción a lo que serían las muy reconocidas hinchadas de los clubes nacionales, sobre la base de que ambos grupos son esencialmente distintos, tanto en su composición, en su forma de organización y en su acción como colectivos.

Sin lugar a dudas la gama de acciones tomadas, así como el discurso público predominante por parte de las autoridades y un sector amplio del periodismo nacional buscan legitimar la posición y representación de los “hinchas malos” como “enemigos públicos” del país para así dar curso a las políticas de “erradicación” o “limpieza”, como algunos se han atrevido a llamarlas.

¿Y si jugamos con la imaginación y pensamos que la “Marea Roja” no es tan distinta como se la quiere presentar respecto a las hinchadas del medio local? Si hiciéramos eso quizá podríamos ver cÓmo las orgánicas de identificación, conformación y funcionamiento guardan similitudes que son difíciles de obviar y que llevan a pensar que las diferencias en su consideración social son producto del actuar de otros fenómenos distintos al de su práctica efectiva como grupo.

Si olvidáramos por un momento lo que sabemos, quizá veríamos que la “hinchada de todos” es un conjunto heterogéneo y abierto de adscripción e identificación en diferentes niveles de que participa por definición todo aquel que, en tierras no nacionales, asiste a los estadios de fútbol en que la selección disputa sus partidos, no existiendo otro requisito de reconocimiento en esta “Marea Roja” que el ser chileno; del mismo modo en las hinchadas de clubes locales el solo uso de una camiseta o indumentaria asociada al club tiende a ser argumento suficiente para reconocerse y ser reconocido como parte de la categoría de “los de abajo”, la “garra blanca” o “los cruzados”, según sea el caso.

Veríamos también quizá que en cuanto a la orgánica de funcionamiento de las fracciones centrales de la hinchada, es decir, aquellos que controlan los centros simbólicos (Lienzos Oficiales, Bombos, Ubicación y Recursos) tampoco pareciera haber muchas diferencias, siendo que en la “Marea Roja” es un grupo pequeño el que se apropia el uso de estos recursos simbólicos y el que cuenta incluso con el auspicio de empresas privadas para su gestión; no muy diferente a las criticadas y aun penalizadas relaciones de patrocinio económico existentes entre los clubes y las fracciones centrales de las hinchadas en el medio local chileno.

Si siguiéramos en esa línea veríamos que las prácticas efectivas tampoco son clasificables como de distinta especie, los actos de vandalismo y violencia que comúnmente se asocian al actuar de los hinchas de fútbol de cualquier club nacional no parecen ser distintos de las andanzas de nuestros compatriotas en el país carioca, las que no fueron moderadas al tratarse de alcohol, drogas, comercio ilegal, robos y la ya célebre hazaña de conquista de la sala de prensa del Estadio Maracaná, pero que sin embargo parecieron pasar bajo el siempre activo radar nacional de condena a la violencia que obvió sin más todos estos actos y los erigió como un hecho anecdótico y humorístico propio de la cultura criolla.

Siguiendo con el ejercicio imaginativo, ¿qué hubiera pasado si la “avalancha” de los ochenta y ocho que se abrieron paso hacia la sala de prensa del Estadio Maracaná hubiera sido realizada por la hinchada de un club nacional?, ¿habría recibido el mismo trato que tuvo?, ¿habría sido considerado como parte de la idiosincrasia chilena, como si el mismo Condorito estuviera allí haciendo de las suyas?, ¿se habría valorado y considerado un gesto humorístico cuando orgullosos se decían “igual la hicimos”? Qué habría pasado si en vez de una camiseta roja, los hinchas que acosaron a personas, causaron destrozos, se vieron involucrados en tráfico de drogas y reventa de entradas, que robaron en tiendas y quedaron presos en varios casos hubieran sido los hinchas de un club nacional, de la U o de Colo-Colo, por ejemplo?

Sin temor a equivocarnos y sin necesidad de demasiada imaginación, podemos aventurarnos a responder estas preguntas fácilmente. Si lo que hizo la “Marea Roja” en Brasil hubiese sido hecho por cualquier otro grupo hinchada del contexto nacional seguramente se habría desatado, como ya es habitual, todo el caudal de representaciones, tipificaciones y valoraciones negativas, peyorativas y fascistoides sobre estos hinchas; las redes sociales habrían repetido hasta el cansancio “son el cáncer de nuestro fútbol”, “el germen a erradicar”, “los tontitos de siempre”, “los simios”, y nadie habría esbozado siquiera una sonrisa al escuchar la declaración de alguno de ellos diciendo “la hicimos”.

Ahora bien, pongamos la pelota contra el suelo… esta diferencia en las representaciones de las hinchadas no es casual. En ella están presentes tanto el rol y las necesidades del mercado respecto del fútbol, así como el rol y las necesidades del Estado en él.

El mercado necesita hinchas funcionales a sus dinámicas, esto es, hinchas que participen del fútbol como consumidores de bienes y servicios, y para hacer aquello requiere de una configuración identitaria que supere al fútbol como una expresión de la cultura de las clases subalternas, que es lo que sucede en un país no futbolizado como Chile. Allí es donde la selección chilena y su “Marea Roja” son importantes, dada su capacidad de construir identificaciones en torno a lo nacional como unidad para todos, saltándose los estigmas sociales en torno a ser hincha de fútbol para crear un imaginario que incluye per se a todos los chilenos. Se crean, por tanto, los “hinchas buenos” que encarnan el sentimiento de unidad nacional patriótica y transversalidad de clases y, a la vez, se crean los “hinchas malos” que encarnan la desunión, la delincuencia y marginalidad.

En esa suerte de oposición binaria que supone la existencia de “hinchas buenos” e “hinchas malos”, el Estado ha tenido un rol preponderante. La implementación del plan Estadio Seguro hace cuatro años ha potenciado representaciones marginalizadoras y marginalizantes en el campo del fútbol y las hinchadas para hacer del hincha de fútbol uno más de los “enemigos públicos” punibles sólo por el hecho de existir. Así, se ha cambiado el horario de los clásicos del fútbol chileno a las 12.00 hrs., se ha disminuido el aforo de hinchas visitantes a estos partidos, se ha restringido el acceso de los bienes simbólicos que poseen las hinchadas, se ha penalizado la relación de hinchas con jugadores-dirigentes-funcionarios de determinados clubes, etc., lo que es claro signo de una concepción que pretende “erradicar” a un tipo de hincha que no es el deseado, sacarlo del estadio y pensando que así se terminan todos los problemas. Lo mismo cuando, durante la semana del 14 de julio, José Roa, director del mencionado plan, en entrevista con “los tenores” de ADN Radio, señalaba que los accesos a las galerías de distintos estadios debían tener resguardos y controles más profundos (eufemizando el trato represivo y denigrante muchas veces que ha recibido cualquier persona que ingresa a una galería de algún partido del campeonato profesional de fútbol) porque, claro, a las galerías asisten los “hinchas malos”.

Sin lugar a dudas la gama de acciones tomadas, así como el discurso público predominante por parte de las autoridades y un sector amplio del periodismo nacional buscan legitimar la posición y representación de los “hinchas malos” como “enemigos públicos” del país para así dar curso a las políticas de “erradicación” o “limpieza”, como algunos se han atrevido a llamarlas. Entonces, como el fútbol tiene la potencialidad de transmitir significados y valores, puede utilizarse para comunicar cuestiones de diverso orden, así es como empezamos a creer cuando nos dicen que bombos y lienzos son productores directos de la violencia, que es mejor no salir de casa o tomar resguardos en los partidos clásicos, que el hincha de galería es esencialmente violento, etc. Pero en ninguna parte del discurso público aparece que la camiseta que le regaló determinado jugador a determinado barrista fue para un sorteo o una rifa de beneficencia o de las redes de solidaridad barrial existentes entre grupos de personas que se vinculan en torno a un equipo de fútbol (ya sea profesional o no). Estos son sólo dos ejemplos. Ahora bien, no es nuestra intención hacer una apología de los hinchas de clubes, ni pasar por alto comportamientos violentos que realizan, se trata de cambiar las representaciones existentes sobre determinados grupos sociales; se trata de deconstruir los estereotipos sobre “los violentos”; se trata de buscar herramientas para no vaciar los estadios de público; se trata de entender que no existe “violencia en el fútbol” o “violentos” (o simios, o tontos, como les gusta llamarlos a algunos comunicadores), sino condiciones que posibilitan el acontecimiento de prácticas violentas (físicas y simbólicas) en eventos deportivos, efectuadas por distintos actores. Si le preguntamos a cualquier profesor con alumnos de mala conducta si acaso se soluciona el problema real al expulsarlos de la escuela dirá lo mismo que nosotros: no se soluciona ningún problema al reprimir o erradicar, sino, por el contrario, se generan muchos más. Se trata de construir a largo plazo eventos deportivos seguros y para aquello es necesario empezar a pensar distinto y alejarnos de las fórmulas facilistas y efectistas.

Hagamos el intento imaginativo y partamos desde el precepto que la violencia no es un problema propio del mundo del fútbol, sino que está enraizado en elementos culturales muchos más profundos(representaciones, estigmas, desigualdades); entendamos que es necesario investigar en profundidad, con sentido crítico y rigurosidad, con el fin de tener conocimiento sobre lo que se pretende intervenir, y no copiar modelos de otras sociedades que funcionan de modo completamente distinto; hagamos el intento por un momento y dejemos de ver el fútbol como la fuente de todos los problemas para empezar a verlo como la gran herramienta que puede ayudar a solucionarlos.

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Envíada por Carlos Fernández Villablanca | 1 diciembre, 2022

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