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Venezuela a la vuelta de la esquina

por 10 diciembre, 2014

Venezuela a la vuelta de la esquina
El columnismo-leninismo, que escribe para la barra brava de CasaPiedra, decreta que las reformas tienen a la Presidenta en el pantano, que esto no da para más, que el clima de crispación es aterrador y que si quieren cambiar algo del exitoso modelo chileno, si se insiste en esta revolución marxista encubierta de socialdemocracia buena onda, pues bien, aténganse a las consecuencias y prepárense para la estampida de la inversión y otros diluvios.
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Desde finales de los 90 la encuesta del CEP viene constatando el progresivo descrédito del sistema político, sus lógicas, partidos y estructuras, herederas de un largo siglo XX. Su rasgo más nítido fue un transversal y homogéneo disciplinamiento de la elite en torno al llamado Consenso de Washington, es decir, democracia formal con elecciones periódicas, anémica participación social y reglas neoliberales para las políticas públicas, como el CAE, las AFPs y el Transantiago, solo por nombrar algunas. La privatización de la política la convirtió en un juego muy caro, reservado para los que pueden conseguir dinero. Así, la principal característica de este tempo es que todos pueden elegir, pero solo unos pocos pueden ser elegidos.

La evidencia estaba ahí, era una tendencia, repetida, certera, consistente año tras año. El último sondeo del think tank que preside Eliodoro Matte esta vez muestra la cosa agudizada: la Nueva Mayoría y la Alianza suman solo un 40 por ciento de aprobación entre ambas. Es decir, el desfonde del sistema de partidos está a la vuelta de la esquina. Tal como lo estuvo en Venezuela durante los 70 y 80, mientras Adecos y Copeis se alternaban democrática y ejemplarmente el gobierno, pero se repartían el botín del petróleo a puertas cerradas y a espaldas de los votantes.

Sin embargo, los litros de tinta que han corrido para la liturgia semestral del CEP, se centran en la caída de Bachelet (38 por ciento de aprobación), una baja importante, pero en números que ya se hubiera querido Sebastián Piñera cuando los estudiantes marchaban el 2011 a lo ancho de la Alameda. El que iba a ser el mejor Presidente de la historia alcanzó estas cifras solo hacia el final de su mandato, después de la atinada frase de S.E. sobre los “cómplices pasivos” de la dictadura. Piñera casi hizo una fiesta con el 35 por ciento que obtuvo en octubre de 2013 (encuesta CEP), luego de una larga temporada en el infierno.

El desfonde del sistema de partidos está a la vuelta de la esquina. Tal como lo estuvo en Venezuela durante los 70 y 80, mientras Adecos y Copeis se alternaban democrática y ejemplarmente el gobierno, pero se repartían el botín del petróleo a puertas cerradas y a espaldas de los votantes.

Sin embargo, el columnismo-leninismo, que escribe para la barra brava de CasaPiedra (y que de vez en cuando obtiene de ella una que otra bien pagada conferencia, asesoría o pituto), decreta que las reformas tienen a la Presidenta en el pantano, que esto no da para más, que el clima de crispación es aterrador y que si quieren cambiar algo del exitoso modelo chileno, si se insiste en esta revolución marxista encubierta de socialdemocracia buena onda, pues bien, aténganse a las consecuencias y prepárense para la estampida de la inversión y otros diluvios.

La advertencia, digámoslo, es atendible, pues el club de CasaPiedra concentra un poder considerable. Con solo levantar la voz orquestadamente (nunca se ha improvisado en esta materia y, si no lo cree, lea la notable biografía de Agustín Edwards escrita por Víctor Herrero) han logrado generar el clima social necesario para obstruir cualquier intento de torcer el orden natural de la cosas en Chile, que no es otra cosa que la consabida ley del embudo. El club, esa es su gracia, tiene membresía transversal. Va desde la clásica derecha económica –orgullosos chicagos–, hasta lobbistas, asesores de imagen y PhDs full bilingües, pasando por ex ministros noventeros con pelo –y otros de distinguida calvicie–, hasta columnistas muy serios, ex decanos, rectores refinados, diputados reelegidos hasta el hartazgo y honorables senadores de la ex Concertación y la Nueva Mayoría.

De distintos partidos –a un lado y otro del binominal–, amigos y enemigos de Pinochet en su momento, algunos brillantes y otros más discretos, su punto de convergencia, aparte de la prensa del fin de semana, son instancias sociales y referentes de pertenencia, que van desde los directorios de empresas hasta las reuniones de apoderados de colegios exclusivos, pasando por los pisco sours en Cachagua de los que hablaba Patricio Navia.

Este coro variopinto, muy pluralista, democrático y también oligárquico, probablemente no impedirá que al cabo de estos cuatro años haya algo que se llame reforma educacional. Pero esta será mucho más ambigua, menos pública y aún muy respetuosa para con la curiosa distinción de ser, la nuestra, la educación más segregada (clasista) del planeta (Mario Waissbluth dixit). El libreto ya lo vimos en la reforma tributaria: un gran ejemplo de consenso democrático que no alterará el vergonzoso GINI nacional, después de impuestos.

Todo esto, señor lector, por el bien de Chile, un país estable y serio, con instituciones sólidas, con un Senado sabio y sereno, que impide que una Presidenta elegida con el 62% de los votos y sus noveles ministros, cargados a la gomina algunos, se arranquen con los tarros por un error de diagnóstico. Porque ahora que no hay calle gritando consignas y pidiendo insensateces como el fin del lucro, obvio: ... ¡Ya no hay malestar!

Pero ¿y si el error de diagnóstico fuese del club? ¿Y si la presencia de Bachelet, ahí, con su tono bajito, su tendencia al silencio, su porfía por no parecer débil y pauteada, obrara como un bálsamo mágico que contiene la irritación, el descontento contra un sistema político deslegitimado y en caída libre? Porque, la foto CEP lo muestra, el chileno de a pie está tranquilito.

Bachelet, tal vez, sea la última oportunidad del club de atender cambios razonables y en orden (palabra fetiche que parece causar ocultos placeres), ahora que el cobre, al igual que el petróleo en la Venezuela de antaño, comienza a decrecer en su súper ciclo de esplendor. Quién sabe si mañana, en vez de celebrar silenciosamente el haber horquillado un programa de reformas moderadas, la historia les reproche no haber tenido la capacidad de leer las encuestas que pagaron de su propio bolsillo. Y poner ellos, por su miopía y falta de grandeza, al país a la vuelta de la esquina de los mismos monstruos que no los dejaban dormir.

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