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¿Es posible avanzar hacia una sociedad equitativa, manteniendo una educación particular pagada?

por 14 diciembre, 2014

Una medida que se podría llevar adelante para favorecer la inclusión en los colegios católicos sería eliminar el cobro de la cuota de incorporación, con el pago de una colegiatura diferenciada, y con un sistema de becas para un grupo significativo de alumnos que estudian en estos colegios. Lo anterior unido a un proceso de admisión del alumnado que sea más claro y transparente, e incluyendo en el proyecto educativo el interés por atender a niños con necesidades educativas especiales. Tenemos que convencernos que ambientes inclusivos desarrollan habilidades sociales y valores más cristianos. Así hacemos patente el Evangelio de Jesús.
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Desde el 2008 en la LGE quedó establecido lo que debemos entender como calidad en la educación: “Que niños y jóvenes chilenos alcancen su desarrollo espiritual, ético, moral, afectivo, intelectual, artístico y físico.. capacitarlos para conducir su vida en forma plena, para convivir y participar en forma responsable, tolerante, solidaria, democrática y activa en la comunidad, y para trabajar y contribuir al desarrollo del país”. No difiere este texto de lo que la Iglesia Católica piensa: “La educación evangelizadora deberá ejercer la función crítica propia de la verdadera educación, procurando regenerar permanentemente, desde el ángulo de la educación, las pautas culturales y las normas de interacción social que posibiliten la creación de una nueva sociedad, verdaderamente participativa y fraterna, es decir educación para la justicia, para el servicio”(III Conferencia General del Episcopado Latinoamericano, Puebla, 1979, n° 1029, 1030, 1033). Por tanto, teniendo presente estos textos seleccionados, podríamos decir que todos los colegios en Chile, la educación particular pagada, y la proporción de colegios católicos que participan en ella, deben desarrollar estos dos puntos: interacción social y formación de niños y jóvenes para el servicio y la justicia.

Sin embargo constatamos una realidad: que en Chile se estableció hace años un modelo de mercado competitivo que dificulta cumplir a cabalidad con lo anterior. Permítanme un ejemplo: hace un tiempo atrás nos enteramos por las noticias del hecho de que un puma se había escapado del zoológico. El puma, que es sin duda un animal bonito, que hay que cuidar su especie, sin embargo de pronto se convirtió en algo peligroso al meterse en casas particulares sembrando el miedo en sus moradores. Algo parecido ocurrió con el mercado. Éste se volvió salvaje, se metió en lugares (la salud, la educación) en que no le correspondía estar e hizo daño. Entre otras cosas incentivó a que, en vez de formar preferentemente en los colegios a buenas personas, solidarias, preocupadas de lo que sucede alrededor, con deberes, educaran en cambio a niños y jóvenes como seres consumistas, competitivos, preocupados más por las notas y los resultados académicos. Se les sometió a una fuerte presión curricular, se les exigió preparar y rendir mecánicamente las pruebas del Simce para que el colegio al que pertenecen tenga un buen marketing. Se comprende que en este proceso educativo así concebido fueran quedando muchos alumnos botados en el camino porque no les alcanzaba el puntaje para situarse en la vida. En muchas instituciones educativas parece más importante producir un descreme de alumnos para obstener los mejores resultados. La realidad a la que hemos llegado se parece a una máquina seleccionadora de frutas que va desechando las manzanas no perfectas quedando éstas fuera de la correa transportadora. Todo esto está en el orígen de tanta soledad, agresividad y depresión que observamos. Chile hoy es un país menos feliz. De lo dicho se desprende la necesidad que tenemos de una reforma educacional que tenga los focos puestos en terminar con el lucro, copago y selección.

Una medida que se podría llevar adelante para favorecer la inclusión en los colegios católicos sería eliminar el cobro de la cuota de incorporación, con el pago de una colegiatura diferenciada, y con un sistema de becas para un grupo significativo de alumnos que estudian en estos colegios. Lo anterior unido a un proceso de admisión del alumnado que sea más claro y transparente, e incluyendo en el proyecto educativo el interés por atender a niños con necesidades educativas especiales. Tenemos que convencernos que ambientes inclusivos desarrollan habilidades sociales y valores más cristianos. Así hacemos patente el Evangelio de Jesús. 

La educación particular pagada podríamos compararla a una de esas hermosas autopistas que tenemos en Chile, concesionadas (si pagas tienes el derecho de usarlas). Para que la educación particular esté al servicio del bien público supone que exista también otra carretera en la que sin pagar sea también muy buena y conduzca al mismo destino. Una autopista concesionada llegaría a ser mala (injusta y abusiva) si la carretera alternativa no funcionara bien y no garantizara un buen desplazamiento. Porque la pata de la mesa estaría cojeando y esto es responsabilidad de todos. Esto es lo que nos está pasando en Chile. Tenemos una excelente educación privada como “carreteras concesionadas” y una pésima educación pública, como “vías de libre acceso”, llenas de hoyos. El gran desafío pues que tiene un Estado es que ambas carreteras funcionen bien, que tanto la educación pública y privada sean de calidad. Por tanto afirmo: se puede mantener una educación particular pagada si se cumplen estas condiciones y que una gran responsabilidad tiene la educación particular pagada católica de que los jóvenes que se educan en ella tomen conciencia de que son hombres y mujeres para los demás y que no pueden aprovecharse de un sistema injusto aunque les favorezca.

Por esto es que pienso que los colegios de la Iglesia debieran convertirse en un ejemplo para todos los colegios. Los colegios católicos marcan sin lugar a dudas. Hay que decir de partida que nuestros colegios de Iglesia subvencionados han sido un hermoso testimonio: los colegios de Belén Educa, los de la Corporación Educacional del Arzobispado de Santiago, etc., por ejemplo, atienden desde hace años a una enorme población de escasos recursos económicos. Ahí no hay selección de alumnos, tampoco hay lucro. Los particulares pagados católicos debieran avanzar por este mismo camino: más inclusión de alumnos de todo tipo, sin discriminar en lo económico, apertura a maneras distintas de ser, al mismo tiempo que inculcar el sentido social.

Por tanto diría que los desafíos de la educación católica en los colegios particulares pagados son fundamentalmente dos:

1.- Inculcar muy en serio el sentido social y la formación ciudadana

Ya el Padre Hurtado, hace muchos años, afirmaba que “el sentido social en la formación es deficiente. La juventud que se educa en los colegios católicos no adquiere, de ordinario, en el colegio un sentido social cristiano: no toma conciencia de su responsabilidad social, se interesa poco por las obras en pro de la clase obrera; y tiene poca preocupación por actuar en su vida postescolar en forma socialmente útil. Su actitud inconscientemente egoísta: sus exámenes y sus diversiones. Este mal debería ser seriamente corregido desde el colegio y, quizás contribuiría entre otras medidas más profundas el que el colegio se gloriara públicamente de sus alumnos y ex-alumnos más eficientes socialmente hablando” (A. PH. S 27 y 06).

Los colegios católicos pagados debieran ofrecer oportunidades para que los alumnos se encuentren en un ambiente propicio de vida real, en un ambiente más amplio, escapándose a las limitaciones y al unilateralismo del ambiente pequeño que normalmente los rodea. Los proyectos educativos deberían hacerse cargo de esta situación. Las Congregaciones Religiosas responsables de estas instituciones debieran impulsar esfuerzos novedosos, parecidos a lo que en el pasado promovieron intentando medidas para abrir los horizontes de sus alumnos a otras realidades. Como fueron, por ejemplo, dejar los uniformes exclusivos que los diferenciaban para vestir el de la mayoría, o marcar con un sello de austeridad y sencillez las fiestas de graduaciones y otras celebraciones, o suprimir el viaje de estudios reemplazándolo con actividades de acción social, o hacer trabajos de fábrica durante una semana para los alumnos mayores viviendo ese tiempo en una población marginal. Ningún cambio sustancial sucede en una persona si no hay una transformación de la propia sensibilidad.

Debemos educar para una ciudadanía comprometida con la justicia. Estudiar en un colegio implica ayudar a caer en la cuenta de que egresar de él, además de posibilitar un futuro enriquecimiento profesional, conlleva necesariamente asumir una responsabilidad social en el desempeño profesional y vital. Con los estudios se adquieren deberes ciudadanos nuevos.



2.- Inclusión en los colegios católicos

Parto del principio de que las instituciones educativas católicas no pueden contentarse con estar al servicio de un determinado segmento social. Siguiendo esta premisa en el pasado un desafío mayor consistió en haber querido incluir en los cursos de los colegios a niños cuyas familias de escasos recursos nunca habrían podido costear. Fueron aquellos tiempos evocados en la película “Machuca”. Con esas experiencias se intentaron vencer barreras de clases, de cultura. Se tendieron puentes entre mundos muy distintos. Recordemos que el Padre Hurtado consideraba inapropiado encerrarse en educación en moldes tranquilos y seguros, o a la defensiva. Decía que con ello se corre un peligro: el de la “actitud simplista de poner a abrigo, de proteger, como si las influencias peores no las segregara cada uno, y las exteriores no llegaran como un huracán” (A. P.H. s 23 y 26).

Una medida que se podría llevar adelante para favorecer la inclusión en los colegios católicos sería eliminar el cobro de la cuota de incorporación, con el pago de una colegiatura diferenciada, y con un sistema de becas para un grupo significativo de alumnos que estudian en estos colegios. Lo anterior unido a un proceso de admisión del alumnado que sea más claro y transparente, e incluyendo en el proyecto educativo el interés por atender a niños con necesidades educativas especiales. Tenemos que convencernos que ambientes inclusivos desarrollan habilidades sociales y valores más cristianos. Así hacemos patente el Evangelio de Jesús.

Los Obispos de América Latina han afirmado que los colegios católicos están llamados a una profunda renovación, “valiente y audaz”, que, entre otras cosas, puedan generar solidaridad y caridad conlos más pobres” (Documento de Aparecida n° 351). Es urgente desatar el nudo de las desigualdades para hacer de Chile un país más inclusivo.

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