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La ficciones del Etnoturismo

por 24 enero, 2015

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En época de vacaciones los chilenos contamos con una amplia oferta turística de la que el Etnoturismo forma parte hace ya algunas décadas. Dentro de un paraguas más amplio, que es el llamado Turismo Cultural, su particularidad sería que ofrece la posibilidad de observar e interactuar con agrupaciones humanas no modernas, principalmente indígenas, o con campesinos que habitan zonas rurales, lo que hoy se denomina “experiencia intercultural”, como me tocó escuchar de una alta funcionaria del Sernatur en Iquique, en el marco de un seminario sobre este asunto realizado el pasado mes de noviembre. Su objetivo, dice la funcionaria, es cubrir la necesidad de un público que demanda ese tipo de experiencia, haciendo de la autenticidad y la identidad de las comunidades valores agregados cruciales para el éxito del rubro. Incluso, se ofrecen paquetes turísticos que consisten en vivir una rutina diaria “al estilo indígena”, que incluyen la realización de labores agrícolas, de pastoreo, cocina tradicional y alojamiento en viviendas autóctonas.

Frente a otras formas de relacionarse con las comunidades indígenas –como la de las empresas forestales–, esta parece mucho mejor, incluso progresista. Sin embargo y seguramente por deformación profesional, se me hace ineludible la crítica frente a las formas caricaturescas que esto puede llegar a asumir, también porque me irritan sus pretensiones y, más importante que eso, me interesa llamar la atención sobre las limitaciones de proyectos que hoy son promovidos desde el Estado por organismos como el Sernatur y el CNCA. Las dificultades que reconozco se producen precisamente en un período en que los Estados latinoamericanos han promulgado políticas de reconocimiento hacia los pueblos indígenas, acertadas en algunas dimensiones de su implementación y desafortunadas en otras. El caso del Etnoturismo clasifica, desde mi punto de vista, en esta segunda categoría.

 El turismo, como cualquier otra actividad económica, no es ingenuo y se articula al modelo de país que tenemos. Y ese país, como bien sabemos, no ha modificado todavía ninguno de sus pilares neoliberales, y atraviesa desde hace años un momento extremadamente delicado en lo que respecta a sus relaciones interétnicas, cuyo saldo más triste son los presos políticos, los muertos y un pueblo declarado enemigo interno por las propias leyes de la República.

Para sustentar esta mirada, es pertinente señalar que la diversidad cultural, en tanto hecho visible, no es para nada un asunto de nuestra época. Por el contrario, ha estado en el ojo del huracán desde que Europa hizo de este continente un lugar de colonización, para avasallarla, normarla o eliminarla. Junto con el atropello, también ha sido objeto de deseo y no sólo la diferencia indígena, sino también la oriental, árabe y africana. Por lo tanto, ese gesto de observación, fascinación y experimentación de un mundo distinto para alimentar la fantasía metropolitana está en el origen mismo de la empresa colonialista. Un primitivismo que ha tenido presencia en los más distintos ámbitos de las sociedades modernas, como la literatura, la música, la pintura, los tratados científicos, etc. Lo novedoso podría ser el hecho de que este deseo haya derivado contemporáneamente en la creación de un nicho de mercado al interior de una rama importante de la economía, como es el turismo, con un nivel de especialización que incluye su propia narrativa. Me refiero al discurso que apela a la existencia de un cliente con capacidad de empatía, pero que a su vez es exigente respecto del producto que consume.

El episodio más reciente en la construcción de este nicho, ha sido el ingreso de las propias comunidades observadas, siguiendo la lógica descrita por cuanto fortalece la máxima del producto: su autenticidad. La motivación en este caso, es el legítimo interés por obtener ganancias de este boom étnico, aunque en la práctica sus posibilidades de competir con la empresa privada son bastante reducidas.

Lo que yo pongo en duda es parte de esa narrativa que busca atraer clientes, esa que nos señala que esa experiencia constituye un acercamiento, un tipo de relación distinta con los “otros” y una valoración real de las sociedades indígenas. Primero, porque contiene la peligrosa idea de que las comunidades visitadas constituyen el resabio más prístino de los respectivos pueblos, dejando en los bordes o derechamente omitiendo a la población indígena urbana (sabemos que la mayor parte de la población mapuche y aymara vive en las ciudades y que la comunidad existe de formas diversas, en una relación conflictiva con territorios usurpados o cercados por empresas forestales y mineras). Segundo, porque se trata de un momento efímero para el no indígena, un paréntesis gozoso en su vida “moderna”. Y tercero, porque contiene una jerarquía social muy difícil de revertir en la medida en que a nivel estructural esa diferencia cultural que el turista busca conocer se encuentra articulada con la pobreza.

Esta mirada crítica que repara en los aspectos problemáticos del Etnoturismo ha ganado terreno en distintos ámbitos: al interior de disciplinas y campos de estudio; y entre organizaciones sociales y movimientos indígenas que logran advertir esta lógica civilizatoria y paternalista, teniendo como corolario la demanda de algunas comunidades por controlar dicha oferta. Estas críticas se extienden al fenómeno general del turismo que se desarrolla en los países pobres de Tercer Mundo, donde la propaganda de lo exótico simplifica sociedades y oculta historias de dominio, constituyendo un ingreso subordinado al mercado: de los países, de las regiones pobres al interior de estos (especialmente las zonas rurales) y de los sectores racializados (afrodescendientes e indígenas).

Los riesgos de este fenómeno general, comprobables en nuestro terruño, son previsibles: naturalización de la desigualdad económica (cuando se asume que la pobreza, el aislamiento y la falta de comodidades son parte de ese mundo ancestral), fetichización cultural, exotización, autoexotización y cosificación, no remontable por la interacción y el “hacerse amigo”. En resumen, una relación que puede llegar a ser perversa y en la que se construye una ficción: la de la diferencia cultural como un abismo más grande de lo que realmente es, en la que unos actúan de modernos y otros de nativos. Mi molestia se dirige especialmente hacia los primeros, quizás porque el foco de atención casi siempre se dirige hacia los indígenas observados, sobre los cuales recae el juicio de lo auténtico, en circunstancias que la modernidad del visitante nunca es puesta en duda, cuando existen argumentos de sobra para hacerlo (las barbaries del llamado Primer Mundo, la modernidad siempre incompleta de las sociedades latinoamericanas, la incapacidad de los Estados nacionales y las respectivas sociedades para hacer justicia a los pueblos avasallados, etc.).

El turismo, como cualquier otra actividad económica, no es ingenuo y se articula al modelo de país que tenemos. Y ese país, como bien sabemos, no ha modificado todavía ninguno de sus pilares neoliberales, y atraviesa desde hace años un momento extremadamente delicado en lo que respecta a sus relaciones interétnicas, cuyo saldo más triste son los presos políticos, los muertos y un pueblo declarado enemigo interno por las propias leyes de la República.

Sospecho entonces de esa convicción que acompaña a quienes ofrecen y a quienes consumen, de que el Etnoturismo implicaría relaciones paritarias entre individuos de distintas culturas o que sería un aporte a su construcción. Lo que observo, es que en esta oferta de paisajes y vidas étnicas se reproducen, por medio de la escenificación frívola, jerarquías culturales y económicas, acordes con un país que hasta ahora no ha hecho una apuesta efectiva por mejorar las condiciones materiales de existencia de las poblaciones indígenas. En este contexto, el Etnoturismo aparece promoviendo la experiencia de una convivencia acotada y folclorizada; calmando conciencias en lugar de contribuir a la formación de una ciudadanía que valore y practique la diversidad cultural de manera cotidiana, una posibilidad que todavía no admite una sociedad segregada y segregadora como la chilena.

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