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Chile, la alegría ya viene

por 23 abril, 2015

Por suerte, parece ser que aun sin un himno, y aun cuando está el miedo a ese futuro en el que “las instituciones” dejarán de funcionar sin más, existe cierta claridad de que el paso necesario del nuevo acuerdo debe darse. Y parece claro, también, que esa refundación no puede empezar (tal vez sí terminar) por quienes de forma más que evidente aparecen a veces como creadores, otras como cómplices, de la pérdida de la fe de sus representados. No, por suerte se hace cada vez más incuestionable –hoy por hoy de creciente sentido común– que un nuevo acuerdo que comenzara desde nuestros parlamentarios sería manifiestamente gatopardo, no fiable y no perdurable.  
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Aquel fue el lema de la campaña y el coro de la pegajosa canción con la que la recientemente fundada “Concertación de partidos por la Democracia” entregaba su mensaje publicitario de que, más allá de los miedos y las incertidumbres de abandonar la seguridad marcial de la Dictadura, había la posibilidad de un Chile. El país no iba a caer en el acabo de mundo comunista, decían, ni tampoco era posible volver a un pasado politiquero e ineficaz con que –sin detenerse a explicar por qué aquello era tan nefasto– desde la absurda campaña del SÍ se amenazaba a diario. La de la canción era una vida colorida, protectora, albergadora, inclusiva y profundamente chilena.

El video que acompañaba a la canción (hoy fácilmente reproducible por YouTube) mostraba personajes tan diversos como un taxista, un niño rural, una pareja de ancianos, un cura, una madre y su hijo, una familia reuniéndose, obreros de la construcción, pescadores, campesinos, mochileros, y hasta empresarios. En el Chile de la “alegría ya viene” –nos proponía la canción– habitaban todos, cabían todos, se construía entre todos y era tarea de todos su cuidado. Notable ejercicio de optimismo y poderoso mensaje de unión, invitaba al votante a adoptar una pose regeneracional y refundacional. Una nueva generación de chilenos, es decir, todos ellos sin exclusión, tenían a su cargo refundar un país, de nuevo, para todos ellos.

Por suerte, parece ser que aun sin un himno, y aun cuando está el miedo a ese futuro en el que “las instituciones” dejarán de funcionar sin más, existe cierta claridad de que el paso necesario del nuevo acuerdo debe darse. Y parece claro, también, que esa refundación no puede empezar (tal vez sí terminar) por quienes de forma más que evidente aparecen a veces como creadores, otras como cómplices, de la pérdida de la fe de sus representados. No, por suerte se hace cada vez más incuestionable –hoy por hoy de creciente sentido común– que un nuevo acuerdo que comenzara desde nuestros parlamentarios sería manifiestamente gatopardo, no fiable y no perdurable.

Faltan tres años para que se cumplan treinta desde esa canción, y hoy quien menciona el lema, así, desprovisto de sorna, o bien peca de una ingenuidad rayana en la idiotez, o bien debe deshacerse en explicaciones para no ofender el hastío y el desencanto por esa alegría que tanto se ha evidenciado, con el transcurso del tiempo, que duró poco y alcanzó tan mal. Para los que hoy pueblan el banquillo de los acusados, esa alegría (apropiación mediante) les perduró y les sufragó un estilo de vida Forbes. La gran mayoría de crédulos, en cambio, luego de un orgasmo de consumo, ven hace ya un tiempo, con creciente estrés, que de esa promesa quedan hoy cuotas de letras y créditos acumulándose, carcasas de productos,  fotos descoloridas de viajes y, sobre todo, deudas a favor de una universidad que les vendió la posibilidad de ser analfabetos ilustrados.

Que la alegría viniera se entiende hoy, por la gran mayoría, como un gran timo que a la vez es el gran triunfo neoliberal, ese engaño que les hizo creer que su país era uno de clase media porque poseía a raudales plasmas HD y camionetas. La deuda como sinónimo de emergencia, la deuda como sinónimo del crédito que doy y con el que especulo.

Sin embargo, entre la situación que ese himno trataba de iluminar y las tribulaciones del presente –a la vez imagen de la derrota de esa canción–, existen largas semejanzas,  la más patente de todas ellas: el miedo al futuro.

El miedo al futuro que “la alegría ya viene” trataba de calmar es similar al miedo al futuro de hoy. En ambos casos existe la sensación del hundimiento de un modelo conocido, de un tambaleo de las instituciones  y la orfandad que produce la sospecha de su desaparición. Ante esta ansiedad, eso sí, “la alegría ya viene” con su Chile de todos, nos tranquilizaba por su normalidad.

Hoy, claramente, no puede encajársele a la gente, ni la gente está  dispuesta a fumarse, solo un himno pegajoso, pero ante la desazón no parece tan fuera de lugar rescatar las mismas proposiciones que en la campaña del No se hicieron: que hay que perderle el miedo a la refundación y vocear que la posibilidad de un nuevo acuerdo es normal, porque este nos reconducirá a la normalidad.

Parecieran estar los tiempos para que –después del derrumbe, de los mea culpa, los azotes públicos (si llegan), aun sin una canción que nos calme y cuando se asiente el polvo–, el panorama se aclare y se nos haga evidente aquello que el miedo hoy nos vela: la urgencia de un acuerdo nuevo que trate básica pero profundamente cómo queremos convivir y construir los chilenos y  chilenas el Chile próximo, aquel que entierra al de “la alegría ya viene”.

Incluso, como una  suerte de canción sanadora, van quedando atrás los gritos al cielo que se escuchaban no hace mucho, ante la posibilidad de un nuevo pacto, y se van desvaneciendo, como asuntos de un pasado incómodo, los golpes a la mesa que, o bien negaban que hubiera un problema o bien, reconociéndolo como “parte del juego”, desviaban su solución a las mismas instancias que crujían y  que luego, como un espectáculo patético, se desplomaron a plena luz del día, con estruendo. Como las consignas de un abuelo racista, van escuchándose cada vez con mayor reprobación, y cada vez más como contrapunto de la normalidad, las voces que dicen “¿nueva Constitución, para qué?”, o “¿nueva Constitución?... de acuerdo, pero sólo por la vía parlamentaria”.

Por suerte, parece ser que aun sin un himno, y aun cuando está el miedo a ese futuro en el que “las instituciones” dejarán de funcionar sin más, existe cierta claridad de que el paso necesario del nuevo acuerdo debe darse. Y parece claro, también, que esa refundación no puede empezar (tal vez sí terminar) por quienes de forma más que evidente aparecen a veces como creadores, otras como cómplices, de la pérdida de la fe de sus representados. No, por suerte se hace cada vez más incuestionable –hoy por hoy de creciente sentido común– que un nuevo acuerdo que comenzara desde nuestros parlamentarios sería manifiestamente gatopardo, no fiable y no perdurable.

No podemos confiar en una alegría que no vino, no podemos encomendarnos a la mágica sanación de una promesa fallida y obsoleta, estamos al intemperie por la caída de los pilares que creímos que nos sostendrían, pues si eran de todos, otros se los apropiaron para cobrarnos arriendo. Cuando pudimos, terminamos pateándolos. Hay incertidumbre y no hay canción. Por suerte, eso sí, siguen existiendo un taxista, un niño rural, una pareja de ancianos, una madre y su hijo, una familia reuniéndose, obreros de la construcción, pescadores, campesinos, profesionales, empleados, mochileros, y otros, hartos otros. Ahora es su momeno al micrófono… lo saben, así que más vale que –para variar la historia– esta vez se les escuche con atención.

Nueva Constitución por medio de Asamblea Constituyente.

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