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Aborto: ¿de qué vida hablamos cuando decimos derecho a la vida?

por 7 julio, 2015

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Cuando en 1974 se discutía el anteproyecto de la nueva Constitución, Jaime Guzmán intentó incluir la prohibición del aborto, tal como consta en las actas del 14 de noviembre: "La madre debe tener el hijo aunque éste salga anormal, aunque no lo haya deseado, aunque sea producto de una violación o, aunque de tenerlo, derive su muerte". Sin embargo, la Iglesia Católica nos dice que en la disyuntiva de una persona de salvar su vida o la de otra, debe optar por la propia por ser sagrada, aunque esto lleve a la muerte de aquella.

Amnistía Internacional declara, en 2010, que "se deben derogar todas las normas que sancionan o permiten el encarcelamiento de mujeres y niñas que buscan o tienen un aborto bajo cualquier circunstancia", pues la solución final al dilema que plantea el origen de la vida no será resuelto por ningún organismo.

Sin embargo, muchos intervienen en la discusión sobre el proyecto de ley de despenalización del aborto, enfocándose en la calidad de humano que se le atribuye al embrión, aunque no es muy frecuente que a los fetos abortados involuntariamente se les dé sacramentos antes de ir al tarro de la basura. Esto, mientras seguimos formando parte del 1% de la población mundial que penaliza el aborto en todas sus formas y causales.

Parece una broma que algunos justifiquen su negativa a la suspensión del embarazo en caso de violación de la mujer. La incapacidad de tales opinantes para entender el drama de una violación, representa el colmo de la falta de empatía hacia la población femenina.

Para las mujeres la maternidad es demasiado importante como para improvisarla, como para recibirla en momentos de extremada pobreza, de violencia, de dignidad pisoteada, con la emocionalidad desmejorada. No quieren traer hijos a un entorno hostil, desabastecido de alegría y posibilidades de desarrollo. Para algunos, ello es difícil de entender.

 Soy contraria al aborto, no deseo que haya abortos, a nadie le gustan... pero aún nuestra sociedad no está en condiciones de excluirlo de los medios de supervivencia social de las mujeres. Debemos tender a una sociedad inclusiva que resguarde la dignidad de todas las personas, en que la necesidad de abortar sea sólo un mal recuerdo. Por ahora, no podemos criminalizar a las mujeres que han sido obligadas a hacerlo, con responsabilidad, con honestidad y dolor.

A otros, les parece algo sin importancia que el organismo de una mujer soporte meses de embarazo para sostener a un feto inviable. Parecen ignorar que el cuerpo materno sufre un sinfín de trastornos durante la gestación y la lactancia, haciendo que durante el posparto deba recuperar las condiciones alteradas, ya sean del sistema endocrino, respiratorio y demás. Por ello no resulta tan fácil que la mujer quiera vivir todo eso, para conseguir una maternidad sin bebé.

En ciertas circunstancias las mujeres no desean tener hijos porque no están seguras de poder cuidarlos, ya sea porque no quieren ser madres o porque no cuentan con los medios. Esto sin considerar los casos en que el momento de la concepción ha sido forzado.

Tenemos una chilenidad todavía incapaz de hacerse cargo de sus crías más débiles en forma más acogedora. La sociedad les ha fallado a los niños y jóvenes, y –urgida— quiere construir cientos de recintos para encerrarlos y quitarlos de su vista. Jóvenes “antisociales”, les llama, en lugar de declararse, ella misma, antisocial, es decir, en contra de la vida en sociedad digna, justa, humana.

No podemos dejar de reconocer que hay niñas y niños que en sus propias casas sufren abusos, torturas domésticas, abandono y otros maltratos a manos de sus padres, abuelos, el “tío-vecino” u otro agente abusivo.  Sin que sean privativos de los barrios pobres –el grupo ABC1 esconde los casos– estos hechos son reprobables, dolorosos, y suelen tener origen en paternidades y maternidades no preparadas para recibir a sus descendientes, en una sociedad que no tiene esta problemática entre sus prioridades.

Históricamente, se han dedicado más esfuerzos a encarcelar a las mujeres que intentan no llevar a término la concepción de nuevas criaturas que ellas saben que no podrán proteger, o que –nos guste o no–  no quieren recibir.  Obligamos a nacer a inocentes que nadie desea, a los que no tenemos nada que ofrecer como grupo humano. Hay quienes se ufanan porque “la obligué a tenerlo” y que luego se han desentendido del futuro de esa criatura, con elegante indiferencia.

Es un argumento socorrido, ese de que tienes la alternativa de dar a la criatura en adopción a personas que “podrán cuidarlas y hacerlas felices”. Pero esas no son más que políticas de reducción de daños.

Penosamente, pereciera que lo que más importa es el control reproductivo y el castigo hacia la mujer, junto a un enorme y despiadado desinterés por cambiar las condiciones que las llevan a suspender sus embarazos, escondiendo esa indolencia en un embrionismo fanático.

Quienes excluyentemente se autoproclaman como “partidarios de la vida”, suelen ser partidarios del inicio de esta, pero no de su continuación con un estatus humano, de otra manera se jugarían con la misma fuerza por la redistribución de los ingresos a través de una más justa tributación u otras medidas sin las cuales no puede haber entorno humano para todas las personas, desde que asoman su cabeza al mundo hasta que la llenan de canas.

Necesitamos fortalecer una cultura de dignidad para las mujeres y su potencial reproductivo, de respeto por su opinión y su libertad personal, disminuyendo al máximo las posibilidades de que sean víctimas del sometimiento sexual y otros abusos de poder.

Las mujeres deben dejar de vivir al vaivén de los dogmas, de culturas hegemónicamente masculinizadas, o de las necesidades demográficas del período.

La Iglesia Católica ha ido mutando sus posturas respecto al aborto, de acuerdo a los cambios civilizatorios que la Historia de la Humanidad nos ha ido mostrando, desde antes del Medioevo hasta la época Moderna. Lo que nos sugiere que quizás puede seguir cambiando a medida que evolucione la perspectiva de los derechos, los que no siempre estuvieron presentes como hoy.

Soy contraria al aborto, no deseo que haya abortos, a nadie le gustan... pero aun nuestra sociedad no está en condiciones de excluirlo de los medios de supervivencia social de las mujeres. Debemos tender a una sociedad inclusiva que resguarde la dignidad de todas las personas, en que la necesidad de abortar sea sólo un mal recuerdo. Por ahora, no podemos criminalizar a las mujeres que han sido obligadas a hacerlo, con responsabilidad, con honestidad y dolor.

Todos estamos contra el aborto y nadie anhela uno, pero muchos creemos que los niños y las niñas tienen derecho a nacer deseados, porque asegurar este derecho hace posible el cumplimiento de todos los demás, aunque los padres sean pobres o poco preparados o poco dotados.

Cuando se habla de legislar sobre la interrupción del embarazo, saltan las voces de siempre diciendo que aquello fomentará el aborto y el libertinaje. Probablemente haciendo uso de sus bolas de cristal para adivinar un futuro que no ven.

Si el empeño que se pone en defender la vida de un feto o embrión, se invirtiera en salvar del abandono a los niños que se llaman Juan, Margarita o Isabel, para que la misma sociedad que los arrinconó en la desesperanza no los castigue, tal vez seríamos más creíbles. Hasta ahora, la vida es humana para unos, pero escandalosamente indigna para otros. ¿De cuál vida hablamos cuando decimos que estamos por el derecho a la vida?

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