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Despolitización del trabajo social y la psicología en Chile

por 20 febrero, 2016

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Sin la pretensión de instalar una verdad en torno a las disciplinas, sino más precisamente, una aproximación crítica a lo que consideramos, un estado actual de las ciencias humanas, nos referiremos específicamente a la precarización laboral del trabajo social y la psicología en Chile.

En los últimos años, el desarrollo indiscriminado de decenas de instituciones de nivel superior de las profesiones antes indicadas, tanto de universidades públicas y privadas, así como también, centros de formación técnica e institutos profesionales, han multiplicado un creciente número de técnicos especialistas que han saturado el mercado del trabajo. Esta gran masa de trabajadores, ha logrado alejarse de su precaria condición de estudios de nivel escolar, para transitar hacia las filas de un ejército de proletarios profesionalizados, con características relativas de racionalidad ilustrada, los cuales, en su constante lucha individual por ejercer dignamente su profesión, constituyen –tal y como observó Karl Marx- todo un ejército de reserva, que ante un panorama competitivo, -y-, dispuestos a vender su saber como fuerza de trabajo, dicho ejercicio se realiza en condiciones laboralmente precarias. Se trata de un mercado del trabajo que oferta una extraordinaria externalización de sus servicios, extensas jornadas laborales, bajos salarios, altísimas cifras de rotación profesional, agudas patologías y/o neurosis laborales, equipos de trabajo constantemente al borde del burn out, relaciones de maltrato y conflicto laboral, entre otras. Esto último, ciertamente, no forma parte de una mera tendencia al alza en los últimos cinco años, sino que es una condición que incide sobre la calidad de los procesos técnicos implementados por ambas disciplinas, ya que a nuestro juicio, es perfectamente posible correlacionar, que a mayor precarización del empleo, mayor es el porcentaje de migración y rotación laboral.

La calidad de profesionalización o más precisamente, de tecnificación de dichas disciplinas en Chile, es de un mediano y bajo nivel formativo. Asimismo, el mercado académico es un mercado estrictamente desigual. Ejemplo de ello, son las diferencias de planteles académicos extensamente acreditados versus aquellas instituciones que llevadas a exigencias mercantiles, pauperizan sus cuerpos docentes a costa del pago de bajos honorarios. Ello, impacta nueva y significativamente en la permanencia y estabilidad de procesos educativos de corto y mediano plazo. La lógica lucrativa es tal, que es perfectamente posible advertir que en Chile, han existido verificables intentos de impartir ambas profesiones bajo modalidades a distancia, o mediante metodologías de carácter semipresencial, instalando la duda razonable respecto de la responsabilidad ética y educativa en la calidad de profesionalización de los procesos académicos. Nuestra pregunta de sentido común prácticamente aquí, es la siguiente: ¿Cómo aprenderá a realizar una psicoterapia un estudiante de psicología bajo una prestación de servicios online?, ¿cómo aprenderá un estudiante de trabajo social a desarrollar experiencias de intervención social tras una pantalla?. En ambos casos, a nuestro entender, lo anterior no sólo es parte del mismo fenómeno de precarización disciplinar, sino expresión de una oferta académica absolutamente desprovista de contenido, ya que en ambos ejemplos, de lo que se trata es de que el educando, logre desarrollar su propia experiencia en el interior del proceso mismo.

Un ejemplo perfectamente evidenciable de lo que aquí pretendo señalar, puede leerse claramente en el libro “Chile, tiempos interesantes: (a 40 años del Golpe Militar)”, del profesor de filosofía chilena Eduardo Sabrowsky, en el que el autor señala a propósito del escándalo de la educación en Chile, que durante el contexto de las manifestaciones políticas llevadas a cabo por el movimiento estudiantil que; “(…) universidades perfectamente acreditadas…en las cuales, mediante figuras como las inmobiliarias y otras, accionistas pueden retirar capital y utilidades; ser compradas y vendidas. En las cuales los alumnos al ingresar deben firmar una renuncia a su legítimo derecho a asociación; o que prácticamente carecen de profesores contratados, y recurren a un proletariado del conocimiento (profesores-taxi) al cual solo pagan honorarios (nada para previsión social; nada para salud); al que, en algunos casos, contabilizan solo las horas dictadas, sin admitir excepción…”. (Sabrowsky 2013, 33).

Antes bien, en el contexto actual, la acelerada reproducción de cientos de trabajadores sociales y psicólogos ha requerido de nuevos objetos de intervención en los que desempeñar y justificar social y moralmente su acción. Precisamente por ello, el campo temático de la infancia ha adquirido relevancia y actualidad. En este sentido, siguiendo al historiador Jacques Donzelot, a propósito de “El complejo tutelar”, los trabajadores sociales, y en nuestra opinión, -también los psicólogos-, no están reagrupados a una sola institución, sino que vinculados en tanto que apéndice a los aparatos del sistema judicial, asistencial y educativo. Así pues, aunque se encuentren localizados en una diversidad de puntos específicos, ambos saberes en sus objetos; “apuntan hacia un objetivo privilegiado, la patología de la infancia bajo su doble aspecto: la infancia en peligro, la que no se ha beneficiado de todos los cuidados de crianza y de educación deseables, y la infancia peligrosa, la de la delincuencia” (Donzelot 2008,1).

Lo antes expresado, permite identificar en Chile, una extensiva proliferación de fundaciones que intervienen discursiva y jurídicamente el cuerpo social, bajo el imperativo ético y empresarial de una acción social “sin fines de lucro”. Asistimos así, a una especie de genuino y curioso interés post dictadura, en la protección de los derechos de la infancia por medio de redes colaboradoras al Servicio Nacional de Menores, las cuales, si bien, en su ejercicio intentan técnicamente proteger los derechos aludidos en los actuales escenarios de desprotección y maltrato, la realización subjetiva de dicha labor, se ve coaccionada ante exigencias de absoluta despolitización y precarización de su oficio, incluso en ámbitos materiales u organizacionales. La dimensión referida a la despolitización de las profesiones psicosociales, es una cuestión que se ha diagramado de acuerdo a la privatización de las universidades. En Chile, el mercado académico chilensis, destaca por dos aspectos antagónicos, a saber, planteles ilustrados proletarizados a diferencia de una especie de “capitalismo académico de alta”, caracterizado por una extensa profesionalización y especialización de su oficio.

La despolitización se traduce aquí, como una ausencia de un ethos o de una actitud crítica, hacia lo que podríamos denominar aquí, noción de mundo en general. La escasa formación política de la psicología, y la excesiva racionalidad técnica de ambos oficios, no permite advertir en ellas, epistemes disidentes al régimen gubernamental actual, sino que precisamente, se extienden aquí, como disciplinas que cantan en alabanza al cuerpo social.

Por otro lado, cabe mencionar cuestiones económicas. El sistema de organismos colaboradores del SENAME, se compone de toda una externalización de servicios que no es ejercida de manera directa por el Estado, sino que es fundamentalmente licitada a organismos proveedores de servicios sociales. En tal sentido, se evidencia un contexto plenamente neoliberal, en el que el Estado, externaliza técnica, administrativa y financieramente los mandatos judiciales que el mismo se impone garantizar. En definitiva, si ya resulta complejo para las disciplinas humanas realizar su labor en el actual escenario, atender, -llámese, la gestión peligrosa de la infancia, o la infancia vulnerable-, aún lo es más, cuando el ejercicio técnico del oficio, se realiza en contextos en los que el Estado y las organizaciones han gerenciado el uso de la psicología y el trabajo social.

La despolitización se traduce aquí, como una ausencia de un ethos o de una actitud crítica, hacia lo que podríamos denominar aquí, noción de mundo en general. La escasa formación política de la psicología, y la excesiva racionalidad técnica de ambos oficios, no permite advertir en ellas, epistemes disidentes al régimen gubernamental actual, sino que precisamente, se extienden aquí, como disciplinas que cantan en alabanza al cuerpo social, funcionalizando sus prácticas sociales, insertándose organizadamente en los engranajes micro y macropolíticos del sistema actual. Y en este sentido, es de pero grullo, apreciar que “lo psicosocial”, se ha convertido no sólo, en un nicho estructuralmente funcional a la racionalidad del mercado académico, sino que al mismo tiempo, lo que ha ocurrido con la población de la vida infantil, ha devenido en reproducción de fuerza útil a la lógica del capitalismo actual. Así pues, tal como señaló Michel Foucault; “el cuerpo-sólo se convierte en fuerza útil cuando es a la vez cuerpo productivo y cuerpo sometido” (Foucault 2002, 35).

Por mi parte, estoy convencido que uno de las principales desafíos que posee la educación en la sociedad moderna, y particularmente, en lo que respecta al estatuto de las ciencias humanas, es que éstas, debieran caracterizarse por exhibir siempre, la notable propiedad de ser productivamente problemáticas a la actualidad. Pese, a lo jibarizadas que estén ambas disciplinas, éstas permiten iterativamente repensarse a partir de heterogéneas perspectivas filosóficas, políticas, tecnocientíficas, etc.

El mérito que poseen la psicología y el trabajo social, remiten siempre a la pregunta por la acción, esto es, ¿qué es lo que puedo hacer yo?, ¿cómo puedo contribuir críticamente hoy?, ¿cómo puedo, por un lado, situarme críticamente desde el despliegue de mis propias prácticas, en el marco de un contexto general de despolitización de los oficios? A nuestro juicio, el valor de las disciplinas humanas, es que son capaces de otorgar la posibilidad genealógica de desplegar prácticas más allá de una mera reproducción de dispositivos sociales, jurídicos y de administración de subjetividad. Quizá, esto último, otorgue más dificultades al quehacer cotidiano de ambas disciplinas, por cierto, sin embargo, al menos, permitirán visibilizar como condición ética y política, un tipo de ejercicio crítico y modesto de las profesiones, al mismo tiempo, que -(se)- permitan dignificar el contexto de precarización mercantil. Pues, finalmente, el problema de la psicología y del trabajo social en Chile es de legitimidad política, ya no en el sentido técnico de su utilidad, sino que en una noción metateórica de ésta.

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