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¿Me aceptaría una crítica?

por 8 abril, 2016

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Esta sola pregunta bastaría para poner en guardia a muchas personas. Aunque formalmente manifestaran disposición a recibirla, internamente las pone alerta y quisieran escapar de ella. Si esto es grave en cualquier persona adulta, las consecuencias son más significativas si ocurre en personas encargadas de conducir a otras y, muchísimo más, en quienes tienen responsabilidad sobre un país. La gravedad de las consecuencias es proporcional al tamaño del grupo que conducen.

El rechazo a la crítica y las reacciones ante ella son algo que preocupa. Sucede mucho a los economistas, también a los curas y, últimamente, a los políticos. Esto intranquiliza bastante. En parte es lo que denota, en parte es lo que provoca.

No poder recibir una crítica denota que las ideas se han petrificado, no hay flexibilidad de pensamiento ni apertura de miradas. Con personas así es imposible crear algo nuevo, a menos que se le ocurra la novedad a ella misma. Esta incapacidad muestra un alto grado de narcisismo y estrechez en los puntos de vista. En términos morales, desemboca en mucha soberbia.

Personas así reaccionan de maneras diversas. A veces se taiman, se sienten atacados personalmente. Suelen buscar espacios donde los adulan o les dicen que tienen toda la razón y, por tanto, permanecen ciegos en sus perspectivas. Suelen encasillar al crítico en un bando, habitualmente el enemigo, y comienzan a leer a las personas desde ese encasillamiento. El problema de fondo es que no escuchan aquella porción de verdad que podría haber en la crítica y, al final, no hay progreso posible. Personas así son psicológicamente muy infantiles.

Hoy no contamos con una calidad de diálogo suficiente ni de escucha sincera, que nos permita evaluar las críticas o argumentaciones en su mérito, sino que bloqueamos las intervenciones de supuestos enemigos sin valorar el aporte que nos pueden hacer en lo personal, o que pueden hacer a la argumentación colectiva.

Una persona adulta es aquella que se dispone a encontrar lo mejor. El diálogo entre adultos es para eso, para encontrar la verdad y hallar lo mejor. Eso debiera pretender el diálogo al interior de la sociedad, pero para ello es imprescindible que sea realizado por personas suficientemente adultas, abiertas a la posibilidad de que el otro tenga más razón que uno, porque lo que se busca es la verdad y el bien.

Hoy no contamos con una calidad de diálogo suficiente ni de escucha sincera, que nos permita evaluar las críticas o argumentaciones en su mérito, sino que bloqueamos las intervenciones de supuestos enemigos sin valorar el aporte que nos pueden hacer en lo personal, o que pueden hacer a la argumentación colectiva.

Es cierto que la crítica debe hacerse bien. Nunca debe atacar a la persona, descalificarla por su origen o su pasado: atacar a la persona siempre es falaz. Apunte a la lógica, a la argumentación, añada perspectivas, pero no perjudique al adversario, que es la condición necesaria para enriquecer el diálogo. Pero además es muy relevante la rectitud de intención y que efectivamente el crítico busque el bien de quien va a criticar o el progreso del grupo. Muchas veces uno se topa con intenciones torcidas, pretendiendo que dañar al enemigo es el progreso propio. Eso nunca es así: cuando la calidad del diálogo baja, todos pierden. Eso nos está pasando en Chile: todos estamos perdiendo porque el foco del diálogo ya no es buscar lo mejor ni la verdad, sino la destrucción del contrario, del supuesto enemigo.

Con esta crítica a la sociedad en general estoy buscando que elevemos la calidad del diálogo, la honestidad en las intenciones, el progreso de nuestra sociedad. Señor ciudadano, ¿me aceptaría una crítica? Si usted es economista, sacerdote o político, ¿la aceptará?

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