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Me acuso

por José Francisco Troncoso Robles, Arquitecto 11 mayo, 2016

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Señor Director:

Cuando hace 25 años se empiezan a instalar los primeros centros de cultivo, en las paisajes telúricos de Aysén, no denuncié el deterioro del paisaje, porque mis primeros trabajos fueron armando esas sucias telarañas de metal y soga sobre un mar prístino y lleno de vida.

Cuando empecé a vislumbrar que los habitantes de Aysén y Chiloé olvidaban su tradicional modo de vida autosustentable y familiar, de gran conexión con la tierra para ir a trabajar por extenuantes y largos turnos a los centros los hombres y a las plantas de proceso las mujeres, me dije que era un precio justo por la legítima aspiración de participar en el sistema de consumo, y no me quise hacer cargo de que los hijos crecieran solos y sin dirección, abandonados en una escuela rural fría y húmeda.

Cuando en mis viajes por mar y aire, empecé a advertir que los fondos de los centros se teñían de color amarillo, producto del alimento no consumido por los peces, que lentamente se iba depositando en el fondo marino, me dije que era un justo precio, por el gasto en infraestructura de caminos, electricidad y equipamiento que desarrollaba el estado para incentivar la inversión privada, aquí, en esta esquina del tiempo.

Cuando empecé a advertir que se fueron extinguiendo cangrejos, jaibas y calamares, y toda la fauna bentónica (aquella que se arrastra por el fondo del mar) producto de la aplicación de químicos destinados a liberar a los salmones de ácaros, o artrópodos, exterminando de paso a sus hermanos mayores, no dije nada, por que gracias a las múltiples relaciones comerciales directas e indirectas con la industria salmonera, pude recorrer el mundo, construir mi casa a la orilla del lago, adquirir mis caros juguetes y poner a mis hijos en un colegio que , sin la inversión acuicola, no existiría en la puerta de la Patagonia.

Cuando ya no pude pescar en aguas interiores la merluza austral, la de tres colas, el congrio, la cojinova y el lenguado, gracias a la depredación del salmón carnivoro me dije que era un costo a asumir, ya que eramos testigos de enormes inversiones inmobiliarias, de viviendas y departamentos de lujo en esta tierra al Sur de los temporales, pero me silenciaba la construcción de ghettos de hacinamiento, replicando a nivel regional el modelo centralista y segregacionista de esta pais esquina con vista al mar cada vez más cansado.

Cuando en algún viaje divisé el asesinato de un lobo marino con disparos de escopeta y golpes de palos y su posterior amarre cerca de un centro de cultivo en algún lejano canal de Aysén, como escarmiento para que los ejemplares que merodeaban los alrededores, para así evitar ataques en busca de alimento, miré al lado, porque me dijeron que la industria acuicola estaba mejorando sus estándares medioambientales.

Y ahora, visitando la costas de Carelmapu y las amarillas playas de Puerto Godoy, me doy cuenta que es demasiado tarde para hablar, que el mar ha devuelto el crimen en forma de fétido castigo,como nunca jamás se ha visto; que los recolectores de orilla, los pescadores y los habitantes de esta región hemos vivido un sueño porque nunca nos dimos cuenta que Chile hacia el Sur esta presente solo por la Ruta 5 y que termina en Puerto Montt; que ebrios de nuestra autocomplacencia, hemos permitido que el Estado se vaya empequeñeciendo y que haya postergado al Sur Austral confiando que el libre mercado se haga cargo a su manera del desarrollo económico y social; mis palabras se irán adelgazando en el olvido, no importa, pero mi temor es de que la Pachamama, la madre tierra, nuestra Ñuke Mapu, ya no pueda retener más a las salvajes serpientes Ten Ten y Cai Cai Vilú, que libere la justa energía limpiadora y nos recuerde lo frágiles que somos...

Demasiado tarde nos hemos dado cuenta que Dios está en todas partes, pero que solo atiende en Santiago.

José Francisco Troncoso Robles, Arquitecto

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