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Hospitalidad y soberanía: reflexiones sobre una visita inesperada

por 22 julio, 2016

Hospitalidad y soberanía: reflexiones sobre una visita inesperada
Al canciller de Bolivia se lo recibió retrocediendo, con espanto, sin presencia; ni como dignatario ni como turista, ni como ladrón ni como visita. La incapacidad para identificarlo obedece a una inadecuación política de nuestra diplomacia, que es uno de los síntomas de la crisis de responsabilidad que aqueja a la institucionalidad de nuestro país.
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Una visita intempestiva es una provocación. De eso no hay duda. Pero no toda provocación es un acto hostil. Puede ser un llamado a cambiar el juego o a atender aspectos desmejorados en el tratamiento de los conflictos. El visitante inesperado es por definición el acontecimiento que pone a prueba la solidez de la casa que recibe el llamado en su puerta. El provocador es también víctima de su provocación.

La exigencia política y el desafío del que llega es ser acogido hospitalariamente, como otro, inesperado, irreductible, con propósitos desconocidos y eventualmente hostiles. Las leyes de la hospitalidad juegan a favor de la visita. El protocolo es la regla de cortesía a aplicar y a imponer en cada encuentro.

Caer en el mal humor, espantarse e incumplir con las obligaciones hacia la visita, revelan una falta de aplomo inexcusable. Tener a un hombre parado ante la puerta, durante seis horas, es una vacilación entre el rechazo y la acogida que muestra una debilidad y una fisura, no solo en el ejercicio sino en la comprensión de la soberanía.

Vivimos en una época de responsabilidades y soberanías fragmentadas, sujetas a tratados, a excepciones y a divisiones en la unidad del poder político. Antiguamente el soberano expresaba un poder indivisible y absoluto a su cargo.

Esa forma de poder se terminó con la república y con el régimen democrático, sin embargo, no hemos encontrado el lenguaje para reemplazar la conceptualización del poder político. La confusión no es menor. Importantes sectores académicos y populares siguen aspirando al reconocimiento de una soberanía ahistórica que les impide plantarse ante el Estado desde una diferencia democrática en la naturaleza y el ejercicio del poder.

Mirado más de cerca, no es la figura del soberano la que está en duda y vacila en la puerta: es la soberanía que se ha disuelto en exigencias más sutiles de hospitalidad y de responsabilidad en la gestión del territorio. Basta recorrer el indispensable diccionario Word para que el despliegue de los sinónimos del término –imperio, majestad, señorío, dominación, poderío, superioridad, supremacía– nos adviertan de la medida en que la soberanía es un concepto fuera de época y de lugar. El problema no es el liderazgo de un soberano sino la inconsistencia de la apelación a la soberanía.

Se trata de un recurso nostálgico que no es inocente, que busca al líder, al dueño y al padre autoritario que, hace mucho y afortunadamente, nos han abandonado. La fijación constitucional del término solo refleja el deterioro de la cultura jurídica y su dificultad para acompañar los conflictos actuales de la convivencia.

La soberanía se ha partido en tantos pedazos como derechos nacionales e internacionales hemos reconocido. No somos soberanos en Antofagasta más que con las limitaciones de los tratados con Bolivia y las limitaciones de las leyes ancestrales de la hospitalidad. En este terreno, la cultura aymara lleva una ventaja milenaria sobre un derecho estreñido por su anacronismo. No somos los reyes de la casa más que como condescendencia cariñosa de la dueña.

La autoridad que necesitamos debe responder la pregunta más simple: ¿a quién abrir la puerta y en qué calidad recibirlo?

La pregunta sobre la responsabilidad hospitalaria no ha tenido más que respuestas funcionarias. Al canciller de Bolivia se lo recibió retrocediendo, con espanto, sin presencia; ni como dignatario ni como turista, ni como ladrón ni como visita. La incapacidad para identificarlo obedece a una inadecuación política de nuestra diplomacia, que es uno de los síntomas de la crisis de responsabilidad que aqueja a la institucionalidad de nuestro país.

La pregunta sigue siendo quién es el responsable de abrir la puerta, quién lo representa en el saludo, quién recibe, quién sostiene la mirada y la conversación del intruso, quién decide si debe echarlo o inclinar la cabeza en señal de respeto, quién organiza la emergencia.

Los atributos de la representación política y de la soberanía, deben ser traducidos, reacondicionados y reemplazados para evitar papelones en las cortes y en las puertas de acceso internacionales. Sin embargo, no tenemos otra serie de conceptos referidos al mayor poder político y que puedan sustituir la retórica soberana.

La soberanía tiene la robustez discursiva de la violencia. El reemplazo de sus conceptos implica un cambio en las prácticas políticas e institucionales que se retiran del lenguaje imperial y se reencuentran con el lenguaje de la comunidad. Un idioma que está en escena hace rato en la exigencia de responsabilidades cercanas, de acogida justa a los problemas sociales.

El episodio de este ‘convidado de piedra’ no puede sino ser enfrentado con metáforas hogareñas y con una ética de la responsabilidad hospitalaria. Para esto necesitamos recuperar la extensión lógica de la comunidad en la política y reconocer espacios de gratuidad, de emocionalidad y de imprevisibilidad en la convivencia nacional e internacional.

La pregunta sigue siendo quién es el responsable de abrir la puerta, quién lo representa en el saludo, quién recibe, quién sostiene la mirada y la conversación del intruso, quién decide si debe echarlo o inclinar la cabeza en señal de respeto, quién organiza la emergencia.

La soberanía, ahora como recurso literario y como exageración discursiva, puede ser ejercida por la comunidad para señalar que el soberano ha huido de la historia y solo quedamos nosotros a cargo y no queremos enredarnos en enojos y conceptos anacrónicos.

Hemos pasado de soberanos ficticios a anfitriones desconcertados y debemos aprender a comportarnos como responsables, depositarios de dominios parciales, compartidos, sometidos al derecho, a las buenas costumbres, a la diplomacia y al escrutinio público. La visita intempestiva de David Choquehuanca, tal vez sin proponérselo, ha puesto en juego la hospitalidad por sobre la soberanía. Esta es una apertura que debería conmovernos y ponernos en marcha de una vez.

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