lunes, 27 de mayo de 2019 Actualizado a las 04:32

Autor Imagen

Yo paso el mes de septiembre con el corazón crecido

por 18 septiembre, 2016

  • Compartir
  • Twittear
  • Compartir
  • Imprimir
  • Enviar por mail
  • Rectificar

Las fiestas patrias vienen siendo transformadas por una sociedad mercantil que desvanece las intuiciones de la celebración de la independencia de Chile. En el siglo XIX el pueblo experimentó intuitivamente el significado de la gesta de la independencia: fin al despojo colonial, afirmación de una soberanía colectiva, apresto democrático. Estos sentimientos nutrieron un aire indefinible pero precioso de libertad, junto a unas ganas fervorosas de disfrutar el arribo de la primavera. Buena mezcla de anhelos naturales, vegetales, y políticos. El pueblo celebraba estos sentimientos a todo trapo y con mucha bulla y contento. “Se fregaron las Españas / con su rey de hoja de lata / quiso el león hacer hazañas / y lo ataron de las patas / El león era un cordero / pa los patriotas / argentinos chilenos / los leones fueron / Los leones fueron sí / los talaveras / pagaron con sus vidas / sus mil fierezas / Que no libre San Bruno / ni godo alguno.” “Rodríguez dejó una herencia / y Bilbao la agrandó / Balmaceda le dio forma / y el burgués la destrozó / Huérfano gime el pueblo / bajo cadena / pero tiene en el pecho / una promesa / Una promesa sí / que llegará / vendrá como una flor / la libertad. / El pueblo triunfará / o morirá.” (Antonio Acevedo Hernández, La cueca. Orígenes, historia y antología, Santiago: Nascimento, 1953, 189-190, 342-343).

En la década de 1930 el pueblo empezó a echar de menos esas grandes celebraciones libertarias. Comienza a sentir demasiado protagonismo oficial, además de sufrir las penurias económicas del momento: “Siempre la mesma patilla / igual qu’el año pasao / música tarde y mañana / descargas, palo encebao, / regalitos pa los presos / la tal pará militar / el tedeu de los curas / y pare usté de contar.” ("Verdejo y las Fiestas Patrias", Topaze, 14.9.1932). Oreste Plath en la década de 1940 denunció la sustracción de espacios libres para la vida popular: “Ahora, el pueblo ya no tiene la Alameda; ciertos señores progresistas solicitaron que no se autorizase la instalación de fondas en esa arteria, […]; por lo tanto, se acabaron el ponche, la horchata, la malaya, el pescado frito, la fruta de la estación, el olor a pólvora y la albahaca. El pueblo no tiene música ni cantares; todo ello ha sido reemplazado por parques de atracciones, llenos de juegos mecánicos; […].” (Oreste Plath, Baraja de Chile, Santiago, 1946, 106).

Las luchas políticas y culturales del pueblo en el siglo XX volvieron a incentivar el espíritu dieciochero ancestral. Los héroes de la independencia fueron identificados como los defensores de la tierra, el pueblo amante. Esto se puede advertir muy bien en los sentimientos dieciocheros de Pablo Neruda y de Violeta Parra. Pablo Neruda exalta con una cueca a Manuel Rodríguez: “Por todas partes viene / Manuel Rodríguez / Pásale este clavel / vamos con él. / […] / él que era nuestra sangre, / nuestra alegría.” (Pablo Neruda, Canto general: Los libertadores). Violeta Parra hace ver el contraste entre el nacimiento de la patria y el nacimiento de los pobres: “La fecha más resaltante / La bandera va a flamear / La Luisa no tiene casa / La parada militar / Y si va al Parque la Luisa / ¿adónde va a regresar? / Cueca larga militar…” (Violeta Parra, Yo canto la diferencia). Violeta espera el nacimiento en su cuerpo de un nuevo Manuel Rodríguez: "Me abrigan las esperanzas / que mi hijo habrá de nacer / con una espada en la mano / y el corazón de Manuel / parar enseñar al cobarde / a amar y corresponder." (Violeta Parra, Hace falta un guerrillero).

 Las celebraciones oficiales de fiestas patrias se han concentrado en un criollismo de utilería que apela a un trasfondo acampado pero dirigido por intereses mercantiles y transnacionales. Mucha manta huasa, mucha espuela, mucho apero costoso, de huasos con plata, y de chinas dóciles y emperifolladas.

 

La desventura de 1973 desperfiló estos anhelos populares y primaverales. El modelo de convivencia nacional impuesto desde entonces hizo de Chile un país de enemigos, y, después, de competencia feroz y desigual. Las celebraciones oficiales de fiestas patrias se han concentrado en un criollismo de utilería que apela a un trasfondo acampado pero dirigido por intereses mercantiles y transnacionales. Mucha manta huasa, mucha espuela, mucho apero costoso, de huasos con plata, y de chinas dóciles y emperifolladas. Esto reproduce la oposición histórica, clasista y racista, entre el huaso y el roto, del que hablaba Mariano Latorre a mediados del siglo XX. Glorificación del huaso, como reivindicación de lo español, lo civilizado, y derrota del roto, como metáfora del indígena, la barbarie. Este imaginario clasista y acaballado está en el inconsciente de las fiestas patrias de hoy. Fiestas patrias donde el sueño de la independencia de Chile ya no suena. Los inventores del embrujamiento ultraliberal pronosticaron que para los doscientos años de la independencia Chile sería un país desarrollado. “Cuando Chile cumpla doscientos años de vida independiente, en el año 2010, será un país económicamente desarrollado” (José Piñera Echenique, Chile: el poder de una idea, 1992). ¿A ver? ¿Quiénes alcanzaron a ser ‘económicamente’ desarrollados? “En este bicentenario / no hay nada qué festejar / si Chile es de los privados / ¿qué vamos a celebrar? / El agua y la energía / son extranjeras/ que dirían Rodríguez / y los Carreras / Y los Carreras sí / y Salvador / las cosas cada día / siguen peor. / De Pinocho pacá / ‘tá la cagá.” (Carlos Muñoz Aguilera, ‘El Diantre’, poeta popular de Valparaíso, En este bicentenario, 2009).

Una situación así no se condice ni con la patria ni con la independencia. Con todo, persiste en cualquier caso la sensibilidad popular y dieciochera en la imaginería de la contraparte del huaso, el roto, y su sentido común. El roto es el otro arquetipo histórico de Chile. Griselda Núñez, la Batucana, poeta popular, lo define con estas palabras: “Para mí un roto es adorable, un roto amante, un roto que jamás va a tomar el cuchillo de verdad contra otro. A mí me gusta el roto optimista, con humor. Por ejemplo el roto que dice: ‘Benaiga la suerte mía que el Dieciocho me pilló más pobre que el Niño Dios’. Así, sin ropa y sin plata.” (M. Salinas, En el chileno el humor vive con uno, Santiago: Lom, 1998, 117-118). Es el pueblo del día a día que celebra la vida porque sí, sin consideración alguna por los pobres y esperpénticos privilegiados del país: “Soy un roto muy sereno / pirchento y hediondo a chicha / pero tengo la gran dicha / y orgullo de ser chileno / me entrego a vivir de pleno / me gusta pasarlo bien / [...] / Eso es dicha caballeros / no darse de colijunto / que más parecen difuntos / con bolas más que un carnero / son cursis matapenqueros / y caros por una luca / picantes como cicuta / el roto es otro perfume [...] / La pinta eso es lo de menos / eso es pal gallo con plata / que compran terno y corbata / como comprarse un pañuelo / el roto es de otro terreno / y piensa con otra nuca / en lo que hay se las machuca / la pinta le importa un pucho / en cachar es lo más ducho / contento y sin una luca. / En las fiestas dieciocheras / lo hacimos de yugo largo / […].” (“El roto chileno”: Las dulces picardías de un poeta. Versos por travesura del poeta popular Domingo Pontigo, Santiago, 2011, 123).

Compartir Noticia

Más información sobre El Mostrador

Videos

Noticias

Blogs y Opinión

Columnas
Cartas al Director
Cartas al Director

Noticias del día

TV