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Malditos heterodoxos

por 9 enero, 2017

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Las condiciones de posibilidad para un liderazgo que pudiera leerse más allá de las claves de la transición llevan mucho tiempo desplegándose en Chile. Sin ir muy lejos, las dos últimas elecciones presidenciales han estado signadas por la repentina irrupción de liderazgos que o venían de fuera del campo político diagramado en la transición o, si venían de adentro, como Marco en el 2009, irrumpían en la escena público/mediática subvirtiendo las lógicas y modos del campo mismo. Si bien estas irrupciones no derivaron en la articulación de una mayoría electoral y tenían evidentes vacíos en sus agencias programáticas, fueron las señas ineludibles de un cambio cultural que se iba hilvanando desde abajo y como contratexto al discurso celebratorio y acrítico que enarbolaban las elites sobre los logros y consensos de la transición.

Los informes de Desarrollo Humano del PNUD lo han dimensionado desde hace décadas. La pérdida de consenso en el pacto transicional por parte de diversos actores sociales y políticos fue evolucionando hacia la desconfianza, la abstención y el aumento en la conflictividad social por una(s) ciudadanía(s) que hoy cuestiona(n) las matrices reproductoras del orden neoliberal en nuestro país. En el último tiempo asistimos a un giro intersubjetivo que, por un lado, ha cuestionado los fundamentos de ese “orden” y, por otro, ha instalado, a falta de un mejor nombre, lo que podríamos llamar una “epistemología de la sospecha sobre lo público”, sus instituciones y, sin duda, los cuadros políticos y técnicos que han capitaneado estas. Hay un clamor ciudadano a favor de la regeneración de la vida pública que ya no puede ser acallado, necesitamos articular grandes actos o hitos renovadores de lo público y lo común.

Al mismo tiempo, la elite se encuentra sumida en una importante crisis no solo de legitimidad, sino también de sentido. Hoy es claro, para la inmensa mayoría de los chilenos y las chilenas, que sus intereses no son los intereses de todos. Las rupturas de los consensos –tan trabajosamente articulados en la transición– tienen que ver con esto: lo que pensábamos era un proyecto común, se ha develado como el proyecto específico de unos pocos. No es menor reflexionar que, aun en “condiciones de ventaja institucional”, se han dedicado sistemáticamente a vulnerar la ley, sí, la que ellos mismos producen y casi sin contrapeso alguno. Solo ignorando lo terrible que es un mundo donde la legalidad no consigue fundar el verdadero poder y la verdadera legitimidad, es posible considerar como moralmente preferible un camino que alimenta el despotismo financiero en vez de combatirlo de forma eficaz y no testimonial.

En este contexto, la elite que busca, tapándose los ojos ante lo evidente y mediante “diablos conocidos”, bajar el nivel de incertidumbre del campo político bajo la creencia de poder seguir gobernando los destinos de nuestra gente. Sin embargo, esta creencia se vuelve peregrina y fantasiosa porque los “diablos conocidos” no solo no ilusionan ni articulan discursos/narrativas movilizantes, sino que ni siquiera logran escenificarse ante la ciudadanía como un mal menor. No se trata de un error de cálculo simple, no debemos equivocarnos es este sentido. Buscan seguir atrincherados en sus despachos y edificios “rimbombantes”, aún confían en su control sobre la legalidad y el Diario Oficial del Estado y, sobre todo, en el perenne peso de la noche que ha marcado a nuestra historia.

[cita"destaque"]Hoy es claro, para la inmensa mayoría de los chilenos y las chilenas, que sus intereses no son los intereses de todos. Las rupturas de los consensos –tan trabajosamente articulados en la transición– tienen que ver con esto: lo que pensábamos era un proyecto común, se ha develado como el proyecto específico de unos pocos.[/cita]

Para las fuerzas transformadoras aceptar “lo líquido” del actual contexto político no se traduce, por rigor, a la lógica de la tabula rasa. La iniciativa del actual contexto, al menos a nivel presidencial, sigue estando circunscrita al sistema “tradicional” de partidos políticos con las evidentes modificaciones y tensiones surgidas en la formación de la Nueva Mayoría. Hoy se disputa el futuro presidencial del país fundamentalmente en ese espacio; en el otro espacio político con posibilidades de gobernar Chile, solo hay una posibilidad: la regresión conservadora. Como dijo el poeta mexicano Octavio Paz: “La derecha no tiene ideas, sino solo intereses”. Y esta disputa es, al mismo tiempo, la diputa por la orientación del conglomerado y la continuidad, no sin tensiones, por supuesto, de la agenda reformista que se ha puesto en acción estos últimos años.

Alejandro Guillier representa una crítica a las élites del país (a “los mismos de siempre”) y justamente toma consistencia, y hace “sentido” en la trayectoria nacional (“institucionalista”), debido a su doble dimensionalidad; por un lado, “es parte de” (NM) y, por otro, “va más allá de” (NM), generando tensiones no solo hacia la derecha sino también hacia la izquierda y sus conservadoras cartografías mentales (en el entendido de que él aborda la demanda de cambios). Es indiscutible que, pese al vacío programático y a la debilidad de su “fuerza propia”, sus declaraciones e intervenciones en el Congreso dan garantía de que es posible posicionar temas programáticos sensatos para una nueva forma de desarrollo del país que mejore las condiciones materiales y espirituales de los chilenos y las chilenas.

No considerar en la gramática del poder y las decisiones políticas el hecho de que el candidato cuente con un fuerte apoyo ciudadano, sería ingenuo. Creer que eso es suficiente, también. Guillier fue ungido por los chilenos y las chilenas para enunciar de la forma más consistente posible (y las posibilidades en políticas son en la medida de las fuerzas y no de los deseos) la discursividad de una posible “irrupción ciudadana” (que, como generalmente sucede, está lejos de lo que imaginábamos). Suponer, como piensan no pocos cuadros del campo político tradicional, que se puede detener a Guillier en una primaria con la fuerza de las desgastadas máquinas partidarias, es no entender nada. Las mayorías nacionales no se articulan en la sumatorias de máquinas y aparatos sino, por el contrario, en la diagramación de sueños y nuevos horizontes comunes que, para la tristeza de algunos y el oportunismo de otros, siguen surgiendo de la NM.

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