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Los dueños del fuego

por 1 febrero, 2017

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“[Mi] poesía nació entre el cerro y el río, tomó la voz de la lluvia, se impregnó de los bosques tal como la madera.” Pablo Neruda, Confieso que he vivido. Memorias: Un camino en la selva

Para las grandes tradiciones religiosas judeocristianas e islámicas, originarias del Oriente, el tema del jardín y del agua es la gran metáfora de la tierra sagrada, del paraíso, de la buena compañía, del Edén. Dice la Biblia: “Luego, Yavé plantó un jardín en un lugar del Oriente llamado Edén; allí colocó al hombre que había formado. Yavé hizo brotar del suelo toda clase de árboles agradables a la vista y buenos para comer. […]. Del Edén salía un río que lo regaba y se dividía en cuatro brazos. […]. Yavé tomó, pues, al hombre y lo puso en el jardín del Edén para que lo cultivara y lo cuidara.” (Génesis 2, 8-15). Dice el Corán: “Albricia a quienes creen y hacen buenas obras, que tendrán unos jardines en que corren ríos por ellos. […]. Tendrán esposas puras. Ellos vivirán allí eternamente.” (Corán 2, 23/25). “Quienes sean piadosos, tendrán junto a su Señor jardines en que corren los ríos; en ellos vivirán eternamente, teniendo esposas puras y la satisfacción de Dios.” (Corán 3, 13/15). El tema del jardín y del agua es la manifestación evidente de lo sagrado, de la bendición de Dios: “Quienes dan sus riquezas deseando satisfacer a Dios y conseguir la seguridad de sus almas, se parecen a un jardín situado en una altura, al que si cae encima un aguacero, sus frutos se duplican. Si no le cae el aguacero, el rocío le riega. Dios ve lo que hacéis.” (Corán 2, 267/265).

En franca oposición a la imagen sagrada del jardín y del agua, aparece la imagen del fuego. “¡Malditos, aléjense de mí, vayan al fuego eterno que ha sido destinado para el diablo y para sus ángeles! Porque tuve hambre y no me dieron de comer, porque tuve sed y no me dieron de beber; […].” (Mateo 25, 41-42). “Recibiréis vuestra recompensa el día de la Resurrección. Quien sea apartado del fuego y sea introducido en el Paraíso, habrá triunfado. La vida del mundo no es más que goce falaz.” (Corán 3, 182/185). “A quienes no crean, los dejaré disfrutar un poco; a continuación los forzaré a sufrir el castigo del fuego. ¡Qué pésimo Porvenir!” (2, 120/126). El fuego se revela como morada de los injustos, en el mensaje de Jesús de Nazaret, o el tema impío de los dueños del fuego en el Corán: “Quienes sean infieles y desmientan nuestras aleyas, ésos serán los dueños del fuego: ellos vivirán en él eternamente.” (Corán 2, 37/39). “Quienes no creen, no sacarán ningún provecho ante Dios, ni de sus riquezas ni de sus hijos: ésos serán los dueños del fuego; ellos vivirán en él eternamente.” (Corán 3, 112/116).

¿Cómo apagar el fuego descontrolado de una historia de siglos? ¿Cómo contener una civilización del fuego, que por tantos motivos no alumbra sino desagua la tierra? Desde la carrera armamentista, hasta la enajenación del bosque húmedo

Desde la expansión colonial en Chile y América el fuego apareció como una realidad, verdadera o imaginada, infausta, infeliz. Las armas de fuego en manos de los conquistadores europeos fueron el recurso asegurado de sus avances mortíferos. Los pueblos indígenas desconocieron por completo tales modos de destrucción. Con sus descargas de fuego los blancos sembraron el miedo y el terror en los campos y en el ánimo de los pueblos de la tierra (Geoffrey Parker, La revolución militar: las innovaciones militares y el apogeo de Occidente, 1500-1800, Barcelona: Crítica, 1990; Pablo Martín Gómez, Hombres y armas en la conquista de México, Madrid: Almena, 2001). Los conquistadores en Arauco se impusieron quemando tierras e indígenas. Un español en Chile escribió desde Concepción en 1552: “[Me] hizo el gobernador su mayordomo en sus indios en un valle que se llama Arauco, hice una casa fuerte do estoy con gente de a caballo y traje a toda aquella provincia a servidumbre, quemando y ahorcando como justicia y alanceando por mi persona hasta que a todos traje a paz, y sirven muy bien, […].” (Enrique Otte, Cartas privadas de emigrantes a Indias, Jerez: Escuela de Estudios Hispanoamericanos de Sevilla, 1988, 555). La Inquisición estaba autorizada, por su parte, para quemar a los herejes: “Este día [17 de octubre de 1528], a Hernando Alonso, de oficio herrero, y a Gonzalo de Morales les quemaron por herejía. […]. Quiera nuestro Señor Dios y su Gloriosa Madre que su santa fe católica haya sido exaltada.” (Richard E. Greenleaf, La Inquisición en la Nueva España, siglo XVI, México: FCE, 1981, 38).

Como si esto fuera poco, los misioneros católicos les predicaron a los indígenas que sus antepasados se quemaban en el infierno. El padre jesuita Luis de Valdivia se los anunció a los Mapuche (Luis de Valdivia, Sermón en lengua de Chile: de los misterios de nuestra santa fe católica, Valladolid, 1621; Sabino Sola, El diablo y lo diabólico en las letras americanas 1550-1750, Bilbao: Universidad de Deusto, 1973). Ante estas terroríficas razones, los Mapuche prefirieron la temperatura fresca, el frío del Sur a las amenazas del fuego español: “Cuando son inducidos a cumplir los mandamientos bajo la amenaza de las penas del infierno, responden con risa que su frío va a vencer los ardores del infierno […].” (Francisco de Espiñeira, obispo de Concepción, Chile, Relación diocesana a la Santa Sede, 13 de enero de 1769).

Poniendo fin a la larga guerra de la Araucanía los colonizadores quemaron la selva autóctona para abrir paso a su civilización. Esto fue considerado históricamente un costo imprescindible: “Toda aquella flora exuberante va cayendo, por desgracia, segada por el hacha o por el fuego, y en Arauco y Malleco acaso no queda ni la tercera parte de la selva primitiva. En Cautín y Valdivia tal vez se ha destruido casi la mitad. ¡Como la raza araucana, de la cual apenas quedan cien mil vástagos! Es la obra inexorable de la civilización, que avanza sin piedad destruyendo todo aquello que le cierra el paso. […]. La roza a fuego es el revulsivo para curar a la madre tierra de su mal de fecundidad.” (Agustín Edwards M. Clure, Mi tierra, Valparaíso: Universo, 1928, 146-148). Como una nueva roza a fuego en 1973 el palacio de La Moneda fue incendiado por el bombardeo de los aviones Hawker Hunter. El Patio de los Naranjos fue uno de los lugares más afectados por el fuego. Las llamas se extendieron de la esquina de las calles Moneda y Teatinos hasta llegar cerca de la entonces llamada Plaza de la Libertad (Amaya Irarrázaval et al, Tesoros arquitectónicos del centro de Santiago, Santiago: ARC, 2008).

¿Cómo apagar el fuego descontrolado de una historia de siglos? ¿Cómo contener una civilización del fuego, que por tantos motivos no alumbra sino desagua la tierra? Desde la carrera armamentista, hasta la enajenación del bosque húmedo. Necesitamos recuperar las imágenes sagradas del jardín y del agua. Recuperarlas, quererlas, requerirlas. Como un regalo de paz, como un Edén. Seamos moros o cristianos. “Quiero volver a tierras niñas; / llévenme a un blando país de aguas. / En grandes pastos envejezca / y haga al río fábula y fábula. / Tenga una fuente por mi madre / y en la siesta salga a buscarla, / y en jarras baje de una peña / un agua dulce, aguda y áspera.” (Gabriela Mistral, Tala: Materias; Oreste Plath, Chile: país del agua, Santiago: Servicio Nacional de Salud, 1955; Fidel Sepúlveda, Gabriela Mistral: una ecología estética, Aisthesis, 28, 1995, 60-71).

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