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Migración, delito y lenguaje informativo

por 16 julio, 2017

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 La discusión sobre el incremento del flujo migratorio hacia nuestro país ha tenido de las más variadas interpretaciones. Seguramente la más recordada es la arremetida xenófoba de la derecha, estableciendo un vínculo entre delincuencia y migración que no pocas reacciones concitó, pero que ha contado con la concomitancia del periodismo televisivo, en el cual centraremos este análisis no porque la prensa escrita se exima de dicha responsabilidad, sino fundamentalmente por su influencia y proximidad.

El lenguaje informativo, tal vez el de mayor presencia en las rutinas periodísticas, busca reivindicar una neutralidad ideológica, sin embargo es mediante este que se operacionalizan juicios no siempre evidentes. En ello radica la problematicidad de las formas de comunicación de la realidad social, en que justamente son parte de esta y, en efecto, la constituyen.

La relación entre las categorías “delincuencia” y “nacionalidad” es prácticamente de uso cotidiano en los noticieros televisivos. Por cierto que ambas no guardan relación alguna (¿quién podría pensar que hay países en que sus habitantes esencialmente son más propensos a los ilícitos?), así como tampoco la delincuencia es una categoría que nos sea útil para la tipificación de personas; esto, porque no habría “personas-delincuentes” sino que condiciones socioculturales que posibilitan conductas que nombramos de esta manera.

El discurso de la prensa es claro: se remite al hecho concreto de un robo, y se informa sobre la procedencia de quienes lo ejecutaron. En el caso de los nacionales, no es necesario y parece hasta “lógico” que el demarcador discursivo no sea ese (ahí lo relevante es la población donde habita para activar el estigma segregador), sin embargo si son estos colombianos, dominicanos o peruanos (por nombrar algunos), se advierte sobre su nacionalidad, y ella está siempre presente en la noticia. No obstante ¿qué es aquello que se dice estaría en cuestionamiento al nombrar la extranjería? La regulación de los ingresos hacia Chile, que se resolvería con la legislación de una nueva Ley Migratoria. El asunto, sin embargo, va más allá y alberga otras significaciones.

El territorio del lenguaje es el discurso. Por eso, no se intenta proponer una suerte de clave hermenéutica para dispensar reflexiones crípticas sobre el discurso de la prensa, sino que examinar su propia lógica de sentido. En razón de aquello ¿advertir sobre la nacionalidad de un delincuente, no sensibiliza acaso una reacción xenófoba? Para hablar, escuchamos, porque el lenguaje comporta un vínculo indisoluble, en que somos por cuanto estamos relacionados.

Si establecemos una asociación entre un hecho delictual y la nacionalidad del sujeto que perpetra el delito, si damos juntura a ambas categorías por decisión informativa (el sentido común informativo de “dar a conocer cada detalle”, mientras otras generalidades se acallan), el enunciado consigna a un “delincuente extranjero”. Y se trata no de cualquier extranjero, sino que en su gran mayoría de aquellos provenientes de países latinoamericanos. En un parangón histórico, a nadie le parecía que los alemanes fuesen pedófilos porque en Chile operaba un enclave germano llamado “Colonia Dignidad” cuyo líder abusó de menores de edad haciendo uso de su liderazgo moral, porque el discurso nunca se organizó gramaticalmente de tal forma.

En nuestro sistema ideológico de referencias, Alemania –pese a todo– nos resulta una nación prestigiosa, mientras que Perú o Bolivia nos parecen países que no merecerían tales elogios. Lo que quiero decir es que esas referenciaciones son parte de un régimen de politicidad en que la televisión tiene una radical centralidad.

El lenguaje informativo dispone de la palabra, comunica y construye realidad social. Visibiliza e invisibiliza. No captura una realidad que le es externa para transmitirla, sino que comporta en su propio flujo discursivo una visión de mundo más amplia que el hecho puntual al cual alude, y así configura una racionalidad. Es Gramsci quien con gran precisión nos explica que el saber está en el lenguaje mismo, “que es un conjunto de nociones y conceptos determinados, y no simplemente de palabras vaciadas de contenido” (1971: p.7).

La xenofobia es un rasgo inmunitario, que ubica los problemas como una exterioridad que amenaza al cuerpo político, en este caso el de la nación que se despliega al interior de los límites trazados por las fronteras, y la frontera no es un límite físico sino que un sistema de exclusiones.

La xenofobia es un rasgo inmunitario, que ubica los problemas como una exterioridad que amenaza al cuerpo político, en este caso el de la nación que se despliega al interior de los límites trazados por las fronteras, y la frontera no es un límite físico sino que un sistema de exclusiones. Pero se está ahí en el mundo, ahora mismo, y ese existir es siempre una exterioridad. No hay nada inmanente que pueda reclamar una comunidad de sí misma, salvo cuando se pretende consagrada a su más auténtica reconciliación, siempre al costo de su deriva totalitaria. Y es eso lo que, riesgosamente, nos propone la racionalidad del capital.

En la palabra es donde estamos, en la palabra diaria de que disponemos, en el decir nunca azaroso del lenguaje, nunca mimético. Así, nombrar la nación de aquel que cometió un delito, es construir un sentido sobre esa nación, y sobre el migrante que la constituye. El discurso xenófobo de la derecha, en efecto, encuentra su eficacia en que lo verosímil no es reducible a su pura lógica interna que inteligibiliza un conflicto y permite construir un antagonismo, sino que a una sedimentación cultural que alberga una mixtura de significaciones, cuyas categorías ordenaron la subjetividad moderna, y que hoy se condensan como la lengua hegemónica del capital.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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