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En busca del “hogar” en tiempos de globalización

por 9 octubre, 2017

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¿En qué lugar me siento “en casa”? ¿Cuándo me siento “en casa”? ¿Qué condiciones materiales, sociales, políticas, emocionales y espirituales son necesarias para crear ese espacio, tanto abstracto como concreto, para llamarlo “hogar”? Estas son algunas de las preguntas que me han acompañado en mis años como inmigrante en Europa y que han ido modificando mi quehacer tanto académico como artístico.

Si bien actualmente el mundo está marcado por grandes olas migratorias más o menos cuantificables, especialmente del sur global al norte global, en el fuero interno, un proceso de migración no se deja simplificar en términos estadísticos. Es por está razón que tanto en las ciencias sociales como en el arte, la necesidad de redefinir el concepto “migración”, más allá de clasificaciones numéricas, ha estado muy presente desde el fin de la guerra fría y el inicio de un intenso y rápido proceso de globalización.

Es así como, explorando nuevos significados, la socióloga indo-ugandesa Avtar Brah nos propone reemplazar el concepto de migración por el de diáspora, aludiendo así al carácter dinámico y discontinuo de ésta. Para Avtar Brah, en la diáspora no solo están incluidos aquellos que se mueven de un punto geográfico a otro, sino que incluye múltiples redes de personas con culturas, historias, lugares e identidades que confluyen en un espacio y tiempo determinado. En consecuencia, cuando nos preguntamos “¿qué es el hogar?”, son dichas redes las que influyen y modifican o anulan la posibilidad de llamar “hogar” a un espacio específico.

Voy a recurrir a mi propia historia diaspórica para contextualizar el tema que me interesa exponer, este es un ejercicio que me parece importante a la hora de reflexionar sobre la realidad de la migración en tiempos de globalización. Atendiendo a que en mi caso personal, como debe ser la situación de muchos migrantes, generar una cartografía de las redes que constituyen la propia diáspora es una tarea compleja y, para poner el tema en perspectiva, vengo de una familia migrante representativa de aquellas que han debido adaptarse al constante cambio ocasionado por la contingencia nacional y mundial.

Yo, las personas de Black Lives Matter y muchas de las personas LGTBIQ* de las que habla Williamson, somos ciudadanas/os en su sentido moderno, incluso algunas/os de países del norte global, lo que se traduce en que, pese a nuestras dificultades personales, podamos, aunque sea desde los márgenes de la sociedad, formar parte de una comunidad en la que articularnos política y personalmente de forma crítica y reflexiva no sea una tarea imposible.

Mi abuelo paterno escapó de las atrocidades de la guerra civil española para llegar a Chile a finales de la década del treinta del siglo pasado, gracias a los esfuerzos de Pablo Neruda. Es en este alejado territorio donde ese republicano conoce a mi abuela, una joven angolina de ascendencia mapuche. Por el lado materno, mis orígenes se encuentran en San Vicente de Tagua Tagua, específicamente en la zona rural de Pencahue, lugar desde donde mi madre decidió emigrar a la capital a finales de los sesenta. Nací en Santiago durante los años dictatoriales de los ochenta, década en que gran parte de mi familia paterna se vio obligada a exiliarse en España, ese mismo país del cual mi abuelo había tenido que escapar medio siglo antes.

Por supuesto, esta pequeña reconstrucción biográfica representa una ínfima porción de mi historia. Si voy más atrás, tendría que incluir la ascendencia posiblemente árabe de mi abuelo, mis propios orígenes mapuches, la colonización española e infinitos otros detalles imposibles de rastrear en mi propia genealogía. Lo que sí sé, es que actualmente soy un hombre de 30 años, migrante, binacional y homosexual, viviendo y trabajando en Alemania, fascinado por la pregunta “¿qué es el hogar?” y por la relación de esta interrogante con los actuales procesos de globalización.

Mi experiencia de migración en Alemania está fuertemente condicionada por los enormes beneficios que me fueron otorgados de forma automática por el hecho de poseer un pasaporte español. Hasta el día de hoy me pregunto si es que mi abuelo se habría imaginado que su exilio en Chile significaría, años después, que sus hijas/os y nietas/os pudiesen convertirse en ciudadanas/os europeos y gozar de los enormes privilegios que esto significa actualmente a nivel global.

No obstante, a pesar de estos beneficios, mi diáspora en Europa ha estado también marcada por mi color de piel y mi aspecto árabe. Como ciudadano europeo tengo acceso total al mercado laboral y puedo moverme con toda libertad a través de gran parte de las fronteras del continente. Sin embargo, en especial durante los años que viví en Austria, mi aspecto físico me ha hecho ser víctima de persecuciones, abusos y tratos racistas por parte de policías, funcionarios públicos y ciudadanos.

Luego de comprender los efectos de mi aspecto físico a la hora de vivir en el extranjero, me comencé a preguntar si es que puedo llamar “hogar” a un espacio geográfico en el cual mi cuerpo es mirado con suspicacia y desconfianza. ¿Qué ocurre cuando no solo mi cuerpo, sino que también mi idioma y nacionalidad son cuestionados por el discurso social imperante? Estas preguntas no solo son mías. Por ejemplo, la gran lucha en los Estados Unidos del movimiento “Black Lives Matter” (Las vidas negras importan) apunta a la urgencia de entregar dignidad, justicia y respeto a ciudadanas/os estadounidenses cuya posibilidad de pertenencia a la comunidad nacional ha sido constantemente cuestionada debido a su color de piel.

El doctor en psicología y experto en diversidad y bienestar de personas LGTBIQ* Ian Williamson, indica que nuestra posibilidad de percibir el mundo como una lugar seguro, es decir como un “hogar”, está profundamente determinado por las experiencias negativas que vamos acumulando en nuestra vida en sociedad. De esta forma, Williamson establece una relación entre la experiencia subjetiva de una persona en relación al mundo y las estructuras de poder a la cual dicha persona está confrontada a lo largo de su vida. Para Williamson, el racismo, la homofobia, el clasismo o cualquier otra forma opresión no son “solo” fenómenos sociales, sino que influyen directamente en una persona y su autopercepción como parte de una comunidad.

Siendo consciente del peso que han tenido el racismo, la homofobia y mi binacionalidad en mi propia construcción del “hogar”, tanto en el extranjero como en Chile, y habiendo visto también este fenómeno en muchas/os otras/os migrantes, personas LGTBIQ* o gente de color, ¿qué ocurre cuando, además, estas experiencias están atravesadas por el hecho de no pertenecer legalmente a ningún estado-nación? ¿De qué manera afecta esto a las posibilidades de llamar “hogar” a un espacio en que un reconocimiento social esencial no existe?

Finalmente yo, las personas de Black Lives Matter y muchas de las personas LGTBIQ* de las que habla Williamson, somos ciudadanas/os en su sentido moderno, incluso algunas/os de países del norte global, lo que se traduce en que, pese a nuestras dificultades personales, podamos, aunque sea desde los márgenes de la sociedad, formar parte de una comunidad en la que articularnos política y personalmente de forma crítica y reflexiva no sea una tarea imposible.

Actualmente en Berlín dirijo, junto a otra compañera chilena, un proyecto artístico donde investigamos la pregunta “¿qué es el “hogar”? con jóvenes refugiados y migrantes, quienes en su mayoría poseen permisos de estadía que caducarán en un año. Otras/os son amenazados con la expulsión de Alemania debido a que sus países, aún en guerra, han sido clasificados de forma inexplicable como “destinos seguros”. En consecuencia, las vidas de estos adolescentes están actualmente marcadas por la extrema precariedad de su situación legal, al que se suman lamentables condiciones de vivienda. Además, cada una/o de ellas/os debe lidiar a diario con discursos racistas y anti-migratorios presentes tanto en sus espacios educaciones como en los espacios públicos.

La realidad de estas/os jóvenes que trabajan con nosotros son solo un botón de muestra que, adicionalmente, no solo se presenta en Alemania: de acuerdo a cifras oficiales de la ONU, actualmente hay 65,6 millones de personas desplazadas debido a conflictos bélicos, persecuciones y crisis humanitarias en sus regiones. Muchas de estas personas se ven obligadas a vivir ilegalmente en otros países, perdiendo así los derechos políticos y civiles que un estatus legal les otorgaría.

Paradójicamente, a pesar de la precaria situación en la que se encuentran las/os integrantes de nuestro proyecto, sus ganas de responder a la pregunta “¿qué es el hogar?” no dejan de sorprendernos: hace dos semanas, en una de nuestras sesiones de trabajo, les preguntamos “¿qué necesito yo para poder sentirme en casa?”, sus respuestas iban desde “mi perro y mi casa” hasta “oportunidades”, pasando por “Dios”, “mi play station”, “mi escritorio” o “mis libros”.

Trabajar con este grupo de adolescentes refugiadas/os y migrantes está relacionado profundamente con mi propia historia y mi necesidad de responder a la pregunta del “hogar”. Mientras intento generar con ellas/os espacios de reflexión en torno al “hogar”, me pregunto qué necesitaba mi madre para sentirse en casa al llegar sola a los 14 años a Santiago o qué pensaba mi abuelo sobre esto en sus primero años de exilio en Chile. Probablemente ninguno de ellas/os necesitaba su play-station, como algunas de las personas con las que trabajo hoy, pero seguramente, de forma consciente o inconsciente, ambos se enfrentaron a dudas similares. Preguntarles a las/os participantes de nuestro proyecto qué necesitan para sentirse en casa es para mí establecer un vínculo con mi propia historia -tanto heredada como actual- y la contingencia de un mundo globalizado, es asumir que mi diáspora está atravesada por las diásporas de otras/os, por sus historias, identidades, culturas y lugares.

En un par de meses ya no estaré viviendo en Berlín ni tampoco trabajando con estos adolescentes: volveré a vivir a Santiago, una ciudad que, por lo que he podido ver en mis últimas visitas, comienza a llenarse de muchos seres humanos diaspóricos que intentan construir un “hogar” en Chile y que, al igual que los jóvenes con quienes trabajo en Alemania, también deben lidiar a diario con la ilegalidad y la precariedad. Me imagino que para ellas/os, al igual como lo ha sido para mí y mis estudiantes en estos últimos años en Europa, la posibilidad de llamar a Chile “hogar” no solo dependerá de ellas/os, sino que también de esas/os otras/os a las/os cuales la casualidad decidió que fueran chilenas/os.

Con lo expuesto, no estoy argumentando que debemos olvidar todas las ansiedades y miedos que puede llegar a provocar la llegada de esas personas a lo que llamamos “nuestro” país; creo que un argumento de esa naturaleza no pasaría de ser un petición superficial. Sin embargo, tampoco creo, como está sucediendo actualmente en Alemania, que la solución sea hacer un uso político de los miedos de las personas para aplicar políticas neofascistas. Supongo, más bien, que lo que estoy diciendo aquí, es que decidir como enfrentarse a los procesos migratorios que trae y seguirá trayendo la globalización, es un proceso consiente que requiere una profunda y activa reflexión personal.

Mi decisión personal es honrar mi propio proceso de migración y el de mi familia y, a la vez, hacerme cargo de mis experiencias de opresión con la homofobia y el racismo para asumirme como un sujeto diaspórico que se verá confrontado, una vez llegado a Chile y desde un lugar privilegiado, a la presencia de nuevas personas que hablarán otras lenguas y que quizás tendrán un aspecto físico distinto al mío, pero que, igual que yo, mi madre, mi abuelo y los participantes de nuestro proyecto en Europa, estarán intentando descubrir “¿qué es el hogar?”.

* LGTBIQ: Sigla utilizada para hablar de Lesbianas, Gays, Transgéneros/Transexuales, Bisexuales, Intersexuales y personas Queer (diferentes).

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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