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Lecciones pendientes

por 20 diciembre, 2017

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Casi ha transcurrido una década desde la gran crisis económica mundial provocada tras el colapso de la burbuja inmobiliaria en Estados Unidos. Y lo que muchos pensamos se traduciría en una serie de cambios al sistema financiero -tales como reformas a los mecanismos de regulación bancaria o una mayor restricción a la industria inmobiliaria- jamás se concretó (ya imaginarán cómo los bancos evitaron a toda costa su implementación).

En todo este tiempo, sin embargo, se han impulsado importantes transformaciones que amenazan con alterar la hegemonía del esquema económico global. Tal es el caso, por ejemplo, del surgimiento del New Development Bank, en el año 2014, iniciativa gestada por las naciones que integran el BRICS y cuyo principal objetivo es representar una alternativa real a la supremacía del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional. Pero este no ha sido el único caso ni el más radical.

A comienzos del año 2009, entra en funcionamiento la red PSP de Bitcoin, por medio del primer programa cliente, de código abierto y la invención de un novedoso sistema de intercambio bursátil basado en la configuración y operatividad de ciertas unidades virtuales denominadas criptomonedas. Pronto, nuevos protocolos expandirían este mercado (ripple, litecoin, dash, dogecoin, etc.) que, poco a poco, ha ganado confianza y adhesión.

Hoy, el entusiasmo masivo que ha concitado esta divisa a raíz del inesperado incremento en su cotización (que al término de esta jornada ha superado los US$15.000), contrasta con nuevos escenarios de especulación e incertidumbre. Analicemos.

Primero. Uno de los grandes peligros de que estos sistemas operen bajo las sombras, es que en él puedan financiarse con total impunidad, actividades que pongan en riesgo la seguridad y estabilidad de la población mundial (me refiero principalmente al terrorismo, aun cuando tal descripción es también aplicable a otros tipos de asociación ilícita, como, por ejemplo, el narcotráfico o el espionaje cibernético). En tierra de nadie, delitos como el tráfico de armas o el lavado de activos serían completamente imperceptibles, ante la escasa capacidad de monitoreo de las autoridades.

La pregunta sigue siendo ¿hasta qué punto podemos confiar nuestro porvenir a los vaivenes del sistema económico global? En efecto, si hacia fines del siglo pasado, el capitalismo experimentó una seria restructuración marcada, principalmente, por un creciente desequilibrio en la relación capital-trabajo, que propició un distanciamiento exponencial entre los sectores de mayor y menor ingreso en la población. Hoy, los efectos de estas transformaciones pudiesen ser incluso más alarmantes, configurando nuevos agujeros de miseria y alienación.

Por otro lado, aun no sabemos en qué medida la descentralización del sistema financiero puede afectar los ingresos fiscales por medio de una reducción significativa en la recolección de impuestos (robusteciendo la así llamada “economía sumergida”). Si este fuese el caso, el Estado no sólo experimentaría enormes dificultades para desarrollar toda clase de políticas sociales, sino que entraría progresivamente en una espiral de insolvencia, detonando lo que pudiese ser su crisis fulminante.

En segundo lugar, la extrema volatilidad del Bitcoin torna impredecible su futuro. Por más alto que sea su valor de mercado, es complejo que una compañía pueda ajustar el precio de sus productos a un valor ficticio en constante variación. En efecto, no parecería razonable que, de un segundo a otro se actualicen las tarifas atendiendo exclusivamente a su enorme oscilación.

El aumento de los activos financieros internacionales nos mantiene expectantes frente a una posible reversión de los precios, como consecuencia de lo que pudiese ser una nueva burbuja económica. Al estar los mercados financieros tan profundamente integrados a escala global, en un mundo en que la tendencia es su descentralización, se torna cada vez más complejo efectuar correcciones que permitan estimar realmente la capacidad de cada uno de ellos. En especial, cuando la administración y registro de las operaciones bursátiles escapan del control de las instituciones que tradicionalmente han ejercido un rol “garante”.

Todo parece indicar que la irrupción de una economía que virtualmente desafía los cánones de un orden instituido, al final, nos conducirá a un cambio de paradigma que dudo mucho beneficie a todos por igual.

Y ante este escenario, la pregunta sigue siendo ¿hasta qué punto podemos confiar nuestro porvenir a los vaivenes del sistema económico global? En efecto, si hacia fines del siglo pasado, el capitalismo experimentó una seria restructuración marcada, principalmente, por un creciente desequilibrio en la relación capital-trabajo, que propició un distanciamiento exponencial entre los sectores de mayor y menor ingreso en la población. Hoy, los efectos de estas transformaciones pudiesen ser incluso más alarmantes, configurando nuevos agujeros de miseria y alienación.

En nuestro mundo, renuente a toda racionalidad que rebase las normas de la economía de mercado y en el que la justicia social constituye un atavismo anecdótico; los procesos de integración tecnológico-financieros amenazan con reducir la participación activa de millones de personas, en los más diversos aspectos de la vida en los que la economia ha logrado penetrar. Se trata pues, de una nueva división de lo sensible para un mundo infranqueable.

Lo sensible aquí no consiste en algo palpable, pues remite a un conjunto de series numéricas que van fijando las condiciones de posibilidad para la configuración de una nueva realidad económica, a partir de la interacción sistémica de incontables datos alojados en servidores virtuales. Este es el nuevo canon de lo sensible, patrones que se mueven y colapsan bajo supuestos lógicos que ni sospechamos. ¿Cómo entender la economia así?  Las claves remiten a un nuevo, complejo y desconocido lenguaje de programación, una novedosa singularidad criptográfica que incluye conceptos tan distantes como bigdata, blockchain o smart contracts.

Sólo podrán participar de esta economía quienes manejen este lenguaje y sepan deambular por sus diversas plataformas. Entonces, la tierra prometida es ahora un vástago paraíso prohibido en un mundo de lecciones pendientes.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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