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Explicar a Piñera es conducir la oposición

por 19 enero, 2018

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La segunda vuelta de la pasada elección presidencial llevó a numerosos analistas a sostener que el triunfo de Sebastián Piñera daría cuenta de un "consenso neoliberal” en el grueso de la ciudadanía, que se habría volcado a las urnas a votar en contra del proceso de reformas del último mandato de Bachelet. Esta hipótesis no es capaz de explicar la significativa votación del Frente Amplio en la primera vuelta, y propone un escenario de derrota que no sirve ni para hacerse cargo de los intereses del pueblo movilizado, ni para construir una oposición transformadora con capacidad de disputar el Gobierno en cuatro años más. Propondremos en cambio, que la irrupción del Frente Amplio en primera vuelta y la victoria de Chile Vamos en segunda responden a elementos comunes, que reflejan las conductas electorales de una ciudadanía que supera progresivamente del eje izquierda-derecha, y por lo mismo, la capacidad de lectura del común de los analistas, encuestadores y agrupaciones políticas tradicionales.

Si bien representan aproximaciones políticas radicalmente opuestas, desde el punto de vista discursivo las propuestas de Piñera y del Frente Amplio tienen un punto de encuentro en el rechazo a las deslegitimadas prácticas de la vieja política, posicionándose en contradicción con la crisis de representación y sus causas. De esta forma, mientras que la campaña de Guillier se limitó a un irregular discurso continuista y al deslegitimado relato del mal menor, Chile Vamos y el Frente Amplio enfrentaron la elección proponiendo alternativas de enfrentamiento al malestar, con una orientación concreta y un acercamiento capaz de dar cuenta de las diversidades internas de los conglomerados y de las realidades locales de los votantes. Considerando esto, es posible verificar que el relato de la “segunda transición” de Chile Vamos y el de la “Nueva forma de hacer política” del Frente Amplio se enfrentaron como proyectos políticos competitivos y contradictorios, pero compartiendo una orientación destituyente respecto del orden político tradicional, encarnado en el apático candidato del oficialismo, y en un resquebrajado proyecto que se limitaba a la conservación y profundización del régimen político, además de la defensa de una truncada agenda de reformas que bien sabemos, poco o nada reflejaba el proceso y las reflexiones de los movimientos sociales.

Este específico punto de encuentro, en contradicción con los remanentes de la Nueva Mayoría, se grafica también en las prácticas que caracterizaron a los equipos de campaña. El Frente amplio construyó un programa participativo cuya elaboración mediante encuentros territoriales representa desde ya un paso concreto hacia nuevas y más inclusivas prácticas políticas. Por su parte, como informa detalladamente el reportaje de Ahumada y Bazán sobre el despliegue de campaña de la derecha en la zona centro-sur del país, Chile Vamos realizó acciones concretas en segunda vuelta que le permitieron mejorar sus capacidades de diagnóstico e intervención en los territorios, descentralizando la gestión de la campaña y orientando las promesas según las problemáticas zonales. Esto refleja un proceso más largo: mientras los viejos rostros de la Concertación postergaron la renovación de sus tesis, sus dirigencias y equipos de trabajo, el Frente Amplio se construyó como una apuesta que responde a las demandas y formas del pueblo movilizado, y la derecha aprendió a administrar mejor su diversidad interna, para ofrecer una promesa más eficiente de modernización capitalista.

La ciudadanía expresó mayoritariamente su deseo de dejar atrás las prácticas de la vieja política para vivir en un país más justo, y la derecha fue el referente que en segunda vuelta se actualizó más eficientemente para responder a esas demandas.

Un sector de Chile Vamos fue capaz de leer el escenario y prever las consecuencias que esta ventaja discursiva y práctica les daría sobre la Nueva Mayoría, pero errando en el cálculo respecto de la magnitud de la emergencia del Frente Amplio, lo que se tradujo en la imposibilidad de Piñera de responder a las expectativas de la primera vuelta. La reacción de la derecha fue integrar a José Antonio Kast, a Manuel José Ossandón y a Felipe Kast a la primera línea de la campaña, incluyéndolos como posibles referentes personales y políticos en la eventual sucesión de Piñera, y movilizando así a toda la diversidad interna de Chile Vamos para enfrentar el preocupante e inesperado escenario de que 1 de cada 5 chilenos votara en primera vuelta por un proyecto radicalmente contrario al suyo. El “Todos Contra Piñera” terminó beneficiando al propio Piñera, que encarnó discursivamente el regreso de un Chile moderno, de crecimiento económico y pleno empleo, frente a la NM desgranada en sus propias crisis, y tensionada hacia la izquierda por el FA, que con un 20% de los votos apareció de improviso como una amenaza real de cambios a las reglas del juego, alertando y movilizando a los sectores más conservadores del duopolio para contener el desborde social del orden político heredado de la dictadura.

Así, el triunfo de Piñera se explica como una combinación de al menos dos factores: por un lado, que Chile Vamos y el Frente Amplio sobrepasaron a la Nueva Mayoría en el proceso de responder a las expectativas ciudadanas, con discursos y prácticas actualizadas a la crisis política del último período. Esto ya podía verse, por ejemplo, al momento en que Chile Vamos y el Frente Amplio realizan primarias legales mientras que la Nueva Mayoría se fragmentaba públicamente, marcando el ocaso del bloque histórico que condujo la transición, representado en el desplazamiento de Ricardo Lagos, su máxima figura. El segundo factor es la amenaza de un Frente Amplio capaz de poner en riesgo la renovación del pacto social que hizo posible tres décadas de Transición a la democracia sin un cuestionamiento efectivo de a los cimientos del poder político de las élites, ni a las instituciones que reproducen su poder. Esto último movilizó a los sectores conservadores en contra del “Todos Contra Piñera”, lo que, sumado a la ventaja táctica de la derecha sobre la ex Nueva Mayoría en segunda vuelta, terminó produciendo la la victoria del candidato de Chile Vamos contra Alejandro Guillier.

Visto de esta forma, la elección del candidato de la derecha no se explica como el triunfo del conservadurismo contra el progresismo. Esta explicación omite la emergencia del Frente Amplio como alternativa en primera vuelta, y por supuesto, los efectos de la descomposición de la antigua Concertación. Peor aún, esta lectura desdibuja los límites entre Frente Amplio “en alza” y los vestigios de la Nueva Mayoría “en baja”, imponiendo un escenario de derrota ideológica de la izquierda que no solamente es inmovilizante, sino que además entrega a la vieja Concertación mejores chances para conducir la oposición al nuevo Gobierno, que no se condicen con la realidad política que refleja esta primera votación sin binominal. El desafío del Frente Amplio de cara a los próximos cuatro años es recuperar el proceso de transformaciones y conducirlo para que sea representativo de los intereses de las grandes mayorías. Para esto, será necesaria una lectura movilizadora y convocante que dé cuenta de los intereses y prácticas políticas en torno a los cuales se agrupa la ciudadanía del Chile de hoy (recomendamos la columna de Cortés y Santa Cruz al respecto).

La ciudadanía expresó mayoritariamente su deseo de dejar atrás las prácticas de la vieja política para vivir en un país más justo, y la derecha fue el referente que en segunda vuelta se actualizó más eficientemente para responder a esas demandas. Las reformas de la Nueva Mayoría jamás reflejaron el proceso de movilización popular, y por lo tanto, entender el rechazo a la vieja Concertación como un rechazo a las demandas por derechos sociales, es perpetuar la lectura que permitió a Bachelet llegar nuevamente a la presidencia cuatro años atrás. Como en 2011, en los años que vienen el pueblo movilizado demostrará que ni las promesas del desactualizado progresismo, ni la eficiencia empresarial de la derecha, bastan para satisfacer las expectativas de las grandes mayorías del país, que defenderán sus avances en materia de derechos sociales contra cualquier retroceso que intente imponer la elite política tradicional. En ese escenario, el Frente Amplio deberá convocar a la heterogénea sociedad chilena, con la vista puesta en quienes hoy no participan del proceso político, en quienes castigaron a las viejas prácticas y en quienes fueron abandonados por la Nueva Mayoría, proponiendo nuevas formas de organización y participación política flexibles y convocantes, que se adapten a las necesidades y se enriquezcan de las lecciones del pueblo movilizado.

  • El contenido vertido en esta columna de opinión es de exclusiva responsabilidad de su autor, y no refleja necesariamente la línea editorial ni postura de El Mostrador.

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